Festival de Cine Alemán 2016: Crónica 1

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Primera crónica del Festival de Cine Alemán.

¿Hasta dónde son capaces de llegar los padres para proteger a sus hijos? Los que tienen hijos seguro que no tienen ninguna duda. Saben que harían cualquier cosa. El resto por empatía, igual llegamos a la misma conclusión pero posiblemente no tendremos la certeza total y absoluta. Pues esa es la gran cuestión de Nosotros, los monstruos de Sebastian Ko.

Nos ponemos en situación. Sarah es una adolescente, cuyos padres están divorciados, y que le confiesa a su padre, mientras éste la llevaba a un campamento, que ha cometido un asesinato. Del estupor inicial, el padre pasa a la incredulidad y de ahí al fin a intentar racionalizar lo que acaba de escuchar y hacer lo mejor para su hija. ¿Hay que acudir a la policía y contar que fue un accidente o mejor dejarlo correr?. De momento no hay que decir nada a la madre de la criatura. Pero una cosa es lo que los padres proponen y otra lo que los hijos disponen. Y claro al final la madre se entera, su propia hija se lo cuenta.

Sarah tiene celos de las relaciones que tienen sus padres con sus respectivas parejas actuales, simplemente no lo soporta. Así empieza a sentir cierto goce en el hecho de que sus padres hayan unido fuerzas para protegerla y ahora compartan comidas, cenas y tiempo como cuando todos vivían juntos. Esto, pasa factura en sus correspondientes relaciones. Es la primera e inmediata consecuencia, además del obvio y necesario encubrimiento del asesinato, de hasta donde serán capaces de llegar para proteger a su retoño, retoño que en ningún momento muestra signos de arrepentimiento. Sarah en todo momento permanece extrañamente calmada, contrastando su estado de ánimo con la preocupación y desesperación de sus padres. ¿Es un mecanismo de defensa? ¿Es la inconsciencia de la juventud? ¿Hay algo que se nos escapa?

En la otra cara de la moneda el padre de la persona asesinada, que también será capaz de cualquier cosa por averiguar qué ha pasado con su hija, como no podía ser de otra manera. Con tantos padres dispuestos a todo, resulta claro que la situación se complicará hasta límites insospechados y la cosa acabará como el rosario de la aurora. “Somos monstruos”, dice el padre en un momento de la cinta. “Lo sé”, se limita a contestar con un tono de amarga realidad la madre. No obstante y cuando creíamos haber visto hasta donde son capaces de llegar  los padres por sus hijos, Sarah hace una última confesión a estos, que da otra vuelta de turca a la trama y desata el huracán final.

Se trata de un buen thriller que se toma su tiempo para meternos en situación y que podamos identificarnos con los padres y flipar con el comportamiento de la hija para luego dar una resolución ágil, que no atropellado, de toda la situación planteada. Además una de las cosas que merece resaltarse es el buen uso del fuera de campo que hace su director en determinadas escenas que podrían ser susceptibles de un exceso de casquería. Simplemente se escucha lo que sucede, lo que hace que esas escenas ganen en dureza y fuerza. En este sentido la película nos recuerda a El vídeo de Benny (1992) de Michael Haneke que tan magistralmente utilizó este recurso para que se nos helase la sangre. Con esta cinta de Haneke, Nosotros, los monstruos, también comparte la falta total de arrepentimiento de sus adolescentes protagonistas, aunque las motivaciones de sus actos sean tan distintas.

Fukushima, mon amour

Fukushima, mon amour

La segunda peli del día fue Fukushima, mon amour de Doris Dörrie, quien tendría que haber estado presente, tanto en la presentación como en el posterior coloquio previsto al final de la proyección, pero un asunto personal se lo impidió. Desde aquí deseamos que no sea nada grave y lamentamos que tuviera que abandonar antes de lo previsto el Festival.

Fukushima, mon amour, venía con la etiqueta de ser el plato fuerte del Festival y tenemos que decir que no defraudó. Una de sus protagonistas, Marie, viaja de Alemania a Fukushima con la esperanza de “sentirse mejor donde la gente lo pasa tan mal”, según confiesa en una de las escenas de la cinta. Cuando estas son las motivaciones para hacer algo, el resultado no suele ser el esperado. Marie, forma parte de una compañía de payasos benéfica y es así como desembarca en Fukhusima para tratar de hacer más llevadera la existencia de un grupo de ancianos que fueron desalojados de la “zona cero” tras el horrible escape radiactivo sucedido en  la central nuclear de esa localidad. Ahora esa “zona cero” es segura, según el gobierno, pero parece que nadie quiere vivir allí.

Nadie excepto Satomi, una de las ancianas que reside en el centro. Ella, engaña a Marie para que la lleve a su casa, situada en la “zona cero” ya que se siente desarraigada, triste, y con la sensación de tener cuentas pendientes con el pasado. Esa necesidad vital de  querer volver a su hogar en una zona devastada, también lo hemos visto este año en el  maravilloso documental The Babushkas of Chernobil (2015) del que pudimos disfrutar hace poco en el Documenta Madrid.

Cuando Marie está a punto de rendirse porque piensa que ha tomado la decisión incorrecta yendo a Fukushima, se inicia una entrañable y extraña relación entre ambas mujeres y poco a poco se van desgranando las vivencias y anhelos de las protagonistas. Dörrie, que también es la guionista de la cinta, nos lleva de la mano por un camino de encuentros (con una misma, con fantasmas del presente, con fantasmas del pasado) plagado de anécdotas y con un sentido del humor maravilloso (no son pocos los momentos en los que las carcajadas salen del alma como una necesidad irrefrenable para liberarse del peso que empieza a oprimirte el pecho).

Todo ello a través de las cosas que unen y separan a estas mujeres tan dispares en apariencia. Ambas comparten el amor por una persona a la que saben que han fallado en el pasado. Marie a su prometido y Satomi a su alumna (Satomi es una Geisha, la última que queda en esa región). La disparidad de culturas a veces hace que no se entiendan pero en otras ocasiones actúa como un aglutinante que las une, como la forma tradicional de tomar el té, ceremonia que funciona como una sanadora del alma (ese momento en el que estás tú, la taza y nada más; ya no hay dolor) y otras veces, actúa como catalizador dentro de su relación.

Toda la trama gira en torno a la historia de dos mujeres que han tenido vivencias asombrosas o desgarradoras, sobre todo Satomi, y a su capacidad de lidiar con ellas y sanar sus heridas. El pasado, es el pasado y eso no se puede cambiar. Lo llevas siempre contigo. Pero puedes aprender a vivir con las secuelas que ha dejado en tu vida. Al final el viaje de Marie, puede que no haya sido en balde. El nuestro podemos decir que mereció la pena ya que la polifacética Dörrie (no solo dirige y escribe sus guiones, sino que dirige óperas y escribe novelas y cuentos para niños) nos guía con una maestría impecable por el camino que recorren sus protagonistas y nos hace sentirnos ellas por unos minutos, en esa mezcla de realidad e irrealidad que maneja perfectamente.

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