Críticas: Oda a mi padre

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Epopeya coreana.

Oda a mi padre narra la vida de Yoon Duk-soo, su protagonista, que huye de su ciudad natal con su madre y hermanos debido al bombardeo de la aviación china durante la Guerra de Corea. El padre se separa de ellos para tratar de rescatar a la hermana pequeña, perdida en la huida. La historia transcurre desde los años cincuenta hasta principios del siglo actual, siempre acompañando al protagonista por los sucesos históricos de Corea del Sur, junto a las tribulaciones personales propias de un cabeza de familia comprometido y forzado por las circunstancias.

Una mariposa planea sobre una calle repleta de puestos callejeros en Seúl, hasta llegar al hombro del anciano protagonista al ritmo de los acordes musicales de la banda sonora, a los ojos. Quizás también nos llegan ecos de Forrest Gump. Sería tentador hablar de los paralelismos de Oda a mi padre y el film de Robert Zemeckis, pero a pesar de ser dos historias que transcurren durante toda una vida en ambos casos, enmarcadas en épocas de grandes cambios sociales en Corea y en Estados Unidos respectivamente, representadas por dos personajes que deambulan, en apariencia, sin ser los dueños de su destino, pero aún así capaces de lograr proezas heroicas en sus entornos. Y hasta aquí el paralelismo de ambos films, porque puestos a buscar más similitudes, también tendríamos que remontarnos a ¡Qué bello es vivir! de Frank Capra, en la que su protagonista renuncia a sus sueños para mantener a su familia e incluso a su ciudad. En Oda a mi padre sucede algo parecido con el deseo incumplido de Yoon Duk-soo para trabajar como ingeniero naval, empujado a continuar manteniendo económicamente a su familia.

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El largometraje vendría a ser una actualización de la corriente denominada “americana”, ese subgénero norteamericano de algunos westerns como Winchester 73 o Pequeño gran hombre, películas en las que las trayectorias vitales de personas corrientes transcurren rodeadas por acontecimientos de la Historia con mayúsculas. De acuerdo, regresamos a Forrest Gump, pero allí se magnificaban los encuentros que tenía con varios presidentes de Estados Unidos y muchas más personas celebres. El protagonista de Oda a mi padre actúa en un perfil más bajo y con los más famosos que se encuentra son con un cantante melódico coreano y –en un guiño humorístico- con el futuro fundador de la empresa automovilística Hyundai.

El sexto largometraje de Youn Jk, su director, es una crónica dramática y cómica de dos horas que alterna el tono épico de los grandes hechos, con el cotidiano de los personajes principales, relevando aquel y este con una ligereza tan efectiva como dinámica. El film resulta tan desproporcionado y delirante en lo que narra, como generoso y entretenido durante la proyección. No consigue un equilibrio tonal uniforme, igual que sucede con otro éxito coreano de la pasada década como pueda ser The Host. Pero esto es un regalo añadido al film.

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Oda a mi padre funciona en varios niveles de lectura simultáneos, que pueden encontrar diversos tipos de público. Desde el que quiere un entretenimiento comercial clásico, de narrativa hollywoodiense, hasta los espectadores que buscan joyas en las que se destrozan los límites de drama y comedia, incluso llegando a la parodia descarnada de este cine emotivo y épico al que nos referimos en los párrafos anteriores. Formalmente, la película rompe con la narración lineal que impera en el cine contemporáneo y recurre a viejos elementos pasados de moda como los flashbacks y las grandes elipsis temporales. En este caso el realizador Youn Jk trata cada elemento, sacándole el máximo partido audiovisual y referencial. Recurre a ralentizados de la imagen en pocas ocasiones, pero con una función descriptiva siempre. Y usa la cámara en retroceso, en una secuencia muda en concreto, consiguiendo un efecto tan devastador como el de la explosión de una bomba.

Es un soplo de aire fresco en una cartelera que se mantiene fiel a los patrones genéricos y narrativos. El caso es que el film coreano usa esos mismos moldes pero con la pericia de malearlos y destrozarlos con verdadera libertad expresiva. En otras críticas o análisis sobre esta película seguramente se referirán a falta de sutileza, exageraciones y brochazo. Pero el resultado es un producto que resulta clásico y dinámico al mismo tiempo, sin fricciones.

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Como cajón de sastre hay que resaltar la gran pareja que forman los dos amigos protagonistas: Yoon Duk-soo y su fiel escudero Dal-gu (interpretados por los actores Jeong-min Hwang y Dal-su Oh) que funcionan como pareja emotiva y cómica durante todo el metraje, incluso en la parte que son maquillados forzosamente viejos. Por supuesto destacan secuencias tan espectaculares y aterradoras como las de la llegada de los barcos norteamericanos para dar refugio a los exiliados coreanos. Además de las que se desarrollan en las minas de la antigua RFA. Y otras escenas de aliento aventurero y bélico durante la Guerra de Vietnam. Por si todo esto fuese poco, Oda a mi padre alude a situaciones que siguen vigentes como el papel marginal, casi esclavista, de los inmigrantes en el mercado laboral de los países occidentales, concretamente Alemania en este film. Y no necesita grandes discursos ni monólogos pronunciados por los personajes. Solo utiliza unos pocos planos en los que muestra las penosas condiciones de trabajo de los mineros y de la novia enfermera del protagonista.

Es bueno recordar que aquel cine exagerado y atractivo de finales de los años ochenta que rompía los moldes genéricos y formales del domesticado cine comercial estadounidense, con Sam Raimi, Terry Gilliam o los hermanos Coen a la cabeza, puede tener un buen reflejo en películas como Oda a mi padre.

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