Críticas: El cuento de los cuentos

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¡Qué difícil lidiar con un rey!

Con el descontento general de la crítica se paseó por el pasado Festival de Cannes El cuento de los cuentos, la nueva cinta del italiano Matteo Garrone al que ya muchos conocían por su aproximación a la cotidianidad mafiosa napolitana de Gomorra (2008). Esta vez rueda en inglés y cuenta con un reparto internacional de lujo que, si bien servirá de reclamo publicitario, ya empezamos a adelantar que en algunas ocasiones esto será algo que jugará en su contra.

De nuevo volvemos a toparnos con raíces napolitanas en el origen del proyecto, pues esta película se basa de manera libre en los relatos escritos por Giambattista Basile en el siglo XVII. Un periodo histórico éste correspondiente al Barroco en el que no podemos olvidar la credulidad de las personas del momento y que dieron origen a una fusión existente en el imaginario colectivo en el que el triunfo del racionalismo, por extraño que parezca, convivía con las creencias más exóticas que hoy en día catalogaríamos fácilmente de fantasiosas. Y en este contexto nos sumergimos de lleno en tres relatos que juegan con el nexo común de la relación familiar directa que guardan sus protagonistas con los monarcas de sus respectivos reinos, con estimulantes, y a veces curiosos, elementos sobrenaturales que ayudan a potenciar el dramatismo y el funcionamiento de las historias.

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Si por algo entra este triple cuento, cuyo montaje se reparte equilibradamente entre las diferentes narraciones, es por los ojos. La estética visual del filme resulta sobresaliente, haciendo gala de unas localizaciones (con ayudas digitales) que nos ofrecen unos paisajes bucólicos, bellos y apasionantes. De hecho, en todos estos planos es fácil encontrar referentes pictóricos de la época. Las pequeñas figuras humanas que se mueven por la inmensidad del espacio y nos conceden la visión de unas bellas vistas nos remiten a las primeras obras paisajísticas de Annibale Carracci, mientras que los claroscuros evidencian que nos hallamos ante el triunfo del momento de Caravaggio. La utilización de la naturaleza en contraste con la soledad, también nos evocará a las pinturas prerrafaelistas mientras que el diseño de vestuario, con llamativos vestidos rojos o azules y sus innumerables pliegues, a la pintura del Renacimiento tardío veneciano o directamente al Manierismo. Y como si Garrone quisiera abarcar todavía más, no dudará en salirse del contexto para crear escenas que parecen salir de un cuadro de Friedrich o posicionar a las amantes del rey de Strongcliff con una suntuosidad corporal al más puro estilo La muerte de Sardanápalo de Delacroix.

Vivimos pues unos contrastes continuos, ya que el Barroco no deja de ser la sobresaturación de contradicciones. Potente resulta ver a la reina de Longtrellis devorar un corazón de monstruo marino en una imagen que se mueve entre el blanco impoluto de los interiores, el negro marchito del alma de ésta metaforizado en su vestimenta y el rojo de la sangre que revela la visceralidad de la escena. Y es que El cuento de los cuentos, es un continuo devenir de secuencias irregulares, pero que en ocasiones alcanzan un interesante grado de tensión. Es fácil angustiarse en algunos momentos desasosegantes, con una dirección que a veces peca de buscar en exceso el lirismo pero que en esas ocasiones logra su objetivo. También es necesario recalcar que, por momentos, el desarrollo de según que acciones se antoja algo tedioso aunque sea fácil volver a reconducirlo hacia los terrenos propios del interés del espectador.

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El cuento de los cuentos funciona muy bien visualmente, como ya hemos comentado, aunque quizás se sobrepase en el acompañamiento musical, siempre conciente de su labor de mostrar la sensación emocional de sus protagonistas. Su dirección sabe adaptarse en todo momento al transcurso de la historia, pero su irregularidad la convierte en un producto que, si bien es disfrutable, deja cierta sensación de desencanto quizás por la posibilidad de poder haber construido un filme con más personalidad, que se antoje menos frío e irradie el alma de un autor detrás. Una frialdad que por ejemplo se nota, y mucho, en la falta de ubicación y sentimiento de Salma Hayek, quien parece estar perdida en un papel que no acaba de comprender y mucho menos de empatizar con él, algo que se aprecia sobre todo en la poca convicción con la que recita sus frases del guion y que resultan ser las más simples de toda la película.

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