Críticas: Un día vi 10.000 elefantes

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Memoria, vida y leyenda.

El eco de la banda sonora compuesta por Benjamin Fert resuena incluso horas y días después de ver este film. El trabajo del músico es una partitura dramática que en algunas secuencias resulta sosegada y en otras inquietante, con la percusión omnipresente como un sonido ancestral y enraizado en la geografía emocional de Guinea Ecuatorial, un estado africano colonizado durante más de cuarenta años por los españoles. Un rumor de tambores que se escucha lejano al principio y sube de volumen hasta cubrir el ritmo de los sintetizadores. Un vestigio que remueve el presente. Quizás sea esta la sensación que aporta Un día vi 10.000 elefantes, ópera prima en el largometraje codirigida por Alex Guimerà y Juan Pajares, una obra tan inclasificable que casi puede abordarse desde lo que no es y lo que sí parece ser.

Porque esta producción no es un documental, aunque esté elaborada en base a la documentación que aporta un gran archivo de fotografías y cortometrajes, imágenes registradas durante varias expediciones en los años cuarenta del pasado siglo en Guinea Ecuatorial, entonces una colonia española. Allí Manuel Hernández Sanjuán y su equipo de rodaje realizaron decenas de cortos documentales, reportajes étnicos acerca de una civilización tan hospitalaria con el colono, como hermética a la intromisión cultural que suponían los forasteros para los colonizados.

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Tampoco es una película de aventuras animada exclusivamente, a pesar de estar construida en casi todo su metraje con secuencias que abarcan todas las técnicas de animación posibles, desde la manual, con papiroflexia. O primitiva, grabada fotograma a fotograma. Unidas a ilustraciones junto a comics en 2D y 3D, con la intervención decisiva del dibujante Dulk. Además del uso de la caligrafía de Ricardo Rousselot como parte muy expresiva e importante dentro del film y en su material promocional. Todos los procesos de animación son usados con efectos estroboscópicos dominantes que dotan al conjunto visual de una irrealidad que amplía la ilusión del relato.

No es la adaptación de un libro existente sino que parte de una idea original de Pere Ortín, reportero y documentalista con amplia experiencia en naturaleza y medio ambiente desde sus trabajos televisivos en El escarabajo verde, reforzada por la interpretación de un relato escrito -y no publicado- por Juan Tomás Ávila Laurel. Del periodista se aprecia una reivindicación del respeto por el medio natural y las costumbres de la población guineana. Del escritor, proveniente de aquel país, se intuye el tono fabuloso que transpira la narración contada por Angono Mba, el guía porteador y superviviente de aquellas expediciones por tierras africanas.

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Alex Guimerà y Juan Pajares trabajan con una opción, tan rica como enigmática, que no pretende despejar las dudas que nos plantea el octogenario protagonista, sujeto entrevistado y narrador al mismo tiempo, sino que tratan de contar lo que sucedió en aquella expedición, tejiendo el tapiz con los mismos nudos que atan los recuerdos. Es una opción arriesgada, agradecida, pero con el inconveniente de oscurecer un poco más ese acercamiento al colonialismo y al expolio realizado a los recursos naturales allí. Un acierto en este caso es que la voz en off de Angono sea la de otra persona mucho más joven, de unos treinta años, logrando de este modo que la voz del personaje tenga casi la misma edad que tenía en la época que memoriza y relata, un recurso que al principio crea extrañeza y luego se adapta al tono fantasmal.

El largometraje presenta un equilibrio difícil entre varias fuerzas creativas del equipo técnico y artístico, a las que se suma la de Chojín con un buen rap de título idéntico al film, una canción que quiebra la focalización de la historia en Guinea -desde la selva- y regresa hasta el entorno urbano barcelonés. Tal vez en estas secuencias es cuando el metraje se demora más hacia su conclusión, factor que juega en contra del interés despertado con anterioridad. Sin embargo, el uso de una animación artesana domina esta última parte, con referencias visuales a estilos de animadores europeos dispares como son Raoul Servais y Zbigniew Rybczynski, en un punto del film en el que todo se asemeja más a un largo de ficción, aunque planificado con una estética parecida a la de los videoclips musicales y la publicidad, estilo que resta fuerza a una primera mitad visual, más cercana al videoarte y lenguajes marginales, que resultaba más ensoñadora y dramática.

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Por estas razones aumenta la confusión temática y genérica con la que juegan sus autores en Un día vi 10.000 elefantes, una obra que escoge una aproximación laberíntica al colonialismo español en Guinea, incluso con una crítica sutil a la esclavitud. Una visión resguardada por complejos pasadizos enmarañados, gracias a las sólidas ramas de los árboles que protegen ese paisaje, un lugar tan legendario como buscado por cineastas españoles y guías nativos guineanos. Ese sitio único desde el que se pueden observar diez mil elefantes.

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