Críticas: Spectre

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Spectre (Sam Mendes, 007) - PORTADA

Los muertos… están vivos, pero James Bond es eterno.

De Spectre interesa su discurso y perspectiva por encima de la forma, contorno y expresión. El libreto de John Logan, Neal Purvis, Robert Wade y Jez Butterworth trata sobre lo divino y lo eterno, sobre el mito incandescente sometido a una simple y efectiva dicotomía: para vivir como un ser terrenal… hay que tomar consciencia del sueño eterno. Los muertos van a estar más presentes que nunca en un film que no esconde su clara vocación clásica y revisionista, sobre todo respecto a la saga protagonizada por Daniel Craig. Desde Casino Royale (2006) hasta Skyfall (2012), pasando por Quantum of Solace (2008), siempre ha existido una clara influencia respecto a actores europeos para dar sentido y contextura a los villanos que han llevado a James Bond tanto a enfrentarse a su carnalidad como a su nacimiento. También a todo aquello que condescendió su pasado y le transformó en la entidad que es actualmente: un sicario condenado a la eternidad, un semidiós con licencia para matar. A Mads Mikkelsen, Mathieu Amalric y Javier Bardem se les va a unir Christoph Waltz para establecer ese póker de ases en tiempos en los que la huella de Jason Bourne o la presencia de Ethan Hunt siguen vigentes, pero donde el mainstream ha cedido a la explosión del subgénero de superhéroes o a la explosiva y desmesurada hipérbole de la franquicia de The Fast and the Furious como nuevo Santo Grial del entretenimiento. La duda pudiera ser si Sam Mendes iba a ratificar en Spectre las influencias de Christopher Nolan en su anterior film al servicio de 007 o si iba a confeccionar un producto independiente de las actuales corrientes del género de acción impuestas por Pierre Morel, José Padilha o Gareth Evans. El director de Camino a la perdición confirma que desea apartarse de un ejercicio estilístico aunque propulse la introducción con un falso plano secuencia, que hará las delicias de los fans de Birdman, o utilice reflejos y proyecciones similares a las divisadas en Hannibal de Bryan Fuller, para diseccionar en el enfrenamiento entre el héroe el villano, depredadores con dos planteadas variaciones respecto a la inmortalidad. Bond es eterno al encarnar a la muerte y segar la vida de aquellos criminales que osen interponerse en su camino, mientras que Oberhauser simboliza al dios que todo lo que ve, cuyos ‘tentáculos’ le permiten su omnipresencia y ubicuidad.

Spectre (Sam Mendes, 007) - Día de Muertos

Desde esa fiesta introductoria del Día de Muertos se articula el leitmotiv del film, siendo evidente aunque quedando incompleto hasta revelar la última carta de la baraja que manipulan los escritores. La representación de 007 como la mismísima muerte queda, por lo tanto expuesta y manifiesta, aunque su auténtico disfraz sea un traje a medida y un paso pausado y decidido para completar su objetivo: el poder respecto a la libertad de matar que le nutre de inmortalidad. Las mujeres quedan atrás como un complemento lujurioso, en huecas palabras sobre un inexistente retorno porque nunca hubo vuelta atrás para la muerte reencarnada. La adrenalina manda y no existe nada mejor que reivindicar la eternidad con el cortejo al adiós definitivo e incluso tender la mano hacia la salvación de los inocentes como sentido de su poder. James Bond, ciertamente, se postula desde los créditos como un ser todopoderoso, glorificado y canonizado cuyo cuerpo es oro puro entre impecables imágenes y posturas. Más allá de la efigie queda la historia. Todos sus actos le han conducido a dotar de significado la misión póstuma de M (Judi Dench) y, al mismo tiempo, a reencontrarse con su pasado. Spectre coincide en reencarnar a ese ‘octopus’ afín también al escudo de Hydra con paralelismos de Capitán América: El soldado de invierno, en sacar de las sombras a su mayor enemigo de entre los muertos y su propia historia personal con un plan para neutralizar cualquier, posible y futura amenaza.

Siempre sentí que las viejas películas de Bond eran sólo tan buenas como su villano.

