Nocturna 2016: Crónica 1

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Primera crónica desde Nocturna 2016.

El lunes 23 daba el pistoletazo de salida la IV edición del que ya es uno de los referentes internacionales del cine fantástico: Nocturna. Luis M. Rosales, entusiasta director del festival, señaló las grandes dificultades que la organización ha tenido que sortear para sacarlo adelante: «Una edición que ha resultado ser la más dura y difícil de estos cuatro años, y de la que me siento especialmente orgulloso. Lo teníamos todo en contra, y posiblemente lo más fácil habría sido rendirse. Pero finalmente, contra viento y marea, en un acto de amor y entrega absoluta a este género que nos hace vibrar, Nocturna 2016 ya está aquí.» Y es que si ya en los años anteriores el presupuesto del festival había sido ajustado (especialmente, comparado con el referente indiscutible, Sitges, que maneja cifras astronómicas), en esta edición los recortes han hecho peligrar verdaderamente el proyecto: es dificilísimo lograr avances si no hay dinero para alquilar más salas, captar películas de las grandes productoras, traer a más invitados de prestigio desde el extranjero y, en definitiva, organizar todo tipo de actividades que enriquezcan el festival. Asimismo, la falta de medios imposibilita una buena campaña publicitaria y, como consecuencia, muchos aficionados no se enteran de la maravillosa cita con el fantástico que está teniendo lugar en Madrid a lo largo de esta semana. Así, una vez señalado este gran problema de financiación y difusión al que se enfrenta Nocturna, no cabe más que felicitar y agradecer a Rosales y su equipo su empeño por defender con uñas y dientes la pervivencia de este festival que tanto trabajo ha costado consolidar. Entendiendo el contexto, resulta más sencillo justificar las posibles carencias advertidas.

Tras la película proyectada el lunes para inaugurar el festival (The hollow point, de Gonzalo López-Gallego), el martes 24 dieron comienzo las tres secciones en competición: «Nocturna Oficial Fantástico», la más importante, cuya aspiración es cubrir todas las variantes del género; «Nocturna Dark Visions», dedicada a las propuestas más transgresoras, y «Nocturna Madness», que acoge películas especialmente llamativas por sus altos índices de violencia y humor negro. A esto hay que añadir «Shots», sección oficial de cortos que, distribuidos a lo largo de todo el programa, son proyectados antes de los largometrajes. Cabe apuntar, por cierto, que, dado que hay un solo pase para cada película en todo el festival y las dos salas habilitadas funcionan en paralelo, la asistencia a una función supone, necesariamente, la renuncia a otra película del programa. Solo queda confiar en nuestra intuición para elegir la mejor obra en cada momento.

Polder

Polder

Lamentablemente, el primer pase del día ha confirmado hasta qué punto podemos equivocarnos. Aun sin haber visto la alternativa que se estaba proyectando en la Sala 2 de los cines Palafox, me atrevo a afirmar que difícilmente puede haber una película más caótica, irritante y fallida que Polder (Julian M. Grünthal & Samuel Schwarz, 2015). Su punto de partida —una exploración de la identidad, la memoria y los anhelos más profundos del ser humano a través de la participación en un videojuego que disuelve los límites entre lo real y lo virtual—es, a priori, interesantísimo. De hecho, su temática la emparenta con auténticas joyas del género como Desafío Total (Paul Verhoeven, 1990) y eXistenZ (David Cronenberg, 1999), pero las similitudes acaban ahí, en la premisa. Mientras estas películas supieron explotar ideas de notable complejidad presentándolas en un envoltorio mainstream de exquisita factura, Polder desarrolla una trama torpemente hilvanada, confusa, lastrada por artificiosas decisiones formales (como la alternancia del color y el blanco y negro) y por el decidido interés de desmarcarse como cine de vanguardia, en el sentido más kitsch que podamos otorgarle a ese concepto.

Harvest Lake

Harvest Lake

La segunda sesión del día corrió a cargo de Scott Schirmer, que presentaba Harvest Lake (2016) en la sección Oficial Madness. Desde el principio, la siempre explosiva combinación de «adolescentes + cabaña en el bosque + sexo», reforzada por los diálogos relativamente cómicos de los personajes y la ligereza en el tratamiento de la mayoría de las escenas, hacía pensar en una propuesta autoconsciente, paródica e incluso voluntariamente naíf. Sin embargo, la película no tarda en variar el tono y ensombrecer el ambiente, convirtiendo la desenfadada nadería inicial en indisimulada y trascendente alegoría sexual. Llegado un momento de la historia en el que lo sórdido y lo repugnante (en forma de tentáculos, vainas viscosas, plantas supurantes y anfibios hipersexualizados) se entrelazan de forma indisociable con las actitudes libidinosas de los personajes es inevitable recordar —y ya van dos veces en esta crónica— al maestro Cronenberg, en este caso su fundacional  Vinieron de dentro de… (1975), cuya alargada sombra se extiende hasta nuestros días. El resultado nos deja la desconcertante impresión de que la película empezó pareciéndose a The Final Girls (Todd Strauss-Schulson, 2015) para terminar remedando torpemente el Anticristo de Lars von Trier (2009). No ayuda, por otra parte, la desgana formal que evidencia Schirmer al rodar su película: las abundantes escenas nocturnas están tan poco contrastadas que apenas se distinguen en ellas las siluetas, y algunos de los efectos especiales resultan claramente mejorables: pensemos, por ejemplo, en las apariciones de los tentáculos; puede que el pulpo de La novia del monstruo (Ed Wood, 1955) se moviera con más gracia. Con todo, la película se muestra tan absurdamente lisérgica como razonablemente entretenida, por lo que podemos despedir la primera jornada de secciones oficiales mejor de lo que empezamos.

 

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