Críticas: Anomalisa

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La cara oculta del iceberg.

No existe un libro de instrucciones para hacer frente a la deriva emocional cotidiana. Tampoco a la desorientación que ocasiona un aterrizaje después de un largo vuelo, ni la confusión con la megafonía que apenas sirve para cubrir el manto de voces de los demás pasajeros. No hay llaves que ayuden a entrar en la habitación de un hotel o señales que indiquen una ruta por las calles de una ciudad desconocida y noctámbula. Solo queda el espejo empañado tras la ducha, ese acto de buscar la propia imagen reflejada, frotando en círculos el azogue con la urgencia de poder encontrarnos, raspando la humedad hasta lograr reconocer las propias facciones de nuestras caras.

Charlie Kaufman construye esta experiencia con la paciencia de un artesano, ayudado por el oficio de Duke Johnson, su codirector en este juego de títeres tan humanos. La pantalla de cine se sacude los versos que no caben en una poesía, las viñetas que se escapan de un comic y los acordes que se tararean de aquellos viejos éxitos de la radio. Porque las imágenes que esboza Anomalisa son tan borrosas, tan difuminadas por momentos, que se esfuman en los cortes de plano como si fueran un cambio de estrofa, un estribillo que cambia de ritmo sin rima ni reglas. Igual que ocurría en Synecdoche, New York, la poesía respira desde cualquier encuadre hasta los diálogos más cotidianos, dotada con la libertad de un guión que desata sus marionetas para que puedan vampirizar al espectador con toda la mentira que componen cada veinticuatro fotogramas por segundo.

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En su primer film la profunda tristeza del escenario esclavizaba al director teatral que interpretaba Philip Seymour Hoffman, quien a su vez sometía de manera egoísta a todos sus seres queridos, actores y colaboradores. En Anomalisa solo sufre Michael Stone, el auténtico, el mejor, el insuperable autor del libro de autoayuda y atención al cliente que todo el mundo ha leído. Un personaje que necesita abducir a las demás personas y conducirlas a su mediocre y engañosa realidad de triunfador, mientras sus admiradores y espectadores podemos reír al unísono con su terror filosófico, un laberinto mental demasiado parecido al de cualquiera. Así de abrupto es el precipicio donde terminan las carcajadas.

No sabemos si los androides siguen soñando con ovejas eléctricas pero realizadores como Spike Jonze, Michael Gondry y George Clooney quizás sueñan con volver a rodar un guión de Charlie Kaufman, porque juntos hicieron algunos de sus mejores trabajos. No importa que el autor adapte ahora una obra radiofónica escrita por Francis Fregoli, un pseudónimo que ni siquiera le sirve para esconderse de sí mismo. Tampoco que triture la arquitectura poblada por largos pasillos acechantes del hotel Earle en Barton Fink, junto al espíritu que captura de Franz Kafka, aunque ya estuviera contenido todo en Vampyr de Carl Theodor Dreyer. Cuadros sumados a esos diálogos disparados como si se los dictara David Mamet con los personajes trasplantados desde cualquier cuento de Raymond Carver. Tal vez porque Kaufman también sueña con todos estos referentes y sabe manejarlos como engranajes narrativos, no como caprichos ni guiños que agraden solamente a unos pocos iniciados.

David Thewlis voices Michael Stone in the animated stop-motion film, ANOMALISA

El cineasta supera cualquier esquema establecido y consigue un film de animación con muñecos de látex que debería ser de visión obligatoria en las escuelas de arte dramático para estudiar la fuerza de la gestualidad, las expresiones, la modulación de la voz y el movimiento de las personas. Además rompe con la regla no escrita -pero en ocasiones aceptada- de que los protagonistas animados tengan que parecerse físicamente a los actores que los doblan. Logra una historia que por su fuerza visual y puesta en escena podría convertirse en una novela gráfica. Que por su ritmo y pasión se disfruta igual que un disco conceptual de los años setenta. Y por encima de todo es una película que termina en sí misma, sin doblegarse, que no necesita más pistas ni referencias. Un poema de resistencia que conserva el hielo flotante sobre la superficie antes de que se derrita y empape de sueños edulcorados el horizonte. Antes de que el vértigo desaparezca.

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