Críticas: Los odiosos ocho (II)

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Declaración de amor-odio a Quentin Tarantino.

Nota 1: Esto no es una crítica, es una carta de amor, lo que implica una subjetividad y fanatismo susceptible de no ser compartido por los lectores.

Nota 2: El lenguaje utilizado puede resultar ofensivo como los diálogos del homenajeado. A quien no le guste que no lo lea.

Nota 3: Puede contener spoilers de Los odiosos ocho.

Después de darle muchas vueltas he decidido no hacer una crítica o una reseña de Los odiosos ocho porque todo lo que hay que decir sobre ella ya se ha dicho. De hecho, mi compañero Maldito Bastardo lo ha dicho todo, y mejor que nadie, en este textazo imposible de superar y ante el cual solo puedo quitarme el sombrero como querría Minnie al entrar en su mercería. No obstante, mi condición de fangirl del tito Quentin me obliga a escribirle unas palabras de amor (u odio) para agradecerle que sea capaz de plasmar en una pantalla de cine todo el amor que, tanto él como el resto de cinéfilos del planeta, profesamos al séptimo arte.

Iba a empezar esta declaración de amor con un Querido Dios pero, aunque nunca he tenido muy claro cuál de los dos es más cabrón, creo que es más apropiado llamarte Querido Diablo. Dios es amor, dicen, pero cuando su percepción del amor no es la misma que la que uno tiene, Dios se cabrea y te castiga. Sin más. Porque puede. En cambio el Diablo no castiga a nadie, no obliga a nadie a hacer nada que no quiera hacer. Engaña con su labia, con su manera sibilina de hacer las cosas, te enreda para que sientas la necesidad de hacer lo que quiere que hagas aunque luego te retuerzas de remordimientos.

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Y eso es lo que haces tú, queridísimo Quentin. Te las apañas para engañarnos hasta que sales del cine y sueltas un “¡Joder, ya me la ha vuelto a colar este mamón! Ya me he dejado engañar por él otra vez, ya me he vuelto a descojonar con diálogos hirientes, con una violencia extrema ante la cual he tenido que girar la cara, con giros inesperados y con unos  ralentíes what the fuck? Y, ¡me cago en Dios! (en el Diablo más bien), me ha vuelto a dejar flipada.” ¿Y por qué? Porque como Él (el Diablo) no te limitas a engañar sin más. Entretejes una tela de araña plagada de trampas muy bien montadas, empezando desde la presentación como tu octava película – perdona bonito, pero sin contar los trabajos de codirector en Sin city o el episodio de Four rooms, has dirigido con éste diez largometrajes –, o el mismísimo título de la película y el poster que nos dirige a pensar en esas ocho personas cuando en todo momento estamos viendo al menos a un odioso más.

Recurres para captar nuestra atención a las técnicas que empleas siempre y que tan buenos resultados te dan para seguir captando adeptos. Pero esta vez no te basta con escribir diálogos que, tras una aparente frivolidad, esconden disertaciones tan potentes como las de la concepción de la justicia verdadera o todo el odio generado antes, durante y tras la guerra de secesión americana. Tampoco te satisface volver a hacer un cameo aunque solo sea como narrador, tener a un reparto por el que no sabría por donde empezar a lanzar flores – igual me quedo con que hayas recuperado a una de mis “ídolas”, Jennifer Jason Leigh –, o con que acudas de nuevo a tus referentes cinematográficos de siempre. No, esta vez además de disfrazar de western un thriller al más puro estilo Agatha Christie mezclado con el slasher, te homenajeas a ti mismo. Esas escenas repetidas en fuera de campo o esa carta de Abraham Lincoln iluminada al más puro estilo maletín de Pulp Fiction; esos “duelos” a varias bandas cual Reservoir dogs, o ese Tim Roth que hace lo que se le ponga por delante aunque sea hacer del mismísimo Christoph Waltz en Django desencadenado, son algunas de las muestras de que tú ya eres un icono en ti mismo. Ya no necesitas tomar prestado nada de nadie, te basta y te sobra con tu propio trabajo – repleto de “refritos” de otros, no lo niegues – para ser uno de los cineastas más importantes de la historia. ¡Eres el puto amo y lo sabes! Y vas encima y ruedas Los odiosos ocho en 70 mm haciendo que la mitad del planeta no pueda disfrutarla en condiciones, dejando que solo podamos intuir desde la butaca donde se proyecta en un formato distinto la grandeza de esos planos exteriores, de esa profundidad de campo en el interior, que se podrá apreciar vista desde un proyector de 70 mm. Puto genio.

Director Quentin Tarantino on the set of THE HATEFUL EIGHT

Y por si fuera poco, persuades con tu labia a ese genio llamado Ennio Morricone para que se olvide del monumental cabreo que le provocaste con Django desencadenado y te componga una banda sonora original digna de formar parte del Olimpo de las partituras cinematográficas. No firma Morricone una melodía que remita al spaguetti western, encima, sino que crea una atmósfera de suspense y misterio que va in crescendo, al mismo tiempo que se recrea en la nostalgia de un cine épico y a la vez cargado de sentimentalismo al que, una vez más, homenajéas al final en la escena más troll que has parido nunca. Una banda sonora en la cual, por cierto, incluyes un diálogo maravilloso que no está incluido en el montaje final de la película, cabrón.

Por todo esto, tito Quentin, te adoro aunque debería odiarte. Por esto, maldito bastardo, espero que nos hayas vuelto a engañar y no te retires tras tu décima (a saber qué número hará) película. Por todo esto, querido Diablo, espero no morirme sin que algún día me concedas tan solo un minuto de tu tiempo, aunque probablemente no me salgan las palabras ante ti.

Postdata para el lector: prometo no volver a sacar mi lado fangirl por lo menos hasta que este pedazo de cabrón vuelva a hacer otra película. O hasta que Jeff Nichols estrene la suya.

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