Críticas: Techo y comida

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La evidencia del drama.

Demagogia:

  1. Práctica política consistente en ganarse con halagos el favor popular
  2. Degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder.
  3. Manipulación deliberada para ganarse a alguien.

Quedémonos con esta última definición. Con una que no se refiere exclusivamente a la clase política sino a todo aquel que manipula descaradamente la imagen y el discurso de sus palabras, o de su guion en este caso, para potenciar un dolor, una empatía con aquello que se está mostrando en la pantalla y, sobre todo, un sentimiento de culpabilidad para todo aquel que no sea capaz de compartir ese dolor y sea tan egoísta como para pensar en su propio disfrute.

El último plano de Techo y comida es un ataque directo a la conciencia de cualquier ciudadano que trata de olvidar sus penas, quizá similares a las que tiene la protagonista, con algo de evasión lúdica como en este caso es el fútbol. Un “hay gente a la que echan de sus casas y vosotros ahí jaleando a la selección” en toda la cara; un comentario de esos que aparecen por las redes sociales haciendo alarde de superioridad moral, subrayado además con un cartel con el que nos recuerda las miles de personas que se han quedado sin hogar por culpa del rescate a los bancos.

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Son sentimientos encontrados los que produce una película como Techo y comida. Ante la, tan repetida, necesidad de realizar una película en la que se ponga de manifiesto el día a día de miles de españoles víctimas de la crisis, el primer largometraje de Juan Miguel del Castillo cumple de sobra con la denuncia social que pretende conseguir. Sustentada en la poderosa actuación de Natalia de Molina, Techo y comida va más allá del caso individual de una madre soltera que tiene que salir adelante para dar de comer a su hijo; más allá de sus esfuerzos por mantener trabajos precarios a costa de perder toda dignidad como trabajadora, de dejar de comer para que sea él quien se lleve a la boca lo poco que pueda conseguir, de mendigar o incluso robar para poder subsistir. Del Castillo amplía la mirada hacia otros frentes sacudidos por la crisis sin tratar de culpabilizar, de entrada, a otros sectores como los pequeños y medianos empresarios o los funcionarios. 

Con alguna que otra salida de tono con la que, más que reflejar la realidad parece parodiar, el director se acuerda también de observar la ruina que para un casero supone no cobrar el alquiler de su piso, la que para un autónomo supone que la persona que trabaja para él no sea capaz de cumplir o la imposibilidad de ser tratado como algo más que un número para una funcionaria presionada por la sobrecarga de trabajo a la que está sometida debido a los recortes presupuestarios. Acercándose en algunos momentos a la docurrealidad, la película transita entre la frialdad, la objetividad documental, con la que plantea las dificultades por las que pasa la protagonista para encontrar un sustento, con escenas en las que el desgarro emocional se perfila como un melodrama excesivo.

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Por eso el hecho de que, a medida que avanza la película y sobre todo en su tramo final, la denuncia colectiva de todos los afectados por la situación del país se torne en una manipulación emocional tan descaradamente carente de sutilidad y se aleje tanto de su premisa inicial, no sólo no consigue que sintamos esa desgracia como algo latente entre los ciudadanos sino que se acaba convirtiendo en un panfleto más. Ya sabemos que el “pan y circo” sigue vigente en pleno siglo XXI, que cada vez incluso hay más circo y menos pan y que aún así seguirá habiendo gente que jalee a pesar de no tener para comer. Pero Techo y comida no es un mitin, es una película de ficción (sí, de acuerdo, sobre una realidad visible) a la que deberíamos exigir que no trate de condicionarnos más de lo que lo hace esa clase política que nos ha llevado a esta triste realidad.

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