Críticas: Zoolander No. 2

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Too sexy for this world.

No spoileamos si hablamos de esa primera escena de Zoolander No. 2 con la muerte de Justin Bieber (venga, si hasta en los anuncios que ponen por televisión se escucha el “¿Por qué mataste a Justin Bieber?”) que, para quienes disfrutaron (disfrutamos) vilmente con el tiroteo que sufría en CSI Miami y pedían más, supone toda una delicia asistir durante varios minutos a su agonía. Ojo, que todo hay que decirlo y el muchacho, aparte de morirse que da gusto, tiene el detalle de dedicar su último aliento (y su último selfie) a sus fans en Instagram. Con esta secuencia, que en su desarrollo parece formar parte de la próxima entrega de Misión Imposible culminada con un desenlace propio de Atrápalo como puedas, comienza 15 años después la continuación de ese placer culpable que durante todos estos años ha sido para muchos la parodia que del mundo de la alta costura hiciera Ben Stiller en Zoolander.

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Derek Zoolander, aka la definición de belleza masculina por excelencia, otrora rey de las pasarelas, poseedor absoluto de múltiples miradas capaces de expresar otras tantas sensaciones como la infalible Acero Azul o, por supuesto, la imponente mirada Magnum. Han pasado muchos años y han ocurrido muchas desgracias desde que le dejamos con su mujer y su hijo al cargo del “Centro Zoolander para niños que no saben leer bien y que quieren hacer otras cosas chachi”. Pero la mayor tragedia de todas es que Derek ha pasado de moda al igual que toda esa fauna de modistos inaccesibles, el botox y los diseños imposibles. Derek y Hansel asisten incrédulos al nuevo orden mundial de la moda plagado de hipsters y modelos andróginos, mientras esperpentos como Mugatu, Alexanya Atoz o Valentino tratan de acabar con esa maldita panda de mocosos que, además de ser guapos son cantantes como Justin Bieber y por ello más inteligentes que los modelos.

Todo en Zoolander No. 2 es exageradamente histriónico, hiperbólico, con un sentido de la autoparodia (propia y de todos y cada uno de los artistas invitados a esta fiesta) absolutamente brillante, lo cual confiere a esta segunda parte de la sátira sobre la moda su más destacada seña de identidad. Es cierto que el ingenio que tenía Zoolander se pierde en esta segunda parte a favor de un humor más centrado en todos los cameos que aparecen en la película, así como en más gags visuales que recuerdan a aquellas películas en las que en los años 80 los hermanos Zucker junto a Jim Abrahams llevaban el humor grueso a su máximo esplendor. Y la cuestión es que todo esto funciona. Funcionan los famosos riéndose de sí mismos, el mundo de la moda haciendo otro tanto y las parodias de otras películas como Indiana Jones y el templo maldito, El silencio de los corderos o toda la saga de James Bond.

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La ventaja que tiene pues Ben Stiller con una película en la que el guión a veces avanza a trompicones, es la de haber conseguido un festival del humor a base de autoflagelaciones con las que todos parecen disfrutar. Desde los propios Stiller, Wilson y Ferrel hasta la siempre hilarante Kristen Wiig o unos sorprendentemente divertidos Penélope Cruz y Justin Theroux, co guionista éste de la película. Esperemos que la dupla Stiller / Theroux siga ridiculizando el mundo de la gente guapa por mucho tiempo. Ya hay demasiados Zoolanders por el mundo ninguneando la belleza invisible.

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