Entrevistas: Patricio Guzmán

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Entrevistamos al director de El botón de nácar.

Tan cercano como parece, tan pausado y reflexivo como demuestra en las narraciones que hace en sus documentales, y a la vez tan vehemente, tan contundente en sus ideas como lo son las imágenes que acompañan a las historias de la barbarie de la dictadura de Pinochet a las que siempre vuelve para que no se olviden. Patricio Guzmán hace honor a aquello de la humildad de los grandes, se presenta ante nosotros con la sencillez de quien durante casi tres años rodó, casi sin saberlo, cómo el rumbo de la historia de Chile cambiaba ante sus ojos y lo plasmó en uno de los documentales más importantes de la historia, La batalla de Chile. Documental, por cierto, que a día de hoy sigue sin verse en los cines de su país. Ahora Guzmán vuelve a Madrid para presentar su último trabajo, El botón de nácar, e impartir el seminario DOCMA “El cine documental según Patricio Guzmán”.

El botón de nácar es la segunda de una trilogía comenzada con Nostalgia de la luz. Después de hablar sobre los casos de los desaparecidos durante la dictadura chilena a través de la relación entre el cosmos, el desierto y el agua, ¿por dónde irá esa tercera y última parte?

Patricio Guzmán: La tercera parte va a ser sobre la cordillera de Los Andes que en Chile tiene una extensión de poco más de unos 4.000 kilómetros. Quiero elegir dos o tres lugares para entrar en ella porque creo que dentro hay muchos secretos que guarda Chile. Me gusta el paisaje, por supuesto, los minerales que hay y sé que hay gente que vive allí pero no sé por qué viven allí. Hay como villorrios, ha habido exploradores que se han quedado allí y también hay mucho contrabando en ella. En el norte y en el sur hay gente que pasa radios, televisores y otras cosas cargados en mulas. Me interesa mucho eso y después también quiero ir a ver a la gente que vive a la sombra de la cordillera. Existe una precordillera que tiene muchos kilómetros donde la gente se esconde, aunque nadie dice que se escondan pero sí se están escondiendo.

– ¿De qué se esconden?

P. G.: Yo creo que Chile es un país muy tímido y muy alejado de todo. Es un pueblo tranquilo al que creo que le gustaría estar más solo de lo que ya está porque ama esa soledad. Hay turismo, hay cierto movimiento pero son minorías. El resto de la gente se queda ahí viviendo una vida muy tranquila.

El botón de nácar

El botón de nácar

– Pero sin embargo usted ha demostrado en sus documentales que la población chilena es muy fuerte. Hay una cosa que dice en el documental que se hizo sobre usted, Filmar obstinadamente, que es algo así como que “Chile va a acabar desapareciendo bajo el agua”. Hay quizá una especie de contraste entre la fragilidad orográfica de Chile y la fortaleza de sus gentes.

P. G.: Hay algo de eso, sí. El territorio es duro, llueve mucho en el sur y llueve con viento, no es una lluvia plácida. Sin embargo en el norte hace un calor aplastante, no puedes estar al sol todo el día porque te caes. Los obreros allí utilizan una cofia de tela blanca con la que parecen árabes. Yo creo que Chile es un pueblo sufrido porque le ha costado vivir en una tierra inhóspita, a excepción de la zona central que es agradable. Según los arqueólogos el océano va a subir tanto que va a cubrir el país, aunque eso no va a pasar en nuestra era pero uno ya tiene en la cabeza esa idea y a mí personalmente me inquieta mucho. Me preocupa porque además está la cordillera, es decir, tú no tienes un sitio para donde retirarte si sube el nivel del océano, la gente no puede vivir en el cerro.

– En Nostalgia de la luz la transición entre la poesía de la relación del cosmos con el desierto y la tragedia de los desaparecidos es muy suave, sin embargo en El botón de nácar surge casi de golpe, como un hachazo.

P. G.: Sí, porque en El botón de nácar hay dos tipos de muertos, los indígenas que murieron hace unos cien años y que al referirte a ellos, como están ya ausentes y no hay parientes inmediatos, es algo que se aleja solo. Lo que sí hay son fotografías que encontré en un museo alemán y que son extraordinarias, son esas fotos con las líneas dibujadas en los cuerpos que aparecen en la película, son mágicas y eso indica hasta qué punto esa gente era culta y refinada en sus ritos. Esas dos cosas atenúan la muerte misma, el cadáver, el cuerpo, los huesos…Pero en el caso de los desaparecidos en el mar se ve más de cerca lo que es la muerte, en primer lugar porque aparece primero una mujer que llegó a la playa, que se había desprendido del riel, y que tiene una cara muy trágica, con los ojos abiertos. En segundo lugar, hay un chico que me explica cómo lanzaban los cuerpos al mar y que es algo tremendo. ¿Cómo es posible que haya habido una industria de militares destinados con sus helicópteros a llevar esos cuerpos mar adentro? Es inconcebible. Es algo tan poco cristiano, y ellos lo son, que es grotesco, trágico.

