San Sebastián 2015: Día 3

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Una anomalía llamada Kaufman

Hay días en festivales que compensan el viaje, las colas al sol, los almuerzos apresurados, las carreras por el Boulevard o las películas de Amenábar. Culpen de nuestro estado de felicidad a los paseos por la vera del Urumea, a Cao de Benos, culpen a Charlie Kaufman o a Ivaylo Hristov, culpen a quien les apetezca. Bien, quizás debamos explicarles con más amplitud al menos algunos de esos eventos. Vamos a ello.

Como siempre, iniciamos jornada con Sección Oficial, en este caso además con unos visitantes asiduos al Zinemaldi como son los hermanos Arnaud y Jean-Marie Larrieu. En 21 nuits avec Pattie conocemos la historia de Caroline y su viaje a los Pirineos para hacerse cargo de una propiedad heredada tras el fallecimiento de su madre. Allí descubrirá a la habitual galería de personajes pintorescos e inolvidables (?), como ese que interpreta Denis Lavant, al que no se le entiende nada pero que para compensarlo tiene un gran pene con el que va resolviendo las cuitas sexuales de las damas de la comunidad, o el de André Dussollier, un encantador y refinado escritor con ciertos gustos tendentes a la necrofilia. Ay, como son las comedias vitalistas francesas eh, con sus ale-hop, sus un-deux, movamos esos cuerpos mes enfants que luego tenemos que disfrutar de una tosta de foie con vino de la Provenza y paladear el aire y la vida y el sexo y… sí, tal como parece, todo resulta desoladoramente agotador. También es cierto que esta crónica suena más venenosa de lo que se merece el film francés del que debemos destacar, ante todo, como la mayor de sus virtudes (?), su profunda inocuidad

21 nuits avec Pattie

21 nuits avec Pattie

Cuando todo el mundo al que conoces se convierte en un mismo ser, indistiguible en su forma, residuos de tu propia incapacidad de relación. Tedio, voces como ecos de tu propia agonía. A-no-ma-li-sa. Charlie Kaufman cambia la antigua sinécdoque de un escenario proyectado en una ciudad por la nueva sinécdoque de un ego limitado al espacio minimalista de una habitación de hotel. De lo monumental a lo molecular. El director neoyorquino pasa por la pequeña puerta que lleva al cerebro de John Malkovich de un escritor de libros de autoayuda, de ésos que te ayudan a conseguir el éxito profesional y a convertirte en un autómata, un producto más de una serie interminable. No queremos desvelar nada del argumento de Anomalisa, o al menos nada que el lector no pueda entrever de las líneas aquí apuntadas. Debéis llegar a sus fotogramas como el náufrago que llega a una isla sin saber que se va a encontrar, quizás solamente lo que podemos esperar de una situación así: la soledad y tal vez un viejo CD de Cindi Lauper, ése en el que cantaba Girls just want to have fun. El amor, el desamor, la vida. 90 minutos a recordar, vive Dios.

Anomalisa

Anomalisa

Inaugurábamos nuestro escrutinio de la sección Zabaltegui con la búlgara Losers, por la que tenemos que confesar nuestra debilidad: elementos de cine social aligerados por el disfraz de la comedia, entornos eternamente postindustriales y asimilación de una cultura, ajena a las raíces populares del país, que modifica las pautas y las expectativas de sus ciudadanos, especialmente los más jóvenes y vulnerables. Si hay alguien ahí fuera siguiendo estas crónicas con cierta periodicidad, es probable que ahora esté quejándose de la doble vara de medir utilizada con la etiqueta “films para adolescentes” en el caso que nos ocupa y el de ayer con Me, Earl and the dying girl pero es que el cine es, a fin de cuentas, una cuestión de verdad y ésta se percibe nítida en una de las frases finales del film de Ivaylo Hristov: “un pringado es toda aquella persona nacida en Bulgaria”. Aplíquenlo a su realidad más cercana, cambiando el nombre del país, y estarán empezando a entender a lo que nos referimos: el capullismo es una constante universal que no entiende de banderas sino de estatus. Damos fe.

Losers

Losers

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