Críticas: Independence Day. Contraataque

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Independence Day, Contraataque - Roland Emmerich, portada

Re/constru/destru/yendo que es gerundio.

Parafraseando un título de un documental de Joaquín Jordá, veinte años no es nada. Y nada sigue siendo nada salvo para obviamente Roland Emmerich. Tal vez el incombustible cineasta se haya planteado qué sentido tenía demoler el mundo en cada una de sus películas y abrir una pequeña luz de esperanza para pasar página, olvidarse del asunto y elegir la Tierra de otro firmamento para reiterar el ciclo. Independence Day: Contraataque posiblemente sea la película más definitoria de la filmografía de Emmerich, normalmente amparada en su capricho destructivo pero, ahora, capaz de regresar a los escombros de su universo y, de este modo, poder regenerar y crear un nuevo mundo al que someter nuevamente a sus deseos. En tiempos en los que la distopía y el (post)apocalipsis están definiendo el género de la ciencia ficción, interesa ver cómo el cineasta se ampara en la mecánica de una (re)construcción para borrar todo lo erigido más cruelmente, permitiendo ese haz de luz y posterior filtro descorazonador para definir un ciclo infinito. En los márgenes de ese proceso, surge un acercamiento a ese reino de la devastación, a rebuscar entre esos cascotes de material que previamente despedazó y se convirtió en un museo tocado por el paso del tiempo. Quizás Emmerich tenga razón al criticar que la superhéroica de DC y Marvel ha imitado las fórmulas que impuso su film desde 1996 y con el que trató también de establecer una conexión de naufragios con el subgénero tokusatsu en su remake de Godzilla un par de años más tarde. Al director de El día de mañana le interesa recopilar toda esa retrospectiva en tiempos en los que los blockbusters veraniegos dan la impresión de ser simples repeticiones y con un Michael Bay más preocupado de alternar la lubricidad digital de sus Transformers con proyectos alejados del género fantástico. Es posible que sea acertado, dentro de espectro revisionista, que Robert Loggia sea esa combinación entre el homenaje y las posibilidades de resurrección que ofrecen los actuales efectos visuales. Que Maika Monroe haya sustituido a Mae Whitman confirma también las tendencias sobre los estudios de mercado de la gran industria por encima del peso del derecho vital. Y que Wil Smith, además, se haya transformado en un simple lienzo sobre un marco nos acerca la visión del icono colgado y expuesto como parte de una pasada gesta; ese destello burlesco de las propias proezas y ridículos desatados por el cineasta (auto)encumbrados en su legado. En el film que nos ocupa su descendencia trata de tomar el control, pero son tiempos en los que nuevos rostros surgidos desde la perspectiva veinteañera del 96 están monopolizando el cine norteamericano, tratando de aferrarse a ese impuesto espíritu de renovación del star-system y, por lo tanto, fusionando ese discurso de restauración implícito en la nueva perspectiva del cineasta junto con los rastros de ese par de décadas pasadas. ¿Quién vencerá en esa lucha? ¿Lo nuevo o lo viejo?

Independence Day, Contraataque - Jeff Goldblum, Bill Pullman

En Independence Day: Contraataque, no obstante, únicamente importa el concepto de re/contru/destru/cción, donde los conflictos poco o nada representan a los personajes, donde el conjunto queda sintetizado por rasgos mínimamente esquemáticos que definan a esos héroes que son pliegues pasajeros de una misma cara. Emmerich se recrea en los absurdos del libreto y en sus lagunas de guion, se reafirma en esos héroes planos convertidos en un escaparate y pasarela de rostros para y por la gran industria. Más que un sentimiento sobre un relevo generacional y esos huérfanos criados como parte de una raza militarizada, existe una argumentación similar a la de Pacific Rim, donde la humanidad ha construido sus propios monstruos para combatir a otros, utilizando su propio reflejo como contragolpe. Incluso la diversificación racial es otro punto en común con la cinta de Guillermo del Toro siendo, por el contrario, dos caminos audiovisuales opuestos. A Emmerich poco o nada del interesa el fetichismo de los geek-boys sino simplemente gestionar la crónica de una gran y global devastación mientras perfila e incluso cuestiona (?) el espíritu agresivo de supervivencia humana siendo la violencia un lenguaje que une a la especie. Ese sentimiento de mimetismo respecto a los monstruos que combate nos adentra al propio y cíclico espectáculo, donde un golpe es respondido por otro, donde la presa y el cazador acaban confundiéndose dentro de ese destructivo círculo. El director de 2012 siempre se ha recreado sobre la supervivencia de «gente corriente» como el leitmotiv aunque en su última cinta quede prendado con la idea de ridiculizar a su presidente para, tras un «lavado de cara», convertirlo en el icono de la cruzada. Aquello que realmente trata de contarnos la historia que maneja Emmerich es que el ser humano únicamente alcanzará una alianza, a modo de colmena, si se encuentra frente a frente ante su propia extinción por parte de un enemigo mayor, siendo un extraño concepto de catarsis social.

Independence Day, Contraataque - Roland Emmerich

Quitando la pirotécnica y el sentido del (auto)homenaje hay poco que exhumar en Independence Day: Contraataque. El humor más simplista trata de rellenar los profundos huecos y elevar la superficialidad de la propuesta, entrando de lleno hacia una parodia muchas veces para nada involuntaria que propone realmente un análisis de lo que se han convertido tanto los blockbusters veraniegos como los reciclajes de cara a establecer futuras sagas. Si bien la nostalgia tocaba de lleno Star Wars: El despertar de la Fuerza, la película reutiliza la réplica para tratar de digerir una simplista trama lineal e incluso aburrida si no fuera por los intentos de Jeff Goldblum de dotar de sentido el caos en el que se ve inmerso. Aunque Emmerich quiere centrarse en esa próxima generación multirracial de nuevas estrellas planetarias, el peso va sobre los hombros de los veteranos siendo las guías sobre las que asentar una épica ya desgastada por los envolventes y ensordecedores fuegos de artificio. Hallando el cruce imposible entre Falling Skies, Guía del autoestopista galáctico, Starship Troopers y Godzilla, los recursos oscilan entre la tensión propiciada por una constante cuenta atrás y la espectacularidad manifiesta de toda secuela y proyecto titánico hollywoodiense. Es posible que toda la grandilocuencia quede adherida al caos y desorden, que el público comience a reivindicar nuevos espectros y fórmulas de la misma película proyectada, pero interesan los espacios para propulsar el futuro de la saga (?) dejando claro que las bolas chinas voladoras y asesinas de Battleship, en su versión cabezona, pueden ser el reverso positivo y salvador para la especie humana. Pese a todo lo anterior, tal vez la moraleja final de la obra sea que los grandes avances y descubrimientos a los que accede la humanidad están destinados a ser armas escudándose en sus necesidades belicosas como parte del precio a la supervivencia. Al menos, hemos descubierto que la venganza es un sentimiento universal y seguramente la idea es que el espectador también se sume a la esencia exterminadora de esos violentos humanos y extraterrestres que amenazan, junto al cineasta, con re/construir/destruir todo el universo. Y si el universo es (in)finito e ilimitado…

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