– ¿Cree que de alguna manera el mal con el que se llega a hacer ese tipo de cosas es algo intrínseco en el ser humano?

P. G.: En algunos casos yo creo que sí. Hay personas que cambian, por supuesto, pero el estamento militar creó un departamento de choque, un departamento de terror donde los que lo integraban eran un grupo de cientos de enfermos mentales. Los demás se aprovecharon de ello para crear el terror, el constante pánico de que te van a llevar preso, te van a torturar y te van a matar. Los otros utilizaron a los “malos” y con ello lograron establecer un sistema a partir del mal.

El botón de nácar

El botón de nácar

– El periodo que transcurre desde el 11 de septiembre de 1973 hasta el 5 de octubre de 1988, es decir, desde el golpe de estado hasta el plebiscito en el que la dictadura de Pinochet llegó a su fin, no está presente en sus películas más allá de los testimonios de los presos. ¿Se plantea hacer un documental, o varios, sobre todo lo que ocurrió en ese periodo?

P. G.: Hice una película que no habla mucho de eso pero en la que algo también se muestra, que es sobre la Vicaría de la solidaridad (la película es En nombre de Dios), que dura casi dos horas y habla del trabajo que hacían los médicos, los psicólogos y los abogados de la Vicaría para defender a los presos. Esa es la única que hice durante aquel periodo, se hizo durante ocho años, y tal vez si hubiera tenido más dinero hubiera podido regresar pero no tuve esa posibilidad.

– Me refería más bien a un documental sobre todo lo que aconteció a nivel político y social tras el golpe de estado.

P. G.: Eso sería muy interesante, cómo no. El saber qué pasaba por ejemplo en las reuniones de gabinete, cuáles eran los planes, de qué se hablaba en torno a una mesa entre los Chicago boys con Pinochet y sus ministros. Eso tuvo que ser apasionante, la gestación y afirmación de un régimen brutalmente cruel solo para probar teorías económicas. Es grotesco. Hoy en día algunos ex miembros de los Chicago boys dan entrevistas sobre lo que pasó en Chile y hablan de que fue como un gran experimento, pero ese experimento estaba basado en la tortura de la mitad del país y de eso se olvidan. Para ellos fue un régimen para sacar al país de la miseria, pero a su vez estaban ellos mismos hundiendo al país en la miseria al matar a la gente o explotándola con salarios insignificantes. Todo eso duró mucho tiempo y sigue hoy en día en la gente de Chile. Hay alegría pero hay también una gran tristeza.

– Y mucho olvido.

P. G.: Claro, porque al final no te queda otra que olvidar. Si el olvido se regenera o se revive cuando se produce un fenómeno, cuando hay ceremonias, cuando se reparten premios o hay algún estímulo, la memoria pasa a ser algo de lo cual te sientes orgulloso. Es como en Alemania, los nazis crearon ese terror y los alemanes han hecho museos para que todo eso no se olvide nunca. Eso no lo hicieron los chilenos. Los gobiernos posteriores fueron tan mediocres que no fueron capaces de darse cuenta de que tenían delante un excelente ejemplo para hacer del país algo incorruptible. No lo hicieron, creyeron que no debían, digamos que la mayor parte de la gente que gobernó y tuvo responsabilidad es una izquierda que siempre ha tenido temor de la derecha. Es una pena porque por ejemplo ahora Michelle Bachelet no puede hacer lo que prometió que iba a hacer porque está metida en un lío económico.

Nostalgia de la luz

Nostalgia de la luz

– Precisamente hablando del nazismo, es curioso como todos estos regímenes totalitarios y crueles adoptan los mismos métodos: deshaciéndose de seres a los que consideran inferiores ya sea por raza o por ideología, o destruyendo o haciendo desaparecer obras de arte como también pasó en Chile.

P. G.: Parece que la barbarie tiene síntomas muy claros y que no se modifican porque siempre es igual. Lo de las obras de arte desaparecidas es otro escándalo. Han aparecido algunas telas grandes y algunos cuadros, pero son pocos. Los demás los deben tener los militares en su salón. Fueron ladrones, fueron criminales y eso hay que decirlo siempre que se pueda.

– Como hace usted con su trabajo, exponer al mundo estas cosas. Supongo que es algo que seguirá haciendo en el futuro.

