Críticas: Mayo de 1940

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El bucle del tiempo.

El ejército alemán invade Francia durante la Segunda Guerra Mundial. Los habitantes de las zonas rurales comienzan su penoso éxodo. Entre los exiliados está Hans, un alemán antinazi que se escapa acompañado de Percy, un soldado escocés. Juntos buscan al hijo del primero, Max. Y la forma de huir de los alemanes.

Christian Carion es un caso extraño entre los directores franceses de las últimas décadas. No acumula premios ni tampoco estrena sus obras en el Festival de Cannes. Su segundo film Feliz navidad ha sido el que más reconocimiento tuvo, incluida su nominación a mejor película de habla no inglesa de la Academia de Hollywood. Ha realizado cuatro largometrajes desde el año 2001, todos estrenados en España con una exhibición razonable. Pero necesita tiempo para conseguir la producción entre un film y el siguiente, porque recurre a la ambientación de época, un elemento que complica el presupuesto y rodaje de cada nueva obra. Así han pasado seis años desde que estrenó la anterior, El caso Farewell. Si ya trató la Gran Guerra y la Guerra Fría previamente, en esta ocasión encuadra la acción en el período de la ocupación nazi en Francia y recurre a un dicho francés en su título original:  En mayo, haces lo que te gusta. Toda una ironía para describir los sucesos que sufren los personajes en Mayo de 1940. Carion coescribe, además de dirigir, una producción de fácil exportación, con un reparto internacional y varios idiomas en sus diálogos -francés, inglés y alemán-. Recurre a un tipo de narración norteamericana como marca de estilo formal, situando la cámara en grandes espacios naturales, destacando la fuerza y estética de la fotografía, que en ocasiones casi vira a sepia como la textura fotográfica de aquella época. Aprovecha un buen trabajo del sonido y de los efectos sala, en particular durante las secuencias de acción y varias escenas dramáticas, como recurso más expresivo que descriptivo. Por supuesto trata de mantener el suspense en una trama que, por desgracia, el tiempo ha despojado de su intriga. Porque ya sea por la lectura de libros acerca de la ocupación alemana en tierras galas, o quizás por la visión de films que tratan estos mismos episodios históricos, la Historia ya nos ha contado el fatal desenlace de este período.

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De todas maneras, en esta ocasión el cineasta recurre a un tono casi propagandístico que recuerda a films norteamericanos de la primera mitad de los años cuarenta, en plena contienda bélica. Los militares superiores alemanes son más salvajes de lo que nos hemos acostumbrado a verlos en décadas precedentes. Con mención especial al psicópata, camuflado de documentalista nazi, que rueda a sus víctimas y a los exiliados. Un tono temático tan enfrentado al ejército germano que casi resulta políticamente incorrecto para las medidas del gusto actuales.

Carion divide la acción principal en dos senderos paralelos que prácticamente no llegan a cruzarse, alternando el género de aventuras en uno, con el drama antibélico del otro. La pasión funciona más en el primer segmento, siguiendo a Hans y su cómplice escocés por las campiñas, con incursiones para defenderse de sus enemigos que llegan a recordar alguna secuencia del mismo Salvar al soldado Ryan. En toda esta peripecia el director parece sentirse más a gusto y el efecto se aprecia en pantalla, transmitiendo más fuerza con la cámara en movimiento, el contraste de personalidades sajonas y la supervivencia de ellos. Sin embargo, al otro lado está la triste huida de los norteños galos en su viaje a ninguna parte, un trayecto que crea una sensación de renuncia y depresión muy marcada en una secuencia de inflexión cercana al final. Un anticlímax que sorprende en un film como este.

La descompensación final se evidencia en un relato que pierde fuelle cuando desaparecen de la proyección los actores August Diehl y Matthew Rhys. Aunque Olivier Gourmet, Alice Isaaz y Mathilde Seigner interpretetan bien sus papeles, la sensación de hastío domina sus apariciones.

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A pesar de todo quedan grandes momentos, como ese cuando el militar nazi a punto de morir golpea su cabeza sobre una plancha de hierro, ruido que se confunde con un grifo que gotea. O secuencias bien planteadas pero mal rematadas, como aquella de la caravana de exiliados que, alertada por la profesora que se adelanta en su bicicleta, evita pasar junto a una familia que ha sido masacrada en su coche, para que no lo vean los niños. La cámara primero evita mostrar los cadáveres, siempre desde el punto de vista infantil. Pero a continuación recurre al punto de vista de los adultos y expone toda la carnicería que se había dejado fuera de campo al principio. Todo esto pasa factura a un film que crece con la sugerencia sonora, natural y se resquebraja en el énfasis musical de Ennio Morricone. Demasiada contradicción para un largometraje que logra más aciertos cuando tiene menos pretensiones. Un film que con ese plano del amanecer que se perfila en el horizonte, un plano tan estático que no permite saber lo que vendrá después y dice mucho más acerca del exilio que las tentaciones de comparar este destierro con el que sucede ahora, en pleno mayo de 2016.

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