Documenta Madrid 2016: Crónica 2

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5_Looking at Melilla_LES SAUTEURS

Críticas sociopolíticas en la segunda crónica de Documenta Madrid.

Los avances tecnológicos posibilitan que cada vez sea más sencillo filmar. Esta afirmación se sobredimensiona en los terrenos del documental cuando se trata de proyectos que se basan en la captación espontánea de la realidad. Ese #EstáPasando que prescinde de encuadres y balances de blancos, minucias comparadas con lo que está sucediendo ante la cámara. Les Sauteurs (2015) es una obra que aborda, desde la máxima precariedad de medios, lo que supone vivir en un campamento de refugiados –aunque ni siquiera se los quiera llamar así– de los alrededores de Melilla. Si bien el tema es motivo más que suficiente para desarrollar el documental, el hallazgo más lo más interesante del mismo no es este, sino que uno de los implicados en estos movimientos migratorios se convierta en improvisado director, operario de cámara y actor de un proyecto de ideas claras pero sin guion ni desarrollo concretos, que se construye sobre la marcha y avanza en función de los acontecimientos.

Abou Bakar ha sido el encargado de desarrollar la filmación sobre el terreno. Los responsables de iniciar el proyecto fueron Moritz Siebert y Estephan Wagner, residentes en Dinamarca y montadores del conjunto de imágenes y reflexiones en voz en off que componen Les Sauteurs. Al depositar sobre las manos del amateur Abou la responsabilidad del filmado de las imágenes, hay una serie de normas que se rompen, para bien y para mal. Con un acabado pobre en lo cinematográfico, sin embargo aparece la posibilidad de ir descubriendo el propio lenguaje, la composición de imágenes y la captación de momentos únicos, auténticos sin dejar de ser terrenales. Con ese aroma de vídeo casero, con gotas de humor y amor por la vida que contrastan con la crudeza de la situación límite en la que se encuentran, en la que la muerte acecha a la vuelta de la esquina, los tres directores trazan una pieza poética de denuncia social que va más allá de la mera plasmación periodística para hablar de la humanidad y la deshumanización, cada una en uno de los dos lados de la valla fronteriza.

When two worlds collide

When two worlds collide

Sin abandonar la crítica sociopolítica aparece When two worlds collide (2016), mastodóntico proyecto de más de ocho años de producción que abarca la situación entre el gobierno peruano y los indígenas del Amazonas en su lucha por la protección de estos terrenos frente al expolio de las grandes empresas extranjeras. La visión del documental es la del pueblo indígena y sus reclamos, y funciona como contrapartida a la maquinaria mediática de un gobierno central que usa todas sus armas –políticas, económicas, legislativas y judiciales– para manipular a la población y sacarle partido a unos territorios ricos en materias primas.

La pareja de directores –Heidi Brandenburg y Mathew Orzel– toma partido a favor del movimiento indígena y se sumerge en cada una de las etapas del recorrido. Sin esconder el lado oscuro de este colectivo, ambos se sitúan al pie del cañón incluso en los momentos de mayor represión policial, esos que acabaron con una revuelta en la que murieron personas de ambos bandos y que provocó una enfurecida reacción sangrienta por parte de los indígenas. El documental se moja en el fango de la moral y efectúa un ejercicio de compromiso social en temas tan delicados, que se han quedado enquistados en una población polarizada y que amenaza con nuevos estallidos de violencia. Sin embargo, a pesar de las numerosas virtudes de fondo, nuevamente suficientes como para hacer valer la existencia de este documental, la honestidad de sus imágenes contrasta con una realización algo rutinaria. Las secuencias planificadas están invadidas por los dejes de ese cine independiente estadounidense que busca el preciosismo a toda costa, aunque esta vez, y a diferencia de buena parte de la producción indie, sí están justificados: sirven para sobredimensionar la belleza de esa naturaleza que se quiere proteger. Sin embargo, más allá de esta idea coherente, pocos argumentos cinematográficos destacan en esta producción en todo momento correcta, necesaria por su temática pero rutinaria en su elaboración.

Under the sun

Under the sun

La última escena de Under the sun es demoledora. Es la plasmación a través del rostro de Zin-mi, una niña de 8 años, de la extenuación de un país que vive constantemente sometido a una disciplina férrea dirigida al culto incondicional a sus líderes políticos. Un país que, como Zin-mi, sin ser del todo consciente de ello se deja manipular por los aquellos, que no termina de entender esa disciplina inflexible con la que se le obliga a ser feliz pero que, paradójicamente, acepta esa misma manipulación como la única felicidad posible.

El cineasta ruso Vitaly Mansky es cordialmente invitado a filmar el día a día de una familia norcoreana perfecta, cuya hija además está a punto de ingresar en la Unión de Niños Coreanos, con el prestigio que eso conlleva para los jóvenes del mejor país del mundo. Desde el principio, Mansky nos va avisando de que el guión de esta película ha sido amablemente facilitado por las autoridades norcoreanas y, por tanto, lo que vamos a ver es un fiel reflejo de lo que se puede (y se debe) mostrar de ese día a día de una familia cualquiera. Al igual que sucedía con el documental de Joshua Oppenheimer The act of killing, la pericia de Mansky para enseñar lo que no debe ser enseñado consiste en su decisión de incluir en el montaje el acto en sí de la planificación del rodaje por parte de los inspectores que lo vigilan. Todas y cada una de las insufribles repeticiones de escenas a las que los protagonistas son sometidos por parte de los mismos, y con las que se pretende dar esa imagen de perfección del país, son incluidas por Mansky en lo que demuestra una planificación milimétricamente calculada del gobierno de Corea del Norte para proyectar dicha imagen perfecta, no solo de puertas afuera sino también entre sus propios ciudadanos. La apertura y el cierre de planos estratégicamente estudiados para captar miradas y gestos imperceptibles entre una multitud sonriente y aparentemente feliz, o a los inspectores agazapados dando órdenes de actuación a los protagonistas de esa realidad cotidiana, son la esencia de una película que es capaz de hacer una denuncia brutal del autoritarismo manipulando a los manipuladores.

Escrito por Yago Paris y Mª Carmen Fúnez.

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