Críticas: Francisco (El padre Jorge)

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Habemus papam, che.

Francisco (El padre Jorge) abre con un recorrido turístico por los lugares de Buenos Aires más representativos de la vida del Papa Francisco. En el autobús viaja una periodista española junto a su hija de ocho años, una niñita que hace las delicias de la guía turística que les acompaña en el tour y del resto de pasajeros por sus conocimientos sobre el pontífice. Mientras la guía va explicando lo que representa cada rincón del Buenos Aires más turístico en la vida del Papa, se van alternando flashbacks de aquellos momentos importantes que sucedieron en cada uno de los enclaves en los que el autobús se detiene. Todo es demasiado amable, demasiado encantador, demasiado pulcro, y uno se pregunta si será un prólogo intencionadamente benevolente para, a continuación, introducirnos en la vida humilde y dedicada al servicio de las personas más desfavorecidas del padre Jorge Bergoglio. Nada más lejos.

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Francisco (El padre Jorge) es tan aséptica, tan extremadamente maniquea y tan obvia en la caracterización de cada personaje, que la postal turística de Buenos Aires que supone el principio de la película tiene más credibilidad que el resto de las casi dos horas de metraje de la misma. El film de Beda Docampo Feijóo se mueve entre saltos temporales en los que alterna los encuentros entre la periodista, interpretada por Silvia Abascal, y el padre Jorge desde la primera vez que se conocen, y una sucesión de los momentos esenciales en la vida de Bergoglio. Desde el descubrimiento de su vocación (no se explica muy bien por qué) rechazada por su familia pero sorprendentemente bien aceptada por sus amigos adolescentes, su fugaz enamoramiento a primera vista de una chica en una boda (que, suponemos, le haría replantearse su destino pero que tampoco se da a entender), hasta sus dudas sobre sus responsabilidades al ser nombrado máximo exponenete de la Iglesia católica.

Sin embargo, cuando quiere meterse en temas conflictivos como las amenazas por parte de los narcotraficantes en las zonas marginales de Buenos Aires, las acusaciones de colaboración con la dictadura de Videla o los entresijos “conspiranoicos” del cónclave papal, lo hace careciendo por completo de la complejidad que estos temas requerirían en un biopic tratado con la mayor objetividad posible. Pero, al contrario, lanza estos temas cual simples anécdotas en el camino del futuro Papa sin un desarrollo dramático que los justifique y sin profundizar mínimamente en ellos. Esa falta de enjundia, no obstante, la suple con la obviedad de cada elemento: a toda conversación en la que se habla de algún momento de su vida le acompaña un flashback justo con ese momento. Eso sí, temas como el aborto tan presentes y criticados en la película, se tratan con una falsa sutileza (procura no mencionar la palabra aborto) aun más vergonzosa que sus obviedades.

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Posicionamientos ideológicos al margen, Francisco (El padre Jorge) hace del biopic un álbum de fotografías aleatorias de la vida del pontífice, subrayado por una banda sonora compuesta para resaltar sin recato las emociones y por un rosario enorme de fundidos a negro. Por la pantalla desfilan además numerosas caras conocidas del cine argentino y español, en ocasiones como simples adornos al lado de Grandinetti y Abascal, y en otras para dar vida a personajes cuyos diálogos son aun más sonrojantes que su prácticamente nula presencia, como es el caso de un desaprovechadísimo Carlos Hipólito. Hay que resaltar en cambio la cuidada caracterización e interpretación de Darío Grandinetti que, en algunos momentos, es capaz de salvar los pocos muebles de los que dispone la película. En demasiados pocos momentos, en verdad.

