Críticas: Los exiliados románticos

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LOS EXILIADOS ROMÁNTICOS (Vito Sanz, Luis E. Parés, Francesco Carril)

Rêveurs.

Más allá de su futura justificación narrativa, no es casual que Los Exiliados Románticos, la nueva apuesta fílmica de Jonás Trueba (apuesta real, entre colegas, según palabras de su director), empiece con la palabra “soñar”. Y menos casual resulta que la evocación de la palabra se materialice en una frustrada pronunciación francesa. La pronuncia, entre copas, uno de esos rostros que van volviéndose habituales en el cine de Trueba, el de Vito Sanz, cuya presencia en una película como Los Exiliados Románticos nos vuelve a llevar irremediablemente a Los Ilusos, el anterior trabajo del director de Todas las Canciones Hablan de Mí. Incluso podríamos llegar a considerar el final de aquella película y el principio de esta nueva que nos ocupa como parte de un todo. Y, sin embargo, algo ha cambiado, como si en esa elipsis que va entre una película a otra, aquellos apasionados del cine hubiesen regresado de un supuesto deambular para caer en ese poso de desilusión tan antitético a lo que planteaba el corpus discursivo de una película como Los Ilusos. Nada más lejos de la realidad.

Como Vito Sanz, los otros dos representantes de una masculinidad desnortada, Francesco (el romántico proyecto de cineasta de Los Ilusos) y Lluís convergen silenciosamente en una vieja Wolkswagen California para emprender un viaje cuyo objetivo se nos revela sobre la marcha. Es un viaje nacido casi de un impulso primario, de una necesidad vital. Ponerse en movimiento, volver a engrasar las ilusiones de juventud, es el equivalente a una resurrección. Y no sólo eso, también es apelar a lo más primario del cine. La idea de dar forma a una película, su gestación, tiene algo de vital. Porque ambas, vida y cine, se sustentan sobre el movimiento. Cuando Truffaut se preguntaba si el cine era más importante que la vida, ¿no hacía referencia a una parte de esta misma idea?

LOS EXILIADOS ROMÁNTICOS (Vito Sanz, Francesco Carril, Renata Antonante, Luis E. Parés)

Los Exiliados Románticos, busca recuperar el norte, volver a hacer una película de entretiempos con la que volver a reivindicar eso mismo: los tiempos muertos, las risas cómplices y las ganas de volver a vivir mientras resucitan, con más fuerza que nunca, viejos proyectos vitales y antiguas relaciones. Y aunque en realidad la meta por la que seguir adelante no vuelva a ser la realización de una película como en Los Ilusos, el objetivo final aquí, como en aquella, vuelve a ser una celebración de la vida. ¿Acaso cine y vida no van indisolublemente unidos de la mano? En Los Exiliados Románticos, el transeúnte despreocupado se convierte en figurante y pasa a la inmortalidad cada vez que entra y sale del encuadre. Cada mirada suya a cámara, tan llena de espontaneidad, cumple esa función de inundar una ficción de realidad, hacer converger cine y vida hasta convertirse en una sola cosa. Por esa misma razón, resulta incómodo aludir al concepto de personaje, cuando hablamos de los dos últimos trabajos de Jonás Trueba. ¿Cómo no iba a resultar difícil esa separación cuando la frontera entre realidad y ficción resulta tan difusa? Se trata en definitiva de refundar la vida a través del movimiento, el de un viaje hacia un tiempo y lugar pasados llenos de nostálgica felicidad, pero también el del cine. París es el lugar, el espacio donde reencontrar aquellos viejos impulsos, redefinirse y reciclarse para intentar seguir adelante mientras por sus calles los antiguos ilusos caminan y charlan con ecos rohmerianos. Porque al final no se trata de matar al “padre” sino de reivindicarlo. La furgoneta en la que se inicia el viaje es un viejo sueño de juventud que no resulta ser propio sino que pertenece al de los progenitores, mientras que el destino del viaje, Francia, apela hacia esos otros padres, los progenitores fílmicos, el de la Nouvelle Vague que aquí mira más a Rohmer que a Godard. En esos referentes quizás podríamos encontrarle a la propuesta de Trueba algo de impostura, de jugar a aquello que otros ya hicieron anteriormente con la despreocupación de alguien que parece haberlo descubierto por primera vez. Pero a su vez respira verdadera autenticidad, como si estuviésemos realmente ante fragmentos de vida.

LOS EXILIADOS ROMÁNTICOS (Vito Sanz)

Los Exiliados Románticos podría leerse también como un run for cover existencial, la huida de un lugar en el que no parece quedar nada mientras se refugia en lo ya conocido. Retomar viejos sueños de otros que, no por no propios, resultan menos evocadores. Del mismo modo existe un miedo explícito a afrontar ciertas problemáticas de la madurez (postergar una tesis como metáfora al terror de empezar a tomar decisiones), mientras que otros momentos, incluso el temor de un posible rechazo amoroso, se convierten en un acto de sentirse vivo. Por eso mismo, una parada improvisada en un hermoso lago ubicado en un no-lugar puede convertirse en la última etapa del viaje, el momento postergado hasta el infinito de todo sueño feliz del que uno anhela no despertar jamás.

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