Críticas: El recuerdo de Marnie

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Cuando la silueta de Totoro aparece sobre un fondo azul claro, ocupando la pantalla de cine junto al rótulo del Studio Ghibli, comienza el hechizo. Quizás no sea un acuerdo escrito acerca de lo que se proyectará a continuación, pero sí la promesa de una buena historia con gran capacidad de ensoñación y vuelo poético. El recuerdo de Marnie llega después de su paso por el Festival de Gijón 2015, además de sus candidaturas a los galardones Annie y a los de la Academia de Hollywood, entre otros. Sin embargo, el mejor premio es su estreno, al mismo tiempo que El cuento de la princesa Kaguya, película ya reseñada en Cinema ad hoc.

El guión traduce en imágenes una novela de la escritora británica Joan G. Robinson, titulada Cuando Marnie estuvo allí, publicada en el año 1967. La adaptación se sitúa en la época contemporánea, ubicada en Hokkaido (Japón) y cuenta la estancia de Anna, una adolescente aquejada de asma. La chica pasará el verano acogida por unos tíos en un pueblo rodeado del campo y cerca del mar. Anna conocerá en aquel lugar a Marnie, otra joven de su edad, que parece vivir recluida en el imponente caserón de la marisma. Las dos se hacen amigas aunque, de forma misteriosa, ya parecían conocerse desde muchos años atrás.

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Hiromasa Yonebayashi dirige y colabora en el guión de su segundo largometraje, un nuevo film de animación tras la magnífica Arrietty y el mundo de los diminutos, película producida el año 2010. En esa ópera prima partía de Los incursores, texto de la escritora inglesa Mary Norton que adaptó el mismísimo Hayao Miyazaki. Ambas películas tienen personajes adolescentes aquejados por una enfermedad que les obliga a mudarse al campo. Personajes que mantienen una relación con seres de otra existencia paralela, como los diminutos o los habitantes del viejo caserón. Pero siempre desde un punto de vista que pone el acento en la amistad, en el crecimiento personal y en un entorno natural que motiva esos encuentros. Son historias dirigidas a un público juvenil y adulto, aunque por su narración visual, tan colorista como dinámica, también pueden ser disfrutadas por el público infantil. Mientras que en aquella el tono genérico estaba más enfocado a la aventura, El recuerdo de Marnie propone un melodrama dotado de gran intensidad emocional, que logra mantener un equilibrio constante entre el romanticismo y los sentimientos, pero con la hazaña de no llegar a la cursilería en ningún caso. Un equilibrio que requiere el oficio de su director quien se descubrió ya como un buen discípulo de Miyazaki en su primer largometraje. Esto no fue solo a causa de seguir el ejemplo de su maestro, sino porque ya manejaba unos rasgos estilísticos que ahora lo convierten en un verdadero autor con su segundo film. Hiromasa Yonebayashi parte de la base de una novela juvenil que hubiera resultado un drama efectista y afectado en manos de muchos profesionales y, que quizás con imagen real no tendría la misma energía ni sensación de credibilidad que aportan los fotogramas animados. Su capacidad de implicación en la tragedia, tan contenida como similar a un melodrama, lo resuelve lanzándose sin red con sus herramientas más visibles. Estas son una paleta de colores y tonalidades pastel, con el atardecer y el firmamento nocturno como entorno expresivo. Una banda sonora musical que fluye junto a las secuencias con la misma pasión que Recuerdos de la Alhambra, composición de Francisco Tárrega que inspira la pieza que tararean y bailan las chicas protagonistas. Por encima de este tratamiento formal que supera el de muchos largometrajes recientes, el director japonés demuestra toda su capacidad para mantener la emoción e implicar al espectador en el cuidado con que rueda los detalles. Cualquier objeto tiene un significado anímico sumado a la intención descriptiva, por muy pequeño que sea. Buenas muestras serían la casa de muñecas en la que vivían Arrietty y los padres en su primer film. O en el caso de la producción actual, los apetecibles manjares que comen Anna y sus tíos, casi perceptibles con el olfato, gusto y tacto. Los animales domésticos, de enorme expresión gestual, que rodean a los humanos. O las subidas, las bajadas de la marea, el viento y los elementos naturales que crean placidez o inquietud según el caso.

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A El recuerdo de Marnie solo se le puede objetar cierta caída de ritmo en el último tercio, debido a un metraje que funciona mejor en la contemplación del mundo rural, el ambiente de misterio y el desarrollo de la amistad, que en los sucesos más trágicos. Pero supone una obra que confirma a un verdadero autor, un profesional de la animación que promete interesantes películas para los años futuros. Un cineasta que guarda más relación con autores británicos como Alexander Mackendrick o Jack Clayton, director de las excelentes A las nueve cada noche  y Suspense, dos largos con los que, por cierto,  tiene puntos en común en el tratamiento de un material destinado en origen al público juvenil. Un autor que recoge el aliento poético de su mentor, Miyazaki, para ponerlo al servicio del romanticismo animado.

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