Críticas: El desafío (The Walk)

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El desafío (The Walk) - Joseph Gordon-Levitt

Las zanahorias están cocidas.

Imaginemos que el cine es un delgado e imperceptible cable que une dos grandes e inalcanzables torres. Soñemos con atravesarlo, prácticamente descalzos y desnudos, sin importar que nuestros pies se envuelvan en dolor y sangre, dejando que la sensación de aventurarse en el vacío se apodere de nosotros. Una poderosa voz no para de repetirnos que no miremos hacia abajo, que hacerlo nos puede costar nuestra propia vida… pero finalmente decidimos inclinarnos ante el abismo que nos rodea. Robert Zemeckis hace equilibrios para homenajear la pérdida de las Torres Gemelas del World Trade Center y, al mismo tiempo, dotar de sentido a la recreación del sueño de Philippe Petit. Ese discurso sobre cómo lo inabarcable —y supuestamente inaccesible— es alcanzado ya estaba subyacente en el premiado y reputado documental de James Marsh. El director de Náufrago desea retratar el vacío, burlándose de lo imposible e impuesto, para que el espectador mire directamente a los ojos de la inmensidad, del vertiginoso efecto del cine y su capacidad para estremecernos. Por el contrario, El desafío (The Walk) no produce los efectos deseados por un cineasta que también se vio sometido a realizar un aterrizaje de emergencia, vía contraproducente moralina en su tercer acto, en El vuelo (Flight). En esta cinta es la forma lo que quiebra el discurso, aquello que lo imposibilita, que delimita claramente el camino de la audiencia, que siente que ese cable que se encuentra sosteniéndolo sobre sus pies se hace cada vez más grueso y visible. En toda esa ‘dramatización’ era evidente que se iba a imponer tanto el tono de comedia así como un arco argumental que estableciera esa parcela y planificación de un gran golpe. Ese ‘asalto’ a los cielos revela las múltiples deficiencias de una cinta atrapada en un formato un tanto clásico y, al mismo tiempo, contraproducente con el discurso de libertad de la obra, como si ese crimen artístico del Siglo XX caminara constantemente con un cable de seguridad, quitando todo significado a la esencia del film. Mientras el fondo es interesante, la forma se pierde en un catálogo de lugares comunes que se diluyen en el vacío. Ni la manoseada historia de amor llega a ningún lado o ese conflicto familiar para que los padres de Philippe Petit aceptaran que ese ‘payaso de circo’ iba a volar tan alto como sus sueños.

El desafío (The Walk) - Joseph Gordon-Levitt, Charlotte Le Bon

El desafío (The Walk), por lo tanto, nos revela un discurso trascendente bajo una pulpa completamente nimia y previsible, con un autodidacta protagonista arrastrado más por las circunstancias impuestas que por ese destino que marcó su camino hacia su imperecedero paseo sobre las nubes. Zemeckis camina por la cuerda floja, gestando vertiginosas e impresionantes secuencias visuales pero remarcando constantemente ese cable sobre el que queda enmarcada la propuesta, tratando de ganar al público en su discurso final, donde se realiza un homenaje sobre la pérdida y se contextualiza el adiós de ese par de monumentos sobre Nueva York que dejaron de tocar el cielo. La cabriola es articular un mensaje sobre cómo los estadounidenses perdieron parte de su alma en el ataque terrorista que convulsionó a un mundo que todavía sigue vibrando por sus efectos. Aunque pudiéramos integrar el film en el marco del post 11-S volvemos nuevamente a toparnos con ese paseo más alto y sin seguridad que propició el oscarizado documental de James Marsh. Man on Wire remarcaba ese discurso de sueños y la locura que todo ser desea abrazar para completarlos, provocando que los propios protagonistas nos contaran toda su historia sin necesidad de una narrador que amarrara esa cuerda floja sobre la que quedamos suspendidos al ser partícipes, como espectadores, de una película. El libreto de Christopher Browne y el propio Zemeckis utiliza a la figura de Philippe Petit para narrar su propio camino y paseo, denotando de nuevo esa recreación un tanto innecesaria más allá de su experiencia visual. Sin profundidad, salvo la digital, El desafío (The Walk) se ciñe a los trucos del bio(to)pic de un showman obsesionado con un sueño imposible, dejando los elementos de guión en meros efectos secundarios, en desarreglos narrativos que únicamente conducen a la justificación del clímax y ese paseo sobre el cielo que ni el marketing de la cinta trata de ocultar a la propia consciencia del espectador.

El desafío (The Walk) - Robert Zemeckis

Faltan más clavos en ese ataúd, más psicología que lugares comunes, más palpable realidad que una mera sucesión de mentiras impostadas e impuestas que hacen desprender la tensión del conjunto. El espectador, así, pierde el sentido del vértigo, se amarra a lo intangible, a esa melancolía perdida del blanco y negro inicial de los primeros compases del film. Nos sentimos en todo momento guiados por ese narrador que remarca el cable argumental sobre el que camina la cinta, subrayando el relato, amarrándonos a ese cordón de seguridad que evita que nos caigamos y sintamos el vacío. Pero El desafío (The Walk) también nos habla sobre dar alma a objetos inertes y cambiar tanto el estado como la visión de elementos inalcanzables, como si la proeza artística de Philippe Petit hubiera dado una entidad vital y giro a la apatía que sentían los neoyorquinos por las Torres Gemelas. Ese cable dio sentido a la capacidad de representar la evocación, otorgó el alma a una entidad carente en realidad de significado hasta ese momento y, evidentemente, convirtió a un ‘criminal’ en un héroe, a un loco en el más sensato de todos los soñadores. Por el contrario, la magia desaparece con la ‘niebla’ en la película, como si al visualizar el cable sintiéramos la trampa y el engaño de ese prestidigitador llamado Robert Zemeckis, que tampoco se somete a una sincera ofrenda de gratitud, siendo su ‘compliment’ poseído por una sobredosis de control, de falta de estilo y libertad. Los últimos tres pasos del director quedan amarrados a la canónica estructura de su cinta, sometidos a una planificada arrogancia (de cara a la temporada de premios) que le hace temblar y caer al vacío. El vértigo es digital, una emulación respecto al equilibrio en la butaca del espectador. No hay gravedad al otro lado de la pantalla, simplemente un truco de magia que no nos revela la grandeza de la obra más audaz de arte que jamás se ha realizado. Al fin y al cabo, las zanahorias estuvieron siempre cocidas desde el primer minuto de metraje, incluso desde ese póster que evoca y nos remitía a ese documental que todavía nos sigue haciendo soñar. Sin trucos, efectos y zanahorias demasiado tiempo en ebullición.

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