Críticas: Ahora sí, antes no

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Que hacer siempre lo mismo sea siempre diferente.

El cine de Hong Sang-soo se compone de una serie de lugares comunes propios. En cada película, el director surcoreano reescribe y revisa sus obsesiones, sus pulsiones subconscientes. Estas características de su filmografía crean otro lugar común, esta vez al pasar la obra por el filtro de quien la analiza: la crítica especializada. Y es que establecer una comparación entre el cine de Sang-soo y el de Woody Allen es poco menos que un requisito en todo texto acerca de cada nueva entrega del realizador asiático. Una situación que se sobredimensiona por la buena acogida que este tiene dentro de la comunidad de la crítica cinematográfica, como ha sido el caso de su último trabajo, Ahora sí, antes no (2015), ganadora de sendos premios a la mejor película en los festivales de Locarno y Gijón. Muchos motivos justifican la comparativa entre estos dos directores, pero sería injusto limitar su manera de entender el cine a esta particularidad.

Hong Sang-soo trata siempre temas similares y no hace el menor esfuerzo por esconderlo: cine dentro de cine; el azar; las consecuencias de acciones en apariencia superfluas, y cómo estas pueden variar el destino de sus personajes en direcciones opuestas. A esta repetición temática, a este fondo, se le suma una forma descuidada. Recursos pobres; planos largos que prescinden de toda planificación de la puesta en escena; abuso de elementos considerados de baja cultura, como son el zoom in brusco o la recomposición del plano sobre la marcha…Toda una serie de atributos que hablan de la no-planificación, de la dejadez, de la desidia por la forma. Estas dos características, la de fondo y la de forma, permiten una tercera, que también comparte con el director neoyorquino: una copiosa filmografía. Estos dos elementos posibilitan que los rodajes duren poco, que las escenas se resuelvan en sólo un par de tomas, por lo que el director surcoreano lleva desde sus inicios entregando entre una y dos películas al año.

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Esta sería la idea general que define la comparación entre Woody Allen y Hong Sang-soo, propuesta que sólo comparto en parte. Y es que el entendimiento que se hace de la forma es opuesto en ambos directores. Si en sus décadas más gloriosas Allen destacaba por una puesta en escena sencilla pero inteligente, plagada de ideas visuales que eran capaces de sobrevivir entre la verborrea de sus personajes, lo cierto es que en la actualidad nada de esto persiste en su cine. Sin duda talentoso y capaz de plantar al menos una idea brillante en cada una de sus entregas, la puesta en escena en el cine del director estadounidense deja mucho que desear. Esta decisión es fruto de la desidia, de su desinterés por esforzarse en sacar adelante un proyecto brillante. Desde hace una década, Woody Allen hace películas como desconexión mental para evitar caer en la depresión ante ese miedo a la muerte que tenía ya en su tierna infancia y que con sus actuales 80 años se ha disparado por evidentes motivos. Duele que un talento como el suyo se diluya en obras siempre a medio gas, aunque casi siempre superiores a la media de los estrenos del año, pero es una decisión respetable en tanto en cuanto en ningún momento trata de ocultarlo o de hacer pasar su cine por lo que era antes.

Si el cine actual de Woody Allen está atravesado por el piloto automático, el de Hong Sang-soo sólo lo aparenta, y esta es una diferencia de capital importancia, que en muchas ocasiones pasa desapercibida en los análisis que se elaboran alrededor de su cine. Todo este aparato formal que alude al cine casero y torpe no es otra cosa que una estudiada puesta en escena, nada casual. Este autor busca en sus cintas el desarrollo de sus historias cotidianas, mundanas incluso, opuestas al bigger tan life hollywoodiense, y en un cine tan terrenal y modesto la decisión de puesta en escena que probablemente sea más coherente es la que él plantea. Su planificación es tan sencilla como lo que ocurre en el plano, la naturalidad de las acciones de sus personajes se mimetizan con una filmación que alude a la captación espontánea de la realidad, muy cercana al cine documental. Y es que eso es, a fin de cuentas, lo que el cine de Sang-soo parece. Sus personajes, encuadrados en planos generales y a distancia, no son otra cosa que esos animales salvajes filmados en los documentales. El director les concede su espacio, los estudia en sus ambientes, los retrata en sus hábitats y no se implica en lo que ocurre ni lo manipula –más de lo necesario para alcanzar sus propósitos narrativos–. Quizás influido por este director, en 2008 Jaime Rosales presentó una película tremendamente polémica, que elevaba estas ideas a los extremos del cine proyectado en museos contemporáneos. Se trataba de Tiro en la cabeza, mordaz análisis del día a día, de los hábitats, de las interacciones sociales y, en general, de la conducta puramente humana de quien resulta ser un etarra.

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Si hasta aquí no se ha hablado de Ahora sí, antes no es porque hablar del cine de Hong sang-soo o de una película suya concreta es más o menos lo mismo. En este caso, el autor pule asperezas formales y entrega una cinta que, sin perder sus señas de identidad, ha escalado un par de peldaños en lo que a acabado de producción se refiere. Rodada con cámaras de mayor calidad y retomando una duración que ronda las dos horas, su nuevo film recorre las mismas temáticas de siempre. En este caso, su protagonista, nuevamente un director de cine, llega a una pequeña ciudad para presentar una de sus obras, pero lo hace con un día de antelación, lo que le permite salir a echar una cana al aire. Con esta premisa, Sang-soo desarrolla dos historias homólogas, protagonizadas por los mismos personajes y que comparten idéntico desarrollo hasta el momento clave, ese que siempre aparece en su cine, en el que hablar o callar, decir una cosa u otra, dispara el desarrollo en direcciones opuestas.

Con esta premisa, el responsable de The day he arrives (2011) o In another country (2012) indaga en las dinámicas de las relaciones personales, en las mentiras que las salvan y en la dificultad para conocer a la otra persona. De esta manera, siendo el protagonista la misma persona en ambas historias, la imagen que el personaje femenino se forma acerca de este director de cine es opuesta, y lo mejor de todo es que, en este caso, ese punto clave del relato viene a ser más o menos el mismo. En ambos casos, el director se muestra como una persona carismática pero algo mezquina, por momentos despreciable, y, sin embargo, es la interpretación que la mujer hace de las palabras de este lo que espolea el relato en una u otra dirección. Ello posibilita una visita la habitual incomunicación que rodea a los seres humanos, a la vez que se coloca como otra baldosa más en el camino que el director coreano está construyendo para abordar la debilidad y la inmadurez casi inherentes al hombre surcoreano actual. Ahora sí, antes no se coloca como un paso más hacia delante en la filmografía de este atípico director, quien con sus genuinas ideas está construyendo un legado cinematográfico atípico por definición, colmado de ideas y delineado por una sutileza que le permite ser implacable sin perder de vista la comedia liviana.

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