P. G.: Mira, por una cuestión creativa personal me interesa mucho el tema. Me empezó a interesar después del golpe de estado de una manera más específica, pero ahí yo fui más funcional y poco a poco me he ido dando cuenta de que el dolor engendra un arte magnífico y lleno de alegría, aunque parezca una contradicción, porque a través del arte las cosas tienen una dimensión más amplia, una dimensión histórica, mayor. Eso es muy positivo cuando has perdido una batalla grande, cuando la derrota se ha impuesto no hay cosa mejor que valorizar lo que tenías, los valores que traías. Por eso voy a seguir haciendo el mismo tipo de cine hasta que me muera.

– En todos sus documentales hay una o varias escenas, un testimonio, una imagen que se clava, que golpea a quien lo está viendo o escuchando. Recuerdo ahora mismo en la primera parte de La batalla de Chile, que usted va entrevistando a varias personas que están en un atasco de circulación antes de las elecciones de marzo del 73, y pregunta a una pareja si no creen que la situación pueda desembocar en una guerra civil. Ella le contesta “no importa”. Eso es tremendo.

P. G.: Sí, y lo dice varias veces. Es como un estado de enajenación total. No sabe lo que es una guerra y mucho menos una guerra civil. Es un estado de deformación mental que se produjo en Chile contra Allende. La gente empezó a hacer cosas insólitas como esconder gas licuado en su casa, esconder 20 bombonas de gas en el garaje, mercadería de todo tipo, comprar toda la gasolina que pudieran y guardarla en botellas o incluso tirarla para que la gente no tuviera gasolina. El anticomunismo que los norteamericanos se dedicaron a predicar durante años era terrible. De nuestro lado, del lado socialista, había siempre mucha más calma y en el fondo lo pasábamos bien. Había un jolgorio y una alegría que era estupenda.

– ¿Usted era consciente en ese momento de que todo lo que estaba filmando iba a suponer una parte de la historia de su país muy importante?

P. G.: No. En el primer año no, pero en el segundo y el tercero sí. Desde mediados del segundo año hasta el golpe de estado. Durante la mitad de la filmación yo tuve miedo y durante la otra mitad yo estaba feliz. Pensé que podía haber un golpe de izquierda, que podía haber sido una división del ejército, que antes de que hubiera una guerra civil y si el ejército se dividía se podía negociar, que no se iban a lanzar a dispararse unos contra otros. Era una posibilidad interesante, pero un golpe de estado puro y duro como el que fue yo nunca me lo imaginé. Nunca pensé que un grupo iba a ser tan osado como para destruir 80 años de vida constitucional de un plumazo. Me pareció algo totalmente demente. ¡Kissinger tratando Chile como si fuera Panamá o Guatemala! No, en Chile había una constitución, una universidad, unas leyes, unos abogados, era un país culto. Pobre pero culto, con muchos elementos universitarios de alto nivel. Llegó a ser más pobre durante la dictadura.

La batalla de Chile

La batalla de Chile

– Y además con una conciencia de clase trabajadora muy marcada y muy potente.

P. G.: Una cultura de poder popular gigantesca. Yo era más bien del partido socialista pero los comunistas tenían una verdadera escuela proletaria en todo el país de educación, de educación cívica, de historia, primeros auxilios, medicina aplicada para casos de emergencia…Era un partido muy disciplinado y enorme.

– Pero usted siempre se ha declarado no militante de ningún partido.

P. G.: Sí, yo siempre fui independiente lo cual era muy conveniente para un cineasta porque si no tienes que seguir la línea que te marca el partido, y se te va todo el tiempo en eso en lugar de hacer tu película. Había en esa época varios cineastas del partido que hacían lo que el partido les decía. Hicieron películas buenas pero no mostraban todo lo que tenían que mostrar.

– También utiliza en algunos documentales material no filmado por usted que resulta muy interesante, como la visita que Margaret Thatcher le hizo a Pinochet en su arresto domiciliario en Londres en El caso Pinochet.

P. G.: Esa secuencia la filmó el corresponsal de un canal de televisión progre, que también se entrevistó con la señora y que es una entrevista que yo debía haber puesto en el documental porque la mujer se volvió completamente loca. No lo puse porque era tan caricaturesco que pensé que la gente podía pensar que se trataba de una sátira en lugar de una película que pretendía ser más rigurosa. Yo nunca filmé a Pinochet.

– ¿Porque usted no quiso o porque no se lo permitieron?

P. G.: Porque yo vivía en Francia y fui un montón de veces durante un año pero no podía estar en todo. Teníamos que haber estado viviendo allí y no teníamos recursos para hacerlo. En el momento en el que a Pinochet lo llevan a la cárcel a las afueras de Londres lo filmó otro equipo y yo les compré el material. Hubiera sido mejor que lo hiciera yo, claro, pero no se pudo.

