Fancine 2015: Día 2

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Turbo Kid
Nostalgia, verdadero terror y remakes

Estar al día en el año 2015, en la era de los virales que se propagan por Facebook y Whatsapp a velocidad de epidemia, supone conocer uno de los grandes y breves hitos de estos meses pasados fue Kung fury: un mediometraje gore y con un estilo cutre nostálgico confeccionado a gusto del consumidor. El encanto de las películas de serie Z se acerca al proceso de cadena de montaje gracias a la relevancia de fenómenos como Sharknado o el antes mencionado. Turbo kid es una muesca más en esa rueda que cada vez gira más deprisa. Aunque se esfuerza por crear un universo propio sin referencias explícitas o cameo alguno, estamos ante algo que nos resulta familiar: mundo postapocalíptico donde la supervivencia es una hazaña. El año es 1997 y viajaremos con Kid y su amiga androide Apple por un mundo que no sorprende tirando de música y estética de los 80 y 90. Las peleas entre unos y otros apuestan por el gore más radical y cómico, de nuevo con una fórmula que parece responder a un manual de instrucciones. Que la película tenga tres directores no ayuda a concretar un visión apasionada sobre este universo, que parece elegido sobre la marcha como contexto, aprovechando que el viento sopla a favor, en lugar de esconder tras de sí un verdadero interés por mostrar algo. Otra vuelta más a la rueda, otra pedalada más hacia la descarada explotación de una nostalgia mal entendida y la búsqueda de un encanto por lo cutre que apenas rozan.

El hijo de Saul

Fui uno de los sorprendidos por la elección de El hijo de Saúl en un festival de cine fantástico porque, bueno, pues porque está ambientada en un campo de concentración. Lo que vemos (concepto muy relativo en este caso) es veraz, pero el terror y la tensión de la que hace gala la película del debutante Laszlo Nemes va a ser complicado de igualar en lo que queda de año. Saul es un sonderkommando, un prisionero húngaro judío que se encarga de realizar labores de mantenimiento en un campo de concentración. Una espiral del horror que implosiona cuando nuestro protagonista se empeña en dar un entierro digno a un chico asesinado en las cámaras de gas del que dice ser padre. La primera escena ya supone un puñetazo a lo visual, que en esta película equivale a mirar a una tormenta de arena frente a frente. Vamos a sufrir por lo que dejemos de ver, por lo que intuimos y por lo que escuchemos, corriendo así el riesgo de convertirse en una película negacionista: nada más lejos de la realidad. Como una película de los hermanos Dardenne en medio de un huracán, seguiremos todos los pasos de Saúl en una aventura que discurre entre lo moral y la fuga psicogénica. Planos cortos que en la mayor parte de la película no nos dejan ver más allá del cogote de nuestro protagonista y 4:3 para asfixiar más. Formal y temáticamente quiere arrastrarnos a la desesperación, al horror, y lo hace a la espalda de un vehículo que nunca se detiene y que parece vivir en la rutina. Guiar a cientos de personas a la muerte, trasladar sus cuerpos, esparcir sus cenizas… nada parece inmutarle en su decidido caminar, como si darle paz al joven desconocido fuera a darle un último respiro antes de poder marcharse. La carne esta condenada, el humano se ha condenado a sí mismo y la única salida para Saúl es salvar su espíritu.

Martyrs

Remakes. Siempre en el centro de la polémica. La falta de ideas novedosas, el avance de los medios digitales, posibles nuevos enfoques… Razones que empujan a rehacer una película. Lo que no se ha hecho jamás es un remake de un obra sin éxito, ya sea entre el culto o la audiencia. Martrys venía de lo primero, siendo conocida como una cinta extrema del horror francés con unas determinadas intenciones, que puedan congeniar con uno o no. Pero en su versión americana no vamos a encontrarnos nada de esto. Mientras que en su primera parte se dedica a copiar escena a escena a su precedente, con menos acierto e impacto y con los trucos del mal cine de terror por bandera, la segunda es el absoluto despropósito. La fuerza de la original reside en la fuerza del puñetazo que nos da y aquí nos están intentando matar a palos con una almohada. Romper el puzzle y volver a montarlo para dejar contento al espectador, que ellos creen, medio. Pues paso en falso. Donde en la versión francesa había necesaria repetición para caer en el dolor, en esta hay precipitación (contar los mismos hechos con algún añadido pero que dure 20 minutos menos, un ejemplo). Innecesario remake, no como todos, y cinta con intenciones miserables, no como todas.

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