Críticas: La novia

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Y me arrastra y sé que me ahogo, pero voy detrás.

[…] y me hubiera arrastrado siempre, siempre, siempre, siempre, […]

Un cuerpo ensangrentado en mitad de la nada; la imagen de la tragedia que precede a las de la espera. Estancias vacías, paisajes inmensos. Silencio. A lo lejos aparece la novia teñida de la sangre que otros han derramado por ella. Por la pasión por la que, ante la madre de su novio, confiesa haber sido arrastrada y que ha causado la mayor de las desgracias. He venido para que me mate, pronuncia la novia. ¿Qué me importa a mí tu muerte?, contesta la madre. La tragedia ha ocurrido y ya solo hay tiempo para mirar hacia atrás y narrar los acontecimientos que han llevado hasta ella.

Según cuentan que comentaba el propio Federico García Lorca sobre su obra, su pretensión al escribir Bodas de sangre iba más allá de lograr una tragedia arraigada en tierras andaluzas. El poeta buscaba con ella contar una historia de dimensiones universales, que superara cualquier limitación localista aun estando ambientada en Guadix. Ciertamente, una obra en la que la pasión domina por completo la historia, es susceptible de ser adaptada libremente y adoptar un carácter universal a todos los niveles. La versión que la Paula Ortiz hace de la tragedia de Lorca está muy cerca del espíritu de universalidad con la que fue concebida por el poeta.

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La directora saca a su novia de las tierras áridas y primitivas de la comarca accitana y la sitúa en un espacio indeterminado; de las cuevas de Guadix a las formadas en los paisajes lunares de la Capadocia; de la comarca accitana al desierto de Los Monegros. Paisajes todos ellos que son fiel reflejo de una tierra, de un alma, primitiva, árida y sujeta a los designios primigenios del honor; escenarios perfectos para un triángulo pasional como el de La novia.

En un contexto también atemporal, Ortiz altera la estructura que García Lorca utilizó en Bodas de sangre, comenzando la historia por el final. Alejándose así de raíz de la teatralidad de la obra, pero sin renunciar a ella en tanto en cuanto extrae la mayor parte de los poemas y los diálogos de aquella para ponerlos en boca de sus protagonistas. Donde Carlos Saura utilizaba solamente el movimiento de los cuerpos para recrear la poesía lorquiana, Paula Ortiz crea con La novia una unión espectacular entre el lenguaje cinematográfico más creativo y el texto original de Lorca. Su poesía hecha imágenes. Los versos que componen Bodas de sangre y los símbolos que utiliza para expresar la pasión: la luna, los cristales, la tierra y la sangre,  cobran vida por medio de la apabullante fotografía de Migue Amodeo, que se aproxima con ella al trabajo que ya realizara con la directora en De tu ventana a la mía, más concretamente al reflejo de la fragilidad de la historia con Leticia Dolera y de la aridez de la que tenía como protagonista a Maribel Verdú.

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La novia es esa crónica de una tragedia anunciada hecha poesía, es la pasión hecha película, la constatación de un estilo propio, el de Paula Ortiz, al servicio de la obra de uno de los escritores más grandes que ha dado la literatura de este país. Como Bodas de sangre, La novia es verso, música, amor, dolor y sangre, adornada con la alegoría que emana de sus imágenes. Una experiencia sensorial que funciona precisamente por la estilización de los elementos que Ortiz añade a la obra para embellecerla aun más de lo que ya era.

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