Críticas: Eisenstein en Guanajuato

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Eisenstein en Guanajuato - Cinema ad hoc

Brokeback Eisenstein.

Peter Greenaway es un director que ha sufrido una trayectoria comercial complicada fuera de los festivales de cine, revisiones en filmotecas y retrospectivas en museos. Aunque su mejor etapa comercial la tuvo en las salas de cine españolas en versión original subtitulada, durante los años ochenta y parte de los noventa, en los últimos veinte años no han ido juntas su larga filmografía y la errática distribución comercial de sus films. En el año 1989 llegaba El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, quizás su obra más conocida, polémica y taquillera. Sus rasgos formales eran el trabajo impecable del equipo técnico y artístico, reflejado en los encuadres pictóricos, muchos de ellos basados en obras maestras del arte; la expresividad del color en todas sus gamas; un elenco de actores entregados a sus papeles, desde el histrionismo o desde la contención; y mucho humor negro. En el otro peso de la balanza todo estaba descompensado por una mirada fría hacia la historia narrada y sus personajes, que producía un desapego en el espectador, conjuntado con la música matemática de Michael Nyman.

Eisenstein en Guanajuato (2) - Cinema ad hoc

Las señas de autor que demostraba entonces aún continúan, unos veintisiete años más tarde, con Eisenstein en Guanajuato, aunque ya sin la ayuda del mencionado compositor británico ni del fallecido director de fotografía Sacha Vierny. Al operador lo sustituye desde el año 1999 hasta ahora Reinier van Brummelen, un profesional clave en la concepción visual de Greenaway, con una multitud de composiciones en formato multipantalla, unidas a planos secuencia en los que la cámara se desplaza de manera prodigiosa siguiendo a los personajes en movimientos circulares, además de composiciones que sirven de homenaje a encuadres del cine de Sergei M. Eisenstein y de algunos pintores contemporáneos al cineasta ruso.

El realizador galés escribe y dirige una comedia romántica tal y como solo puede hacerla él. Por supuesto más volcánica que romántica y con más irreverencia que elegancia, con un ritmo, estilo directo y humor que podrían hacer las delicias de comediantes como los Monty Python, Muchachada Nui, Faemino y Cansado o Les Luthiers, Peter Greenaway fabula sobre la estancia en México del gran Eisenstein para rodar su incompleta ¡Qué viva México!, dejando de lado el subgénero dramático del cine dentro del cine, que se le queda corto para contar la peripecia vital del cineasta ruso y sus amores en tierras aztecas, con un ritmo tan desmedido como el que usaba Ken Russell y algunas referencias a films de éste como puede ser Mujeres enamoradas. Se añade la estrecha e intensa cooperación del visceral Elmer Bäck y del muy convincente Luis Alberti, actores que interpretan a Eisenstein y su querido Palomino Cañedo respectivamente.

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La ventaja actual es que el realizador inglés dota de mayor emoción a los personajes y sus relaciones, frente a la frialdad que tenían los protagonistas en otros films anteriores. A pesar de acercarse a la caricatura y de que domine la hipérbole como herramientas de la historia que nos cuenta, Greenaway dota de una textura cinematográfica, prácticamente de celuloide en contraste con nuestra monótona era digital, de fuerza visual evidente, expresiva, desproporcionada para un largometraje imperfecto y con más aspecto de capricho que de encargo. Una propuesta fuera de cualquier corriente o moda.

Próximo a cumplir los setenta y cinco años, una edad en las que maestros como David Lean y Billy Wilder ya estaban jubilados por las compañías de seguros, Peter Greenaway logra una película enérgica que le proporcionará tantos admiradores como enemigos -entre ellos el gobierno de Putin-. Pero no lo domesticará, visto lo visto. Un largometraje que toma la máxima del “sexo, drogas y rock ‘n’ roll” y la sustituye por “sexo, tequila y rancheras”.

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