Críticas: El club

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Dedicamos dos textos a El club.

Por Diego Bejarano

La religión, en sus múltiples variantes temáticas, ha sido abordada a lo largo de la historia del cine desde los más diversos enfoques y sensibilidades, dejando tras de sí, en muy distintas épocas, una serie de indiscutibles obras maestras. Valgan La pasión de Juana de Arco (Carl Theodor Dreyer, 1928), El séptimo sello (Ingmar Bergman, 1957) y la reciente De dioses y hombres (Xavier Beauvois, 2010) como prueba de ello. Es importante anotar, sin embargo, que no por ser asunto delicado ha de tomarse siempre con rigurosa seriedad. Ya Buñuel nos regaló piezas de valor incalculable en las que satirizaba sobre el lado más oscuro y perverso de la religión, siendo probablemente Simón del desierto (1965) en la que alcanzaba un mejor equilibrio entre crítica y humor.

Lejos de agotarse con el tiempo, el tema sigue dando sus frutos y hoy es Pablo Larraín quien parece recoger el testigo del genio de Calanda para ofrecer una obra cargada de mala leche, humor negro y denuncia sin cuartel. El club —película que se llevó el Gran Premio del Jurado en el pasado Festival de Berlín— relata la historia de cuatro sacerdotes que, debido a sus antecedentes criminales, viven aislados en una casa remota bajo la supervisión de una monja. A raíz de un desagradable incidente que desatará el conflicto argumental, el espectador asistirá al desfile de sus miserias pasadas —algunas explícitas, la mayoría veladas: las confesiones maquilladas de los sacerdotes al Padre García, que ya de por sí ponen el vello de punta, no son más que la punta del iceberg; lo más turbio queda reservado a nuestra imaginación— y también presentes.

El club tiene una fotografía oscura, poco contrastada, por momentos tan difusa y neblinosa como la moral de los personajes que retrata. Se nutre de inteligentes metáforas visuales —ese perro que persigue en círculo, infatigable, una presa que jamás podrá saborear—, se beneficia de un acertado elenco actoral —con Alfredo Castro a la cabeza— y, por encima de todo, se sostiene en un magnífico guion. Ahonda en un problema que es macroestructural, el de una institución que concede plácido retiro a aquellos integrantes corruptos a los que supuestamente cerró sus puertas, y no deja títere con cabeza en su exposición de la ruindad, la hipocresía y la vileza. Los vicios están señalados. Vayan a verla y saquen sus propias conclusiones.

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Por Mª Carmen Fúnez

Una casa amarilla, luminosa por fuera, retiene en su interior a cuatro sacerdotes obligados a abandonar el ejercicio de su profesión y a retirarse para expiar sus pecados bajo la atenta mirada de una monja que convive con ellos. La luz que se intuye dentro y fuera de esa casa y que debería inundar el pequeño pueblo costero de Chile en el que se desarrolla la historia que allí sucede, se ve envuelta por un halo de penumbra, de neblina, de distorsión de la misma. No es casualidad por tanto que la nueva película de Pablo Larraín, El club, comience con la cita del Génesis “Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas”. Larraín utiliza el velo de la oscuridad para tratar de aparentar esconder la podredumbre que existe dentro de esa comunidad aparentemente plácida. Al igual que la Iglesia trata de esconder las miserias y la criminalidad de los actos que sus componentes llevan a cabo; “desterrando” a las ovejas descarriadas, alejándolas de las miradas acusadoras de la sociedad y de los medios de comunicación: más aterradoras que las leyes terrenales o incluso que la justicia divina.

El director de No incomoda sin piedad con una fotografía gris y nebulosa, unos encuadres con los que la falta de espacio no permite respirar a los personajes y unos diálogos en los que la sutilidad deja paso casi sin pensarlo a obviedades que golpean al espectador. Son estos, entre otros, los elementos que utiliza para ofrecer una crítica despiadada hacia la hipocresía de la Iglesia sin ningún tipo de concesión. Es más, disfraza el destino de quienes se separan de los dictados de Dios de penitencia cruel, de purgatorio en la tierra, acercándose al abismo de la compasión para quienes merecen un castigo mayor. “La Iglesia se lava las manos y nosotros quedamos como los chivos expiatorios” dice uno de los personajes en un momento del film. Una frase con la que se resume la manipulación que Larraín denuncia y pone sobre la mesa, obligando al público a preguntarse ¿Quién comete el mayor de los pecados: quien peca o quien lo encubre? Buena pregunta.

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