Críticas: El regalo

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(L-R) REBECCA HALL, JASON BATEMAN and JOEL EDGERTON star in THE GIFT

No habrá paz para los malvados.

La siempre extravagante y prolífica novelista belga Amélie Nothomb publicó en el año 1995 una de sus extrañas y a la vez sociológicas novelas. Las catalinarias nos mostraba, primero desde el humor jocoso y después desde la miserabilidad de la filosofía individualista humana, cómo combatir el hecho de ser invadido desde la voluntariedad impostada dentro del propio hogar. Los convencionalismos sociales y las libertades tomadas por terceros pueden postrarse como elementos propicios para la incomodidad en el juego de las visitas formales. Y a esto es a lo que parece que juega también Joel Edgerton, director, guionista y actor de El regalo, cinta con la que fue galardonado en Sitges por su interpretación del siniestro Gordon.  Con momentos algo tensos que acomodan en un socarrón acercamiento al humor negro que nace de las reacciones que tienen el matrimonio protagonista, vamos conociendo los pormenores de la clase acomodada y sus quehaceres domésticos.

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Dos años antes se hizo con el premio a mejor película en el festival anteriormente mentado la holandesa Borgman de Vincent van Warmerdam, un filme que, como Funny Games (Michael Haneke, Austria, 1997) y muchos otros, nos introducen en ese subgénero del home invasion que tanto ha sido utilizado para verter en él ideas o reflexiones morales sobre la condición social de sus protagonistas y lo que les lleva a actuar de la manera en que lo hacen.  No es casualidad que el personaje de Simon sea un directivo de éxito en su trabajo, un ganador cuya pericia le ha hecho adueñarse de una holgada posición económica con la que puede permitirse formar una familia en una casa californiana solo al alcance de la clase alta. Y desde ese posicionamiento asistimos al interesante contraste con la misteriosa figura que surge de su antiguo conocido del instituto. Un compañero de clase del cual ni si quiera recuerda el rostro la primera vez en la que se encuentran y con el que acaba sometido a un duelo en el que prima el distanciamiento de actitudes, aptitudes y las cavilaciones morales que surgen respecto a esto.

Con alguna que otra sutil referencia a Psicosis (Hitchcock, 1960), como puede ser la reiterada escenificación de la ducha como espacio encerrado que entorpece la visibilidad y enclaustra el peligro, o un desmayo que rememora a la mítica escena hitchcockiana, Robyn, la esposa de Simon, entra en una fase psicótica dando una nueva dimensión al desarrollo del relato. Será entonces cuando se inicie una incursión en los terrenos psicológicos de su mente, momento en el cual se fraguarán nuevas dudas y el miedo hará su aparición para hablarnos del estado mental de una mujer que empieza a cuestionarse ciertos privilegios de los que lleva años disfrutando. La sucesión de previsibles sustos, que no por antojarse inevitables dejan de surtir efecto, resultan pues totalmente justificados, ajustándose en todo momento a la empatía que nos hace sentir el director con la única mujer con voz propia en el filme.

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Y es precisamente la empatía la que se erige como sentimiento necesario para desenmascarar el terror al que hace referencia la esencia misma de esta propuesta estadounidense. Edgerton no hace sino mostrarnos de manera moralista cual es el camino del éxito del sueño americano, la actitud ganadora afín al sistema capitalista en la que se puede pisotear a los demás rivales tanto por el mero hecho de ser consciente de tener ese poder como de moldearlo para lograr metas que se autojustifican por la debilidad del prójimo. El director estadounidense desentraña toda una filosofía del más fuerte en la que no hay lugar para compadecerse de los demás ni mucho menos llegar si quiera a sentir remordimientos de conciencia alguno.

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