– La mayoría de sus documentales desde La batalla de Chile utilizan mucho de lo que para éste se filmó, muchos testimonios, mucha documentación…con un estilo cercano al documental informativo. Pero de repente con Nostalgia de la luz, y ahora con El botón de nácar, su manera de narrar se vuelve más cinematográfica e incluso más poética, ¿por qué ese cambio?

P. G.: Hay una explicación. Mira, mi obra no es muy grande, si yo tuviera cien películas se hubiera notado mejor pero solo tengo 15. Lo que pasa es lo siguiente: cuando yo hice La cruz del sur estaba muy receptivo a todo lo que pasaba en torno mío y no solamente en torno a la religión, y después, cuando hubo que hacer Salvador Allende y El caso Pinochet que eran cosas tan concretas, me olvidé por completo de ese lenguaje y las hice de una manera más funcional. Y ya una vez que salí de eso quise hacer una película diferente, amplia, sin limitaciones, y eso coincidió también con una cuestión muy especial que es que a partir de ahí es mi mujer (Renate Sachse) la que produce. Con mi mujer produciendo yo me siento completamente libre. Antes, aunque tuve muy buenos amigos productores, siempre me sentía como una especie de papá que está cerca y al que hay que obedecer, ahora no. Ahora me siento mucho más tranquilo. Cuando ella sabe que estoy planificando algo me da todo el tiempo que necesito, ella busca el dinero. Es muy eficaz y también al mismo tiempo ella escribe, es una creadora no solo una persona de dinero, es decir se ha dedicado a buscar dinero para hacer mis películas, pero aparte de eso no hace más transacciones comerciales. Y además es psicoanalista que eso también ayuda.

– En estos días se cumple un año desde que El botón de nácar pasó por la Berlinale, donde ganó dos premios, y donde también triunfó otra película chilena, El club. También este año hay gran representación chilena. ¿Ese triunfo fuera de Chile también se aprecia allí?

P. G.: Mira, lo que le pasa a mis películas en Chile es lo mismo que le pasa a todas las películas de mis compañeros chilenos. Casi todos los cines son multisalas norteamericanas, o con capital muy grande norteamericano, y hay una sala dedicada al cine europeo o alguna película “extraña”. Entonces el público está completamente bailando en la cuerda del cine de animación o de pretensiones muy simples norteamericano, de tal manera que tenemos muy pocas salas que podemos usar. Son como unas diez salas en todo el país. Cuando hablas con Larraín y le preguntas cómo le va en Chile, bueno, le va un poco mejor que a mí pero le va mal. Sus películas se ven fuera pero no dentro porque no hay infraestructura, no tenemos una cinemateca potente. Se producen muchas películas y muy buenas pero no hay donde exhibirlas como por ejemplo en México, que sacó salas y películas a la vez.

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– Esta semana va a impartir un seminario sobre cine documental en Madrid, ¿cuál es su percepción del cine documental que se hace actualmente?¿qué tipo de documentales le interesan?

P. G.: Documental de calidad hay en todas partes, lo encuentras en una película siria, en una palestina o en una norteamericana. Hay un montón de personalidades buenas pero dispersas que solo se reúnen fugazmente en los festivales, y hay que enseñar ese tipo de cine. Para este seminario traigo unos ochenta ejemplos, de lo mío doy muy poco porque lo que quiero es transferir a los que no tienen esa experiencia lo que es el buen cine documental. Viendo lo bueno es como tú te despiertas a ello.

– ¿Y qué es para usted el buen cine documental?

P. G.: Bueno, está lleno de ejemplos. Un guión apasionante, un hecho apasionante, un personaje único, una revelación…todo eso es buena materia prima para un documental. Todas las ciencias están llenas de pequeños tesoros pero lo bonito es hacer las películas sobre todo eso sin que parezcan películas científicas, porque el problema es que el cine educativo es como un zapato que te viene estrecho. En el canal Arte francés por ejemplo, que es muy bueno, se emiten demasiadas películas sobre ecología, demasiadas películas científicas, etc. pero lo interesante es buscar temas diferentes, mezclar cosas y jugar con todas las materias y lenguajes. Eso es lo atractivo de una película. Mira la película de las señoras tomando el té (La once). Precioso tema pero a nadie se le había ocurrido.

– ¿Cree que algún día se podrá proyectar en las salas comerciales de Chile La batalla de Chile?

P. G.: Sí. Hay que esperar pero sí estoy seguro de que se va a proyectar.

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