Críticas: Life

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Instantáneas de hielo.

El cuidado por la fotografía se ha convertido en uno de los aspectos más atendidos en el panorama cinematográfico actual. La llegada del digital y su correspondiente abaratamiento de costes –sumada a los avances tecnológicos que facilitan la captación de una imagen de gran calidad con recursos modestos– han amplificado las posibilidades, pero se trata de un aspecto más ligado a una sensibilidad concreta, o a una apetencia por cierta belleza visual. Tan interesado en la forma como preocupado por lo limitado del presupuesto está el cine independiente, dentro del que destaca el indie estadounidense, un género transversal en temáticas pero uniforme en puesta en escena y cuyos presupuestos convertirían a muchos de los proyectos en superproducciones si se desarrollaran en otros países.

Terrence Malick se ha convertido en una especie de referente visual para este cine alternativo actual en el país de las barras y las estrellas. La estética de El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011) ha servido de referente para una manera concreta de filmar, y desde entonces muchas son las obras que, con mayor o menor desvergüenza, copian su narrativa. Electrick Children (Rebecca Thomas, 2012) o La señal (The Signal, William Eubank, 2014) son dos ejemplos significativos sobre un estado de la cuestión, que no es exclusivo de EE.UU. Y es que la belleza visual del fotograma es innegable, y los planos cautivan a quien tenga interés en este apartado, pero no deja de ser una mala digestión de los planteamientos desarrollados por el veterano responsable de Malas tierras (Badlands, 1973) o La delgada línea roja (The thin red line, 1998). La gratuidad se hace patente en un conjunto de instantáneas enmarcables pero que se limitan a la superficialidad de sus dos dimensiones, al no encontrar detrás un discurso formal que lo justifique, En estos ejemplos, la fotografía se convierte en una apología de la belleza por la belleza, de unos aires de trascendencia que huelen a impostura, y que reducen la puesta en escena a la capa más trivial de la narración cinematográfica.

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Atendiendo a la importancia que se le otorga a este aspecto, Life (2015) podría entenderse como un nuevo caso de lo anteriormente expuesto, pero un análisis en profundidad descarta esta posibilidad. El nuevo trabajo de Anton Corbijn se construye a partir de ambientes y texturas, todas ellas nacidas a raíz de unas estudiadas fotografía y planificación de encuadres. Como reputado fotógrafo que es, este director le ha dado importancia a este aspecto de la realización cinematográfica desde su debut, en gélido blanco y negro, con Control (2007), un seguimiento de la banda musical Joy Division, recorrido que vivió como fotógrafo durante la corta duración de este grupo. El realizador holandés tiene una extensa experiencia con estrellas, tanto musicales (Depeche Mode, Björk, Bruce Springsteen) como cinematográficas (Robert DeNiro, Clint Eastwood). Sus retratos huyen del glamour habitual y buscan una realidad alejada de los ambientes habituales de estas figuras mediáticas. Una experiencia que lo sitúa en clara sintonía con el protagonista de su nueva película, Dennis Stock –interpretado por Robert Pattinson–. En la época en la que se ambienta la obra, este reputado fotógrafo todavía no era nadie, y, en su afán por demostrar su talento y su visión alternativa, insiste en fotografiar a un actor en el que ha visto un halo diferenciador, una esencia de la que siente que nacerá el cambio social que en un futuro cree que tendrá lugar, a pesar de ser un personaje que comenzaba su carrera y no era mediático. Un actor que resultaba ser James Dean.

La fotografía en esta película no sólo se aleja del cine indie en su uso, sino en su propia composición. Es la base tanto de la forma como del fondo, y a partir de ésta se construye el relato y el discurso formal. Es ella la que crea las atmósferas. Su sobriedad parte del ritmo pausado, lo que le otorga una solemnidad que compagina con planos que tienden al estatismo introspectivo. Los tonos nocturnos la acercan a los trabajos ocres de James Gray (El sueño de Ellis, 2013), más cercanos al clasicismo que a la modernidad hipster. Los días son grises y, si bien luminosos, también gélidos. Hay poca vida palpable en el fotograma, que retrata a almas cuya esencia se hace patente en la opacidad de sus conductas. La  imagen que se tiene de James Dean –al que encarna Dane DeHaan– es la de un muchacho alocado y frenético, pero el film se propone no tanto desmentirlo como complementarlo con un mundo interior y una sensibilidad por momentos atormentada. Un personaje incontrolable que establece con Stock una relación que aspira a la simbiosis pero que se decanta hacia la influencia demoledora del primero sobre el segundo.

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Carne de biopic, de delicioso aroma, irresistible, pero Corbijn deja que se pudra. La cinta se limita a retratar, sin las complacencias ni los lugares comunes de este subgénero, un espacio de tiempo, un momento de ambas vidas que las revolucionó y las impulsó hacia sus respectivos objetivos, que inicialmente transitan por vías paralelas pero acabaron divergiendo hacia destinos contrarios. El autor plasma la esencia del momento con buen pulso pero sin alcanzar la excelencia en ningún momento. La frialdad de su puesta en escena es también la de su transmisión, y el riesgo reside en la excesiva lejanía con respecto al público, que tiene que luchar por penetrar la esfera de aislamiento en la que la obra se introduce por voluntad propia. Un viaje en busca de una esencia alejada de facilidades narrativas y movida por una honestidad que compensa su carencia de garra. Un viaje valiente, en el que interesa más el trayecto que la meta final.

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