Críticas: Golpe de estado

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Turismo extremo.

Jack Dwyer es un ingeniero norteamericano que se traslada a vivir junto a su mujer y dos hijas a un país indeterminado del sudeste asiático por motivos de trabajo. Allí conocen a Hammond, otro compatriota que viaja solo y les ayuda desinteresadamente durante su llegada. Salvo este veterano turista nadie parece vivir contento en el lugar. Ni la familia de Dwyer, ni los nativos locales. Pero todos estarán menos contentos cuando comience una revolución popular en el país, comandada por un grupo de asesinos con pocas intenciones de dejar vivo algún extranjero.

Hay una larga tradición de films de acción titulados Sin escape (ganar o morir) del año 1994, protagonizada por Jean-Claude Van Damme y de otros similares como No hay salida, del 1987, con Kevin Costner. Para no llevarnos a la confusión se estrena ahora Golpe de estado, traducción libre e imaginativa del inglés original, No Escape. Quizás el título que mejor hubiera funcionado podría ser Revolución civil puesto que argumentalmente se trata de un levantamiento popular contra los extranjeros, no solo contra el gobierno, aunque los insurrectos vayan armados hasta los dientes, incluso con un tanque en una de las mejores escenas. O también se podría haber llamado Revolución letal para impactar más todavía. Toda esta introducción puede parecer gratuita, pero lo es menos que el arranque del film, una escena rodada en un solo plano secuencia con steadycam, que sigue al guardaespaldas del presidente del país ficticio –aunque fronterizo con Vietnam- en el que sucede la trama de Golpe de estado. Un comienzo de intriga que sirve para llamar la atención del espectador, aunque una vez terminada la proyección no aporte nada de información y se antoje más como un descarte que se podría haber quedado en la sala de montaje. ¿Resulta descabellado iniciar así la película? Yo respondo que no, ¡en absoluto! porque el film es una producción que parece rescatada de finales de los ochenta y primeros años noventa, tanto en la narración como en la forma.

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Con un guión que podría haber sido protagonizado por Mel Gibson, Stallone y el mismo Chuck Norris, asistimos perplejos a un festival de incorrección política, social y diplomática como no veíamos desde Rambo. Los revolucionarios son tan malos y anárquicos que parece un ejército de psicópatas más peligroso que todos los zombies que hemos visto desfilar por el género de terror desde hace una década. Los homenajes a Hitchcock, velados aunque patentes, se reparten durante el desarrollo, los más evidentes corresponden a El hombre que sabía demasiado, Cortina rasgada y Topaz, aunque quizás se me escapen algunos.

Sí, con un guión que ningún tailandés cuerdo hubiera permitido que se rodase allí, asistimos a la odisea por la supervivencia de la familia protagonista, encabezada por Owen Wilson y su mujer, interpretada por Lake Bell, junto a las niñas. Destacan las buenas interpretaciones de todos los actores, reforzando la sensación de angustia que crea el film. Actuaciones que están por encima del material dramático que maneja el suspense y la serie B sin complejos. Sobre todo con la aportación tan convincente y autoparódica de Pierce Brosnan que recrea a un agente mercenario a punto de retirarse, personaje tan duro y cachondo como detestable y lúcido en su apreciación de la expansión depredadora y colonialista de países del primer mundo, que se ventila en dos certeros diálogos.

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El responsable de tanto desconcierto es John Erick Dowdle, director y coguionista del film junto a Drew, su hermano. Los dos llevan trabajando juntos varias películas, especializados en terror, ciencia ficción y thriller, con títulos como Quarantine, la versión yanqui de la española [REC]. O más conocidos por esa rareza tan fallida como divertida que fue La trampa del mal. John Erick demuestra mucho mejor pulso a la hora de graduar y mantener la tensión con pocos personajes y espacios cerrados que en las nerviosas y confusas secuencias de tiroteos y persecuciones largas. También consigue buenos momentos como la huída por las azoteas, con un uso de los efectos especiales simulados y del chroma key para simular las alturas, como no los veíamos desde algunos taquillazos de acción de los noventa. Y otros aciertos como el tratamiento de la violencia cometida por el grupo de salvajes revolucionarios fuera de campo, mediante el caos sonoro.

Ya desde el título y material promocional de Golpe de estado, se puede intuir que se trata de un producto destinado a conseguir ingresos en taquilla con maneras que ya parecían abandonadas por el cine comercial, desde que los Menahem Golam y Yoran Globus se despidieron de la primera división cinematográfica. Aunque algo debe estar bien hecho si después de asistir a tanto material de derribo, se logra mantener la atención en la pantalla del público sin parpadear, durante algo más de cien minutos.

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