Críticas: El gran museo

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Insectos reales.

Das große Museum (El gran museo) ha tenido la mala fortuna de coincidir, en tema, año, forma y pretensiones con la monumental y exquisita National Gallery, de Frederick Wiseman. Ambas obras bucean en la intra-historia profesional de los habitantes de dos de las grandes instituciones museísticas de Europa: la  National Gallery londinense y el Kunsthistorisches Museum vienés. Dos películas, dos templos del Arte, dos imperios. Pero, como experiencia cinematográfica, Wiseman le gana, de largo, la partida a Johannes Holzhausen.

El director austriaco mima los encuadres, la iluminación; quiere ser, en lo posible, neutro en su manera de mirar. No es invasivo, no interviene; prefiere que las personas, los objetos y el lugar, hablen por sí mismos. No utiliza recursos musicales. Nos lleva de una sala a otra, nos deja ver lo que desea que veamos. Cuida el pulso y el sonido sobre un fondo, muy logrado, de silencio. Un pico que golpea, el empapelado que se rasga, el patinete que levemente se desliza, la cháchara insustancial de los burócratas, el chirrido de la grúa en pos de las polillas, la eufonía muda del pincel de los restauradores.

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Los jerarcas del museo buscan el tópico equilibrio entre tradición y modernidad, marketing y arte, excelencia y escasez de presupuesto. Quizás el énfasis en esta última cuestión sea excesivo –reuniones, caras tensas, incluso una subasta en la que los representantes del museo ni siquiera logran adquirir la modesta pieza codiciada–. Holzhausen rodó la película durante una larga temporada que se prolongó desde 2012 hasta principios de 2013, procurando que los trabajadores del museo se acostumbraran a la presencia de las cámaras. Sin embargo, creo percibir, las más de las veces, que se sienten observados y cohibidos. Esa ‘Scheiße’ (mierda, con perdón, en alemán), susurrada repetidas veces por el restaurador del barco; ese aceptarlo todo en las reuniones con aparente buen talante y sonrisa de cera; esa mudez casi extraterrestre de los operarios, esa sensación de rigidez permanente que percibo en todos ellos impide, en mi opinión, generar el clima de intimidad profesional que una película como ésta requería. No deja de ser revelador que la persona-personaje más expresiva sea un extranjero: Neil MacGregor, director del  British Museum. Tiene cierta guasa que quien se muestre más genuinamente entusiasmado en esta cinta sea un escocés. Considero, y no es una boutade, que las obras de arte aguantan bastante mejor el tipo ante las cámaras que los humanos de esta galería. O quizás sea sólo una cuestión de caracteres.

La película es correcta; es obvio que Johannes Holzhausen ama y valora lo que filma. Pero o bien la selección de los momentos es poco afortunada o bien los individuos filmados no daban más de sí. Son interesantes y curiosas las rutinas de orden y limpieza del museo, así como el contraste entre los cuadros y antigüedades y la tecnología. Destacan, además, algunos instantes de excepción: Christian Beaufort-Spontin, uno de los directivos, se jubila y, cuando tiene que hablar, no sabe qué decir (qué diferencia entre la sencilla selección de viandas apretujadas al borde de una mesa y la fastuosa puesta en escena del cóctel de la inauguración; y qué bien medida la distancia –plano medio y cercano vs. plano casi cenital– por Holzhausen); la lámpara de diseño emergiendo del papel rosa de burbujas, como un monstruo marino de imposible geometría; la sucesión final de preciosos travellings sobre las obras de arte, en el almacén (torsos dormidos aguardando turno para ser expuestos) y luego en las salas de exposición; y un toque de ironía magistral: el cazador de polillas observa un bichito muerto con el microscopio; como en contraplano, se nos ofrece el rostro de María Teresa de Austria, con sus mejillas sonrosadas y su mirada azul, tan viva. Un mosquito muerto frente a la poderosa emperatriz fijada en la pintura. Cómo no pensar que los insectos, que devoran cuadros, vigas y palacios, son los enemigos naturales de la realeza.

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¿Y el arte? A pesar del lugar, el arte apenas brilla. Se mencionan sólo algunos nombres de pasada –Brueghel, Cellini, Rubens– pero las conversaciones carecen de profundidad. Los trabajadores llevan guantes para no dañar las obras. Guantes de látex. Y ese látex es lo que yo noto entre la cinta y el espectador.

¿Cómo decirlo sin ambages? La música de los créditos es una variación sobre el archiconocido Canon de Pachelbel. Y la ha compuesto Brian Eno, el ex de Roxy Music; ya me entienden.

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