Críticas: Trumbo: La lista negra de Hollywood

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Dalton cogió su máquina de escribir.

Después de la Segunda Guerra Mundial el escritor Dalton Trumbo aparece en la lista negra de guionistas y cineastas norteamericanos afiliados al Partido Comunista. A partir de ese momento los estudios de Hollywood prescinden de sus servicios y de todos los  implicados en la famosa caza de brujas. El resto es Historia.

Resulta sorprendente que, casi setenta años después del comienzo de los hechos que se relatan en Trumbo: la lista negra de Hollywood, se haya producido este film biográfico acerca de uno de los autores más afectados por el Comité de Actividades Antinorteamericanas. La razón de la sorpresa es por la evidente dificultad de atraer a un público joven que se encuentre interesado en acudir a las salas para ver un film que aborda uno de los acontecimientos más vergonzosos de la industria cinematográfica y de la política estadounidense, unos sucesos bochornosos durante las décadas de los cuarenta, cincuenta y parte de los sesenta del siglo anterior. Bryan Cranston, una estrella mundial desde su papel en la serie Breaking bad. Él es mayor aliciente capaz de atraer a los nuevos espectadores que desconozcan esta historia. Tampoco es que se pueda establecer un paralelismo entre la situación de censura, acoso y menosprecio de aquella época con la coyuntura cinematográfica contemporánea. Bueno, ningún paralelismo salvo que aún sigue mandando la recaudación de las taquillas. De todas maneras se agradece la producción de un nuevo título que se suma a la breve filmografía acerca de las prácticas turbias del senador McCarthy y asociados del gobierno yanqui, durante aquellos años. Aunque la película que se acercó con más fuerza a este período continúe siendo La tapadera de Martin Ritt, realizador encargado de dirigir el gran guión de Walter Bernstein. Tampoco conozco el documental Trumbo y la lista negra del año 2007, que seguramente guarde relación directa con el film recién estrenado.

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Por las personas que integran el equipo técnico y artístico, este bien podría haber sido un telefilme o incluso una miniserie de dos capítulos. Esto no significa que carezca de calidad, en absoluto. Ahora mismo existe una permeabilidad entre el cine y la televisión norteamericana, sin que sea extraño ver actores o profesionales que trabajan en los dos medios audiovisuales. También el director de la cinta, Jay Roach, ha conseguido sus mejores films con las premiadas El recuento y Game change, dos tv movies que retratan las elecciones presidenciales USA de 2000 y 2008 respectivamente. A la espera de saber si cerrará la trilogía electoral con otra que se encargue de campañas posteriores, Jay Roach dirige de forma eficiente, efectiva y eficaz el juicio sufrido por Dalton Trumbo y sus compañeros, la estancia en la cárcel, el anonimato junto a su trabajo como escritor negro en numerosos guiones de films de serie B. La película tiene gracia en secuencias domésticas como las de la empresa familiar que organiza con sus hijos para enviar los guiones y separatas que lleguen a tiempo a los rodajes. O las ceremonias de los premios de la Academia de Hollywood en las que ganó dos galardones al mejor guión, presenciadas desde el sofá de su casa. Quizás este toque humorístico, añadidas a otras escenas cómicas, recuerden más al estilo habitual del realizador de la saga de Austin Powers, Los padres de ella y su secuela.

Pero el mayor interés de su último largometraje está en las transiciones, la fluidez y la alternancia de las imágenes de archivo o las de los míticos films como Espartaco o El Bravo que aparecen en la película, fundidas con el metraje actual, gracias a un buen trabajo de montaje y paso entre escenas originales y recreadas. Por supuesto destaca el valor en la composición de personajes que llevan a cabo Bryan Cranston con Trumbo. Helen Mirren con su villana Hedda Hopper. Y Michael Stuhlbarg en el papel de Edward G. Robinson. Sus cometidos no son los de acercarse totalmente a la apariencia física, corporal y gestual de sus modelos, sino que consiguen crear personajes de ficción con entidad dramática y profundidad psicológica, sin renunciar a la coartada de los hechos reales. Añadiendo además un grupo de interpretaciones secundarias con los intérpretes John Getz, Alan Tudyk y Elle Fanning por una parte. Y por otra con los enormes Diane Lane, Louis C.K. y el tremendo John Goodman, con esa secuencia cumbre en la que está a punto de agredir a un agente del gobierno. Que ninguno de estos últimos estuvieran nominados como secundarios, demuestra la miopía de muchos miembros de la Academia.

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Trumbo: la lista negra de Hollywood tiene sus defectos, como esas incursiones ridículas de Kirk Douglas y Otto Preminger, igual que si asistiéramos a un programa de El orgullo del tercer mundo o de La hora chanante. Tampoco ayuda un ritmo que resulta algo apagado en el segundo tercio del film, a pesar de remontar en interés en el tercer acto y los títulos de crédito finales. Ni ayuda tampoco la decisión de dejar fuera de campo, más allá de un cartel de Johnny cogió su fusil, al inicio, mostrando el único largometraje dirigido por Dalton Trumbo, basado en su famosa novela.

Pero la impresión final es la de un homenaje justo y sentido hacia este grupo de profesionales solidarios, cineastas que consiguieron realizar sus obras, inmersos en un sistema de trabajo clandestino, casi comunista en su ejecución, guiados por el ímpetu de Trumbo.

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