San Sebastián 2015: Día 1

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The assassin

Asesinando, asesinando… triunfé patinando.

Día 1 en San Sebastián y parece que no hubiera cambiado nada en estos cuatro años. Las mismas risas en nuestra casa de temporada, el venerable Carlos Pumares contándonos anécdotas de Sitges para que le aliviemos de las interminables colas del Teatro Principal, los mismos desayunos amparados por la sombra monolítica del Kursaal y de nuevo la clásica pregunta: “¿alguien sabe cómo se llega al Antiguo Berri?”. Como si la tribu no supiera que es una leyenda urbana la existencia de tales salas, se finge que en realidad alguna vez hemos estado allí. Sí, es bueno volver a Donostia.

Regresión

Regresión

Hay una escena en Regression con cuya descripción podemos representar todo su metraje, todas sus fallas y sus obsesiones (es curioso que una película que habla de las obsesiones sea, a su vez, tan obsesiva). En dicha escena, una de las iniciales del nuevo film de Amenabar, se describe el hogar familar de Ángela (la sutileza nunca ha sido el fuerte del director de Tesis): caos, suciedad, gatos y orines en contraposición con la habitación de la propia Angela, libros ordenados, pulcritud y… más gatos (pero sólo en foto). Realmente toda la descripción psicológica de la cinta y de sus protagonistas cabe en esos momentos, el resto es reiteración, verbalización, efectos de sonido subrayando lo obvio, falta de confianza en la capacidad de sus espectadores. Todos los que hemos seguido la carrera de Amenabar conocemos su preocupación por los efectos del fervor religioso sobre una colectividad cerrada (Ágora es, obviamente, el ejemplo más nítido) pero con Regression el de Santiago de Chile se ha convertido en una especie de Lord Voldemort del anticristianismo, alguien tan obcecado en destruir a su némesis (?) hasta el punto de perder el contacto con la realidad que es, a fin de cuentas, el tejido que siempre le ha otorgado una plusvalía a su trabajo. La cicatriz que adorna el cuerpo de Angela-Emma Watson es, en este sentido, una señal sintomática de su monomanía. Quizá Dumbledore podría ser un buen consejero: “si eliges a alguien como tu enemigo le estás otorgando el poder de destruirte”. ¿Será nuestro hombre un illuminati? Recuérdenme que se lo pregunte a Dan Brown la próxima vez que nos veamos (?).

La asesina

La asesina

Parece un ejercicio un tanto fútil encuadrar genéricamente la nueva película de Hou Hsiao-hsien. Cierto que aparecen en su metraje buena parte de los rasgos que definen el wuxia clásico: protagonismo femenino, una relectura política que describe la opresión de las provincias por parte del Imperio centralista, confrontación entre los sentimientos personales y las obligaciones impuestas por el deber, etc. Pero lo cierto es que, desde el momento en que el taiwanés decide alejar su sensible objetivo de la observación directa de unos hechos para cubrirlo con suaves velos de seda o encajonarlo entre paneles de bambú lacado, el género como tal se desvanece y el wuxia muta en una Hou Hsiao-hsien movie. Una película que se mueve a lo largo de su metraje en torno a las oposiciones: los fríos y naturalistas colores en los planos exteriores y la calidez de los rojos en las interiores, las escenas de lucha, tan barrocas en Hero o Tigre y dragón, esquematizadas por su construcción minimalista, el blanco (color asociado a la muerte en China) de las órdenes de asesinato y el negro de la piedad de nuestra protagonista. Una asesina que, de nuevo en oposición con el título de la película, usa más el perdón como arma que el aguzado filo de su daga y en la que el retorno a la añorada Arcadia y el cumplimiento de una promesa hecha años atrás es la única meta a alcanzar. Al final, La asesina es un compendio de tantos pequeños detalles que supera el escuchimizado entorno de una crónica diaria, un asombroso compendio de tradición y modernidad.

Truman

Truman

Tocaba cerrar sesión con Cesc Gay y su Truman: cine que no engaña a nadie, buenos sentimientos, el acostumbrado desfile de estrellas habitual en el realizador catalán (una larga lista de cameos que te saca un poco de la película, digámoslo también) y un eficiente Ricardo Darín encarnando a un enfermo terminal de cáncer. También es cierto que no hay nada más que esto, no hay corrientes bajo la plácida superficie o señales indicando caminos divergentes. La honestidad aquí es, en cierta manera, su mayor virtud y su más obvia limitación. Un esperado transcurrir de momentos engarzados, uno tras otro, como cuentas en un collar de perlas. Quizá por esa simpatía (tan donostiarra) por la cosa perlífera, Truman cerraba su metraje con una atronadora ovación por parte del personal. Que nadie busque ironía en estas palabras, la cinta de Gay nos parece bien y no nos parece nada más.

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