Críticas: La modista

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LM - Kate Winslet m+íquina 5

París, Dungatar.

En la actualidad los films de acción rodados en cualquier rincón del mundo quieren ser norteamericanos. Las muestras del terror de allí prefieren a los espíritus orientales. Las comedias parecen globales, provengan del lugar que provengan. Y los dramas, en ocasiones, se abstraen en su intimidad o circunstancia personal. Huyendo de esta coyuntura del camuflaje, en tiempos de producciones tan globalizadas, llega una auténtica australian movie total. Una película que nos sitúa en un paraje de las antípodas, Dungatar, un pequeño pueblo ficticio, agrícola aunque bastante desolado. Lleno de habitantes que mastican el acento británico como si fuera una brizna de hierba. Jugadores de una partida de golf sin hoyos, más similar al críquet, cuya meta es destrozar las ventanas de los vecinos. Con jóvenes héroes locales del rugby, en un lugar poblado por personas fuera de sus cabales, líderes corruptos y una mujer exiliada, repudiada por todos, que regresa allí para resolver deudas pendientes con el pasado.

LM - Luz vela

Con la frase ¡Tilly ha vuelto, paletos!, se podría resumir el espíritu de esta comedia dramática que protagoniza Kate Winslet en el papel de una diseñadora de modas en los años cincuenta, una modista de toda la vida. Vuelve a su pueblo natal para devolver a la normalidad la vida de Molly, su madre, ahora convertida en la loca oficial del sitio, interpretada por la actriz Judy Davis. En su misión ella es ayudada por el sargento Farrat, el policía encarnado por Hugo Weaving, un agente fanático de la ropa femenina que parece evocar discretamente a su drag queen de Las aventuras de Priscilla, reina del desierto. En su cruzada por recuperar el buen nombre, tras un suceso trágico de la infancia, Tilly se enfrenta a las fuerzas moralistas y censoras de Dungatar, encabezadas por el alcalde poderoso, mujeres conservadoras, los dueños de la tienda de ultramarinos y un médico turbio más parecido a un cura libidinoso, empeñado en sanar las almas en lugar de las enfermedades. En el bando de los aliados figura Teddy, un joven galán, tan sentimental como temerario, que colaborará con la modista. La fauna del lugar pide a gritos un cambio de estilo y Tilly será la encargada de llevar a cabo esa renovación en el vestuario y comportamientos de sus paisanas.

Jocelyn Moorhouse vuelve al cine después de su cuarta película Heredarás la tierra, de 1997. Después de estos dieciocho años dirige un film con una primera hora que desborda energía en forma de western, tanto por el estilo, la presentación y duelos entre sus personajes, como por los espacios en los que se desarrolla. Ese Dungatar esquemático e icónico, lleno de arena, barro, cielos abiertos, casas de madera, una pequeña escuela, un almacén grande, su caravana a las afueras de nómadas marginados y el silo de cereales que se perfila siempre al horizonte. En estos escenarios que recuerdan a los poblados del spaguetti western o de Infierno de cobardes de Clint Eastwood. Con un trabajo de edición a cargo de Jill Bilcok, la montadora, que se convierte en la otra cómplice perfecta de Moorhouse junto a PJ Hogan, coguionista, coproductor y director de la segunda unidad. Entregados a un material narrativo que se apura en dos horas de metraje que solo se resiente un poco en el desarrollo final, por no traicionar la letra de la novela de Rosalie Ham que adaptan. Pero ese cambio de ritmo que provoca desde la comedia salvaje inicial, transformada en drama tras el ecuador del largo, tampoco llega a resultar artificial en ningún caso.

LM - Cine 3

El cine australiano lleva un par de años en racha, con una energía que no se veía desde finales de los años setenta y los ochenta, décadas en las que Peter Weir, George Miller y otros directores entregaban diamantes en bruto con muy buen empaque técnico, sus elencos de actores que después serían vampirizados por el cine norteamericano o el europeo. Y sobre todo con una locura transitoria pegada a las historias y la manera de contarlas, que las hacía irresistibles frente al monótono academicismo del cine comercial de entonces. La modista recupera esa esencia del cine australiano después de unos años noventa y primeros del dos mil más tranquilos. Se suma a otras joyas recientes como son Mad Max: Furia en la carretera o la inquietante Babadook. Aporta una película que no hace alarde de ser feminista en ningún momento, pero que es uno de los mejores ejemplos del caso, tanto por su equipo técnico y artístico, el tratamiento, la resolución de los conflictos, como por no sentar cátedra al respecto. Aunque la mejor razón para resultar un film dinámico y moderno, sea la forma en la que se despacha el previsible romance de la protagonista y el joven lozano encarnado por Liam Hemsworth, un actor entregado pero incapaz de llegar al nivel de química que destila un pedazo de actriz como Kate Winslet con Judy Davis, Hugo Weaving, Caroline Goodall y las demás compañeras del reparto.

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