Críticas: ¿Qué invadimos ahora?

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Un Michael Moore optimista para una obra menor.

2016 es año electoral en Estados Unidos. La relevancia política de la primera potencia mundial no sólo invade espacios informativos, sino la propia gran pantalla con piezas de ficción o documentales. En febrero llegó a los cines españoles 13 horas: los soldados secretos de Bengasi (2016), el nuevo despliegue de medios de un personaje tan polémico como es Michael Bay. El director norteamericano ha sufrido un proceso de degeneración pública similar al de M. Night Shyamalan, lo que ha provocado que sea más sencillo reírse de ellos que comprender lo que hacen y por qué lo hacen. Es cierto que el cine de Michael Bay es el que es, pero da la impresión de que la crítica, por supuesto negativa, está escrita antes de acceder a la sala a sumergirse en su particular universo pirotécnico. Y lo cierto es que la ideología de este cineasta es muy cuestionable y está realizada usando medios que no a todo el mundo gustarán, pero es igual de cierto que es un autor con un estilo muy personal y que no toma ninguna decisión a la ligera. A pesar de lo frívolo de su cine, sus imágenes nada tienen de superfluas, y encierran una estudiada simbología que, en el caso de la citada 13 horas, aboga por un retorno del Partido Republicano al poder, y de su país a ser lo que era, a recuperar su pasado glorioso de hegemonía más allá de sus fronteras. O de intentarlo.

Como hace bien en señalar Jaime Lorite en su crítica de esa película, Michael Bay no es tonto, y el estreno de esta cinta en este año dista de ser casual. La maquinaria propagandística se ha puesto en marcha, y hacer uso del poder que posee el cine para calar en el público parece el paso evidente a dar por un director politizado que quiere dar su versión de ciertos asuntos de Estado –en este caso, la fragilidad de la política exterior durante la administración Obama, especialmente por parte de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, quien amenaza con ascender hasta el sillón presidencial en las próximas elecciones–. Nada nuevo en el mundo del cine. Otro director, en este caso de documentales, lleva varias décadas atizando a su propio país, sacando a relucir las vergüenzas de su sociedad con ese particular humor cínico que lo caracteriza. Se trata de Michael Moore, y su nueva obra, ¿Qué invadimos ahora? (2015) es una declaración de intenciones más en el título que en el desarrollo del film, pero qué duda cabe de que se trata de una nueva aportación politizada que trata de influir en la conciencia de la audiencia.

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En su día Michael Moore ya renunció a la carrera por los Oscars con su documental Fahrenheit 9/11 (2004), con la intención de que la obra ganase una mayor difusión y pudiera influenciar en la votación de las elecciones presidenciales de 2004. Su intento de evitar la reelección de George Bush cayó en saco roto. Este año, con la amenaza de Donald Trump sobrevolando el Despacho Oval, parecía necesario sacar adelante un nuevo proyecto. Sin embargo, en esta cinta no aparecerá el chorro de datos que caracterizaba aquel documental que no pudo ganar el Oscar pero sí un premio todavía más importante, La Palma de Oro del festival de Cannes. En ¿Qué invadimos ahora? encontramos a un Moore más relajado, igual de humorístico pero en una vertiente más amable. Las pretensiones son infinitamente menores, como también lo son las dimensiones del proyecto. En este caso, el realizador viaja por el mundo –principalmente a Europa, con un salto a Túnez– en busca de ideas que conquistar y traer de vuelta a casa.

Mediante esta acumulación de conceptos de corte social, Moore realiza una crítica al modo de vida estadounidense, a sus desigualdades, carencias y enfoque. Por citar sólo algunos de los ejemplos, el cineasta aborda la cultura culinaria de Francia y la relevancia que se le da a una correcta alimentación en colegios; la educación universitaria gratuita de Eslovenia; las condiciones laborales de Alemania o la importancia que en Italia se le da a unas vacaciones en condiciones. Siendo tantos los países visitados, cabe esperar que cada parada en el camino no profundice en el concepto a analizar, lo que da lugar a un sesgo importante en el abordaje del tema. El maniqueísmo es evidente en la propia película, hasta el punto de que el propio Michael Moore lo comenta y en ningún momento trata de esconderlo.

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Si se tiene en cuenta esta situación, lo normal sería esperar que, más allá de la broma simpática, la obra navegue por torrentes de irrelevancia, al tratarse de una apuesta total por la intrascendencia. Sin embargo, el autor de Bowling for Columbine (2002) es suficientemente inteligente como para aportar a su obra algo más. Así, pues, toda esta visita europea no es otra cosa que el reencuentro entre el analista y los orígenes de su objeto de estudio. Y es que, en la secuencia final, lo que Michael Moore viene a enunciar es que todas estas ideas formaban parte de la fundación de su país. Por lo tanto, el objetivo final de ¿Qué invadimos ahora? podría interpretarse como un alegato patriotero, que más de una persona interpretará como una contradicción en el seno de su obra, al observar, no sin falta de razón, que finalmente, después de toda la crítica emitida durante décadas, lo que le acaba pesando a Michael Moore, ante todo, es un amor incondicional por su país. Sin embargo, la teoría fracasa, no ya sólo porque sea cierto que estas ideas en su día existieron en Estados Unidos, sino porque actualmente no existen. Esta es la clave del documental, la de sacar a la luz la deriva de un país que está haciendo muy mal las cosas a pesar de que en su día las hizo bien. El mensaje es optimista, pues Moore tiene esperanzas de que algún día su nación retome el buen camino, pero lo que es incontestable es que el juicio es crítico, en ningún caso un masaje a mayor gloria de sus compatriotas, y por tanto el fondo de este documental coherente con el resto de su filmografía. La forma con que se lleva a cabo ya es otra historia…

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