[…]

Ahora te diré todo mi plan y luego idearé una absurda y retorcida manera para matarte y luego encontraras una manera igualmente retorcida de escapar. […] Bueno, esto no es esa clase de película.

Kingsman. Servicio secreto (2014)

Spectre (Sam Mendes, 007) - Daniel Craig, Léa Seydoux

Spectre sí es esa clase de película y obedece a la obviedad impuesta desde su molde clásico, sintiéndonos guiados constantemente sobre remarcadas líneas y ‘cables’ argumentales que nos remiten a una explosión final. La cuenta atrás es conocida e incluso todas y cada una de sus secuencias han sido superadas por el cine comercial de la presente década. No obstante, lo predecible trata de encontrar un camino a esa esencia canónica, a establecer en su revisionismo —repleto de guiños a la saga— un sentimiento sobre la nostalgia como colchón ante una caída libre sellada por lo previsible. Madeleine Swann (Léa Seydoux) nos revela también la gran deficiencia del film. ¿Por qué no hablan los villanos? El fichaje de Dave Bautista obedece a potenciar el ‘músculo’ aunque tampoco el gran archienemigo de la función utilice plenamente su ‘cerebro’ para desarrollar su venganza, siendo incluso acallado por Bond tildando su tono de voz de insoportable. A Oberhauser le faltan (literalmente) calcetines y funciona mejor desde el silencio y las sombras iniciales. Una vez que habla y expone su plan, se ve atrapado en esa maquinaria y cabriola impuesta antes del baile final entre el héroe y su némesis. Interesa más el discurso del film, donde Spectre quiere ratificarse sobre la condición de inmortalidad respecto al personaje creado por Ian Fleming, tratando de aferrarse a esa constante iniciada desde el film dirigido por Terence Young en 1962. Los tiempos han cambiando aunque Mendes trata de despegarse de un tono dramático de esa condesada oscuridad ya divisada en Skyfall y de los intentos de Marc Forster por encajar e integrar a Quantum of Solace ante el éxito de la saga de Jason Bourne y la proliferación de thrillers ‘serios’ sobre espías y conspiraciones. El director de American Beauty desea retomar la esencia clásica de su héroe, siendo consciente de esas líneas rojas argumentales y redundantes, de correr el riesgo de ejecutar un objeto previsible en tiempos en los que Homeland de Showtime ha infundado toneladas de paranoia, sorprendentes giros de guión y reflejos del mapa sociopolítico actual. De hecho, habita una coincidencia en el discurso respecto a la cuarta temporada monopolizada por Carrie Mathison, en ese nuevo orden donde el viejo espionaje es ya divisado como un mausoleo en un mundo de drones y tecnología. Pero James Bond es eterno (e incombustible) aunque sea considerado un dinosaurio, enfrentándose incluso a ese omnipresente dios que todo lo ve e imponiendo la huella de obra conclusiva y, al mismo tiempo, consciente de todo el arco evolutivo del personaje en sus réplicas previas. Volvemos a la intrascendencia y diversión, a la simple disección de la superficialidad sin incidir en la profundidad, a la celebración de la eternidad de James Bond y al compendio de todo su pasado reivindicando su imperecedero paso por la gran pantalla desde hace más de cincuenta años. Posiblemente Monica Bellucci, que nació un par de años después de que Ursula Andress quedara inmortalizada en bañador, represente a la perfección ese concepto de madurez e intacta sensualidad y belleza, pero se aprecia falta de sentimiento, sobrada pose y huecas palabras. En realidad, en este último viaje (?) comprobamos que la maquinaria para formular blockbusters ha cambiado desde Sólo se vive dos veces (1967) aunque no sus mecanismos. Mendes declina la auto-consciencia de la obra —salvo para engendrar el material más cómico— y articular la sensación de acto final y la posible carta de despedida de Daniel Craig como 007, que abraza el amor y se rinde a la vida más apasionadamente que nunca. Resuelta su dicotomía, ha llegado el momento de desprenderse de su eternidad para someterse a la carnalidad más terrenal sin olvidar nunca su estética y accesorios. Al fin y al cabo, James Bond siempre fue un exquisito ornamento de estilo y Craig se lleva su clase para iniciar un nuevo viaje, aunque las puertas hayan quedado abiertas detrás de él.

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