L’Alternativa 2015: Día 2

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La niña santa

Segunda jornada de L’Alternativa.

Si algo es innegable es que Lucrecia Martel cultiva afanosamente el gusto por el detalle, por la concreción bordeando lo críptico. La niña santa  es una buena muestra de ello, no solo porque respeta la concepción cinematográfica de la directora sino que, además, por paradójico que parezca, adolece precisamente de ella.

Martel consigue en esta historia de tentaciones, represión y fanatismo religioso crear todo un universo visual que explicita todo ello de forma más efectiva en el lenguaje corporal que en lo guionizado, en lo narrado por los propios personajes. Son los movimientos, la disposición de los cuerpos (los planos con personajes femeninos recostados son una constante), sus expresiones faciales los que constituyen todo el corpus narrativo hasta el punto de que los escasos diálogos son meros apuntes, casi en entre murmullos, de lo que los cuerpos están expresando.

La puesta en escena, somera, fría y por momentos hasta un tanto grimosa transmite todo el rato una sensación de claustrofobia, de ampliación metafórica de los sentimientos: si los personajes se mueven en espacios enclaustrados es como símbolo de su propio estado de encarcelamiento, presos de sus deseos, fobias y traumas. Esta solitud penal tiende a compensarse con la búsqueda de compañía y por ello no es raro un cierto apelotonamiento en el plano. No se trata de empatizar, al contrario. Martel busca deliberadamente el feísmo y la distancia con sus personajes, pero su apilación frontal transmite desesperación, necesidad de aferrarse al clavo ardiente de la compasión por acompañamiento.

ninasanta

Sin embargo, y a pesar de estar eminentemente ante un film de sensaciones, La niña santa no deja de ser un proyecto desequilibrado entre intenciones y resultados. Al fin y al cabo, a pesar de su atmosférica puesta en escena, no dejamos de estar ante una película narrativa, es decir con una historia y conclusiones a las que llegar. Ahí radica el principal problema de la película, en su dispersión, en su desviación y digresiones hacia subtramas, no exentas de interés, pero poco “útiles” o informativas al respecto de su tema principal.

En este sentido podríamos hablar claramente de película anticlimática por excelencia. Durante muchos tramos de la misma resulta realmente difícil, por no decir incomprensible, saber hacia qué dirección se está moviendo y eso, lejos de crear una suerte de transmisión de sensaciones ficción-realidad acaba por provocar una cierta falta de interés. Algo que también viene provocado por la suma a estos factores de la habitual morosidad rítmica de la directora argentina.

Al final La niña santa provoca frialdad y desconcierto al no poder acabar de concretar cuál es el mensaje, cuál es el desenlace de los visto anteriormente. Todo ello pesa en el conjunto, cierto, pero no por ello hay que desdeñar factores como la potencia visual del film, o la intencionalidad clara de crear una pieza, casi de  cámara, donde se exploran otras formas de narración y de crear un conjunto donde el fondo y lo forma se aúnen para crear un todo compacto, sólido y en el caso que nos ocupa, tremendamente desolador.

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