Nocturna 2016: Crónica 3

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Ecuador del Nocturna con pesadillas de diversa índole.

La sección Oficial Fantástico se abría hoy con una producción rusa de terror llamada Queen of Spades (Svyatoslav Podgaevskaya, 2015). La historia del fantasma vengativo de una mujer cruenta que vivió hace más de un siglo y vuelve para atormentar a los que se atrevan a invocarla es una sucesión de tópicos imperdonablemente aburrida, inane y poco creativa. El problema de la película no radica en que la idea del ser ultraterreno que se aparece cuando repites su nombre varias veces (¿cuántas veces hemos visto este recurso en otras películas, como Beetlejuice (Tim Burton, 1988) o Candyman (Bernard Rose, 1992)?) y que se manifiesta a través de las superficies reflectantes, especialmente los espejos, resulte poco innovadora (siendo sinceros, muy pocas películas lo son), sino en que el director sea incapaz de sublimar ni uno solo de los lugares comunes que frecuenta en su película. Los abundantes golpes de efecto provocados por la subida repentina de volumen tras un lapso de silencio, las apariciones fantasmales observadas durante una fracción de segundo y cuyo diseño estético no inquieta lo más mínimo y la vulgar explicación del carácter legendario del ser sobrenatural no hacen más que acentuar la sensación de pérdida de tiempo durante su visionado. Queda, eso sí, la escena más involuntariamente cómica en lo que llevamos de festival, protagonizada por la espontánea aparición de una rata de laboratorio.

Summer Camp

Summer Camp

Cuando nuestras esperanzas de disfrute estaban ya considerablemente mermadas, ha tenido que ser una producción española la que levante el ánimo de los asistentes justo en el ecuador del festival: Summer Camp (Alberto Marini, 2015) ha supuesto un soplo de aire fresco que todo el mundo ha celebrado efusivamente. Esta película, que ya pasó por el Festival de Sitges en la anterior edición, es la ópera prima de un autor curtido en las lides de la escritura cinematográfica: Marini es la pluma responsable de filmes recientes como Mientras duermes (Jaume Balagueró, 2011) y El desconocido (Dani de la Torre, 2015). Y es que el guion, precisamente, es uno de los principales puntos fuertes de Summer Camp: ya desde el mismo título, la película juega a crear unas expectativas en el espectador que, antes de verse sastifechas, se desvanecen ante la aparición de diversos giros narrativos. ¿Esperan que una película con ese título sea una especie de remake de Viernes 13 (Sean S. Cunningham, 1980) a la española? Pues resulta que su filiación genérica pertenece al cine de zombies/infectados, no al slasher. ¿Creen que ese hombre con pinta de psycho killer que merodea por el campamento será el villano de la función? No tardarán en comprobar que está ahí para despistar. ¿Nos resulta demasiado obvio que un perro con rabia sea el causante de la epidemia? Pues no es ese el origen de todo mal. Y así, con todo. Esta actitud provocativa del autor de la película consigue mantener al espectador en continuo estado de alerta, sin que pueda dar nada por sentado y obligándole a reformular constantemente los clichés del género. No es de extrañar, por tanto, que hacia la mitad de la película la aparente seriedad inicial se transforme en inesperada comicidad: Marini sabe sacar rédito de la violencia hiperbólica para generar la risa cómplice del espectador. Un producto, en definitiva, de lo más disfrutable.

The Hexecutioners

The Hexecutioners

A horas más intempestivas, ya en la sesión golfa, se estrenaba The Hexecutioners (Jesse Thomas Cook, 2015), una rareza de cine independiente canadiense que se va desvelando muy poco a poco, sin terminar de enseñar sus cartas hasta el final del metraje. Cuenta la historia de dos empleadas de una empresa dedicada a ofrecer suicidio asistido (en una sociedad donde la eutanasia está legalizada) que reciben el encargo de un perturbador cliente alojado en una inhóspita mansión. Los opuestos caracteres de las dos chicas (una, reservada y mojigata; otra, sociable y abierta de mente) se complementan perfectamente en una cinta donde el contrapunto lo pone el siniestro personaje de Edgar, cuyas intenciones resultan siempre inextricables. La película va adquiriendo progresivamente una atmósfera onírica y alucinada, de modo que, llegado un punto, tenemos la impresión de estar viviendo una pesadilla antes que la realidad, sin saber muy bien dónde empieza lo uno y termina lo otro. El final, coherente y algo perturbador, pone el broche adecuado a una película que, aun siendo apreciable en su sugerente propuesta, podría haber dado mucho más de sí en otras manos más valientes.

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