Críticas: Mi hija, mi hermana

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Tennesse Waltz.

Es el año 1994. En una región montañosa y rural del sudeste francés se reunen grupos de familias y amigos que visten, comen, bailan y se comportan como auténticos cowboys, tal como su título original: Les cowboys. Al terminar el baile, la joven Kelly desaparece de la fiesta ante la sospecha de su padre. Los días pasan y el estupor se transforma en preocupación porque la hija continúa desaparecida. Harto de la lenta burocracia policial, Alain -el padre- decide buscarla él mismo, ayudado por George, el hermano pequeño. Pero la búsqueda se prolongará durante muchos años.

El cine francés sigue ampliando su diversidad temática, incluso sorprendiendo con un punto de partida que podría parecer de comedia. Inspirado en unas reuniones tumultuosas similares a las convenciones de seguidores de la saga Star Wars o Star Trek, pero en este caso asumiendo el espíritu norteamericano desde su lado más lúdico y social. El largometraje comienza con la interpretación de Tennessee Waltz, un clásico melódico del country que canta el protagonista, un estándar de los años cincuenta que tiene estupendas versiones de Leonard Cohen, Elvis Presley y, tal vez, la más emocionante de The Chieftains, entonada por Ton Jones. Un tema musical que transmite una alegría tranquila, cercana a la melancolía pero sin caer en ella. Es curioso que desde la inclusión como música incidental en dos ocasiones, tanto al principio del film como mientras escucha la radio en el coche Alain, la canción vuelve con una importancia dramática después, con sus ecos de los acordes que resuenan en la banda sonora original.

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El responsable de Mi hija, mi hermana es Thomas Bidegain, un guionista bien avalado, que ya adaptó éxitos recientes como La familia Belier. Sin embargo sus trabajos más aclamados se han desarrollado en colaboración con el premiado director Jacques Audiard. En El profeta reciclaba los esquemas de otras obras cinematográficas que narran el ascenso y caída de un delincuente, desde los suburbios hasta las altas esferas del poder delictivo, narrado con cierto aroma de cine de gangsters, aunque bien proyectado en la sociedad gala del momento. Ahora recurre al western, usando los márgenes del género como mundo referencial, bien actualizado, pero sin resultar nostálgico ni evocador. El género del oeste es un lienzo emocional que le permite contar con protagonistas íntegros, de una pieza y creibles de todas maneras. Le proporciona la oportunidad de usar el plano general como el elemento que da sentido al paisaje en muchas secuencias o a los encuentros entre personajes nómadas. No es un recurso que apele solo a la belleza de los escenarios sino que dinamiza unos códigos que llevamos aprendidos como espectadores de muchas películas del oeste.

Sobre la película planea la referencia evidente a Centauros del desierto de John Ford, como el modelo claro al contar esa búsqueda de la hija desaparecida durante muchos años, tras numerosas aventuras. La realidad es que Bidegain moldea esa inspiración como ya hizo Paul Schrader en Hardcore: un mundo oculto, un film en el que el padre interpretado por George C. Scott rastreaba las confusas pistas que aparecían durante su investigación para encontrar a su hija. Otro ejemplo de cómo usar un material potente de base actualizado. En aquel largometraje del año 1979 Schrader usaba los mecanismos formales del cine de los años setenta. En el caso de Mi hija, mi hermana, el realizador francés elige la senda de un compatriota suyo, Bertrand Tavernier que tambíén cuida los guiones que rueda. Bidegain sitúa la cámara al servicio de un guión de hierro, siguiendo a sus protagonistas con respeto, siempre a la altura de sus miradas y logrando por el camino detalles de cineasta de raza, como en la secuencia del accidente, con ese travelling de acercamiento y por corte un nuevo desplazamiento de la cámara que se aleja del automóvil mientras el sonido y la música de la radio matizan la gravedad del momento.

Si se puede reprochar algo al film es que el personaje de Kelly, hija y hermana de los protagonistas, sea usado como un mcguffin vital para sus familiares, en lugar de proporcionarle una profundidad y entidad propias. Sin embargo no hay que engañarse porque la historia principal es la de la relación entre un padre desesperado y el hijo, dispuesto a seguir con él, dos caracteres muy beneficiados por el trabajo de sus intérpretes y el resto del elenco.

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Es muy potente la idea de trazar una cronología como hace el film desde las primeras captaciones de islamistas en occidente, pasando después por los atentados del 11 de septiembre de 2001, los de Madrid de 2004 y los de Londres en 2005, una línea de tiempo en la que cabe además la comprensión hacia los islamistas aunque parezcan ser los malvados en varias ocasiones. Además resulta muy válida esa desubicación fronteriza del grupo de los cowboys franceses, un elemento que proporciona una coartada formal y argumental que favorece la historia que se cuenta.

Thomas Bidegain demuestra solidez y buenos reflejos en esta ópera prima que se aprecia como un trabajo muy avanzado para tratarse de un director principiante. Ya desde el texto escrito logra un producto entretenido y apasionante. Y es consciente de las derivas que impone el tránsito de sus personajes a través de varios países en un largo de período de tiempo. El director usa bien las elipsis y los cambios de escenarios para exponer su argumento. Con una dirección de actores excelente, buena puesta en escena y acierto en el uso de la fotografía y la banda sonora. Quizás nos queda esa amargura por lo que ha seguido sucediendo con el paso de los años, pero el film cierra su cronología criminal cortando la acción antes de los atentados en Francia y Bélgica.

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