Críticas: Deadpool

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Deadpool - portada

«Vamos a partirnos el ojete que da gusto».

En Deadpool existen dos películas atrapadas en el mismo cuerpo, como si una conformara el tejido —y el esqueleto— y la otra el superpoder mutante que desea salvar y regenerar y hacer inmortal al conjunto. Planteemos que desde esos créditos honestos, la jugada llega prácticamente una década después de productos como Shoot ‘Em Up – En el punto de mira, Arma fatal o Crank: Veneno en la sangre, con el mainstream arriesgando en la actualidad lo mínimo en superproducciones de género bajo la sombra y etiqueta de las «Rated R movies». Resacones y osos de peluche reanimados aparte, puede que ese díptico plegado sobre Infiltrados en clase e Infiltrados en la Universidad sea de lo poco que ha funcionado exprimiendo la buddy movie y el policíaco, reciclando la cinta al servicio de Masacre mecánicas ya divisadas y deglutidas previamente. Lejos de esa originalidad que muchos desean atribuir a la cinta de Tim Miller y en plena predominancia del estilo Sharknado (?), Deadpool va a disfrutar del éxito que no obtuvieron películas como Kick-Ass 2: Con Un Par o Mystery Men (Hombres misteriosos), aunque la apuesta aquí es sumamente irreverente con la autonconsciencia y el guiño al fandom por bandera. Al introducirse en ese organismo cinematográfico, cualquier espectador advierte que se trata de un replicante, siendo una reproducción de «esa historia trillada en la que no falta la chica secuestrada y la pelea final con el villano de rigor» con un armazón tan desgastado como recurrente. No obstante, Deadpool desea mutar y autoregenerarse gracias a ese poder que le permite romper la cuarta pared, que le confiere el don de ser esa cinta por y para fans de la metareferencia y el guiño socarrón de la cultura popular. Sobre esa modulación, el film de Tim Miller desea recrearse sobre su humor amparado en la violencia, sexo y todo lo que pueda ser políticamente incorrecto, sin dejar ningún tabú por explotarse y centrando sus más certeros dardos sobre el propio Ryan Reynolds y las franquicias de superhéroes.

Deadpool - Ryan Reynolds, Morena Baccarin

Tal vez una porción de los espectadores sientan las mismas emociones de aquellos a los que se les ha indigestado Angie Tribeca: no se sabe hasta qué punto la forma es excesiva o simplemente gratuita. Por el contrario, Deadpool juega perfectamente sus cartas sobre ese territorio un tanto inestable, asentando un conflicto clásico y funcional: el camino para convertirse en un superhéroe por alguien que reniega de serlo. Wade Wilson encaja en el perfil de un icono que fue (auto)desterrado por hacer cosas terribles pero que tampoco vive torturado sino que es contrariamente positivo en su forma de encarar los reversos existenciales por duros que sean. Simplemente desea alejarse del cliché rodeando el propio cliché, protagonizando una historia de amor con banda sonora de Wham! (y la exclamación NO es opcional) y modificando la estructura en su presentación para vender cierta novedad. Y en ese aspecto, la metareferencia encuentra los espacios donde se precipita el humor más ácido y socarrón en esos espacios en los que habita lo políticamente incorrecto, recreándose en los lugares comunes del subgénero que le permite acrecentar la eficacia de ese preciso y contundente dardo envenenado. La propuesta, por lo tanto, sobrevive gracias a que la vuelta de tuerca del personaje establece el tono correcto y satisfactorio. Wade debería ser el protagonista de un film de terror sobre el género fantástico reciclando La Bella y la Bestia y otros cuentos y fábulas populares, pero la consciencia del reverso del antihéroe le catapulta a vivir en sus despellejadas pieles una película romántica no demasiado alejada de la propia filmografía de Reynolds. Y, evidentemente, las dosis más algodonadas y pueriles han quedado sustituidas por sangre, violencia y desmembramientos. El concepto un tanto infantil e intrascendente realmente es la perdición de Deadpool o, lo que es lo mismo, la fecha de caducidad de todo hype. Pero incluso en su discurso y forma queda constancia de ese poder para destacar, como si el cuerpo del antihéroe fuera la más idónea metáfora y reflejo del propio espíritu de la cinta. Hace falta un buen disfraz y que el enemigo (y los espectadores más reticentes) no vean la sangre para lanzarse cual escualo sobre su presa. Aquí importa el guiño y la broma, la hipérbole sobre el cameo, el metalenguaje y el empacho de easter eggs, como si la cinta de Tim Miller fuera el chiste que necesitara el subgénero para saber reírse de sí mismo desacreditando la fórmula de engendros cinematográficos como Superhero Movie de Craig Mazin. Al fin y al cabo, lo que necesitaba el público en la actual sobredosis de superhéroes en la pequeña y gran pantalla era amor (y «hamor»). Y la honestidad brutal de Wade Wilson nos lo va a dar entre un «careless whisper» por partida doble. O incluso triple.

Deadpool - critica Masacre

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