Críticas: Los miércoles no existen

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Los miércoles no existen - Cinema ad hoc

Solos, dúos y tríos.

Chica treintañera corta con chico de la misma edad. Un amigo de toda la vida de este chico se enrolla con la futura mujer de otro que, primero se lió con su hermana y, a su vez, se enamora de la ex novia del primer chico. Todos estos encuentros, desencuentros y otras situaciones que no caben en esta sinopsis, suceden en miércoles desperdigados a lo largo de cuatro años o más. Aunque como dice uno de los treinteañeros implicados, “los miércoles no existen”.

A los estudiosos o simplemente cronistas sobre el cine español, convencidos de que no existe una industria cinematográfica por aquí, habrá que rebatirlos con films como el que se estrena ahora mismo, porque Los miércoles no existen llega producida por José Frade P.C., dentro de una trilogía, quizás involuntaria, acerca del amor -y los calentones sexuales- en distintas generaciones. Si ya fuimos testigos de los romances adolescentes en Y decirte alguna estupidez, por ejemplo, te quiero. Luego, en 2014 asistimos a los de veinteañeros en Por un puñado de besos (analizado en Cinema ad hoc, por cierto) Ahora llega el turno de los que ya superan los treinta años, en la propuesta más sólida y mejor terminada de las tres, un film de relaciones personales encuadrado en el subgénero de la dramedia, que no es otro invento que hacer un drama con algunos momentos de humor, lo que sería la comedia o el drama costumbrista de antaño.

Los miércoles no existen - Cinema ad hoc

La producción llega por encargo al ser adaptada la obra dramática original, después de cinco temporadas en la cartelera teatral. Cinco temporadas sin interrupciones gracias a una idea efectiva como es la de duplicar el reparto de actores, de manera permanente, para que puedan representarse todas las funciones. Gorka Otxoa y William Miller son los únicos actores que han saltado desde las tablas hasta el plató de cine con sus personajes, llamados César y Hugo respectivamente. Aunque con resultados desiguales, debidos sobre todo a interpretar de una manera más teatral que cinematográfica, sin pisarse los diálogos, elevando la voz sin necesidad y mostrando un lenguaje corporal demasiado afectado. Tienen algunos buenos momentos juntos, como el del trío con Paula, pero la sensación es la de verlos como peces fuera del agua respecto al resto del reparto que no ha coincidido con ellos en los escenarios. Las mujeres son las que mejor llevan la batuta en escena, sobre todo Inma Cuesta y Andrea Duro. Por debajo de ellas, aunque convincentes, quedan Alexandra Jiménez y Eduardo Noriega. Pero el cometido del reparto en un film como este, sustentado más en los diálogos que declaman que en sus acciones, es solo uno de los apuntes que se podrían mejorar.

La obra de teatro tuvo bastante éxito y gracias al público que haya acudido a presenciarla o al que no pudiera desplazarse a la sala, quizás se pueda conseguir una taquilla aceptable para una producción que, vistos los resultados en pantalla, podría haber llegado a ser una película interesante. En su contra juega la autoría de la película, a cargo del director, guionista y dramaturgo del libreto original, Peris Romano. Tal vez le hubiera funcionado mucho mejor traicionar su propia letra y sacrificar las secuencias musicales. No funcionan porque, cuando los personajes cantan temas famosos de Raffaella Carra o Los Ronaldos -entre otros artistas de variedades- desplazan la atención e interrumpen el desarrollo de las secuencias. Son intromisiones que no se encuentran graduadas ni planificadas como en El otro lado de la cama o bien en la irlandesa Once, citando dos ejemplos dispares en tonos y calidades. Y tampoco cuentan con un público cómplice en el patio del teatro dispuesto a cantar con los actores. Obviando la mala idea de usar figurantes sin diálogo en lugar de cantantes y bailarines profesionales para acompañar algunas coreografías durante los números musicales, restando potencia y efectividad a esas secuencias.

Los miércoles no existen (3) - Cinema ad hoc

La narración cronológica funciona como una sucesión lineal de secuencias en las que sufren, disfrutan, se menosprecian o se reconcilian sus personajes, ya sea de tres en tres o de dos en dos, situados en dormitorios, bares, cocinas, despachos, talleres y oficinas, es decir, espacios cerrados con ocasionales salidas a calles de Madrid poco transitadas. Los saltos temporales no son demasiado importantes para el puzzle narrativo, bastante lógico en su resolución y cruces de los personajes. Los figurantes y papeles secundarios que acompañan a los protagonistas siempre funcionan igual que si fueran solo atrezzo, sin ocasión de intervenir en el drama, incluyendo a la pareja de músicos que aparece y desaparece durante las canciones.

Los miércoles no existen tiene tímidos destellos que no llegan a deslumbrar por parte de sus actrices y actores. Un montaje acumulativo antes que progresivo que funcionará según el interés que generen las relaciones de los personajes y su carisma en el público. Se ofrece una comedia demasiado contenida en varias ocasiones, que le hubiera dado más ritmo a la historia. Apoyado por un acabado visual con plano general para ubicar a los actores, seguidos de réplicas en plano/contraplano. Se agradece una buena secuencia de títulos de crédito, sobre imágenes aceleradas que muestran la multitud cambiante en lugares reconocibles de la gran ciudad. Y deja la sensación, también, de haber podido lograr un buen film si lo que se hubiera rodado fuera la obra de teatro tal como se representa, sobre un escenario, tomando como modelo antes a Carlos Saura y sus obras musicales que a Woody Allen y Todos dicen I Love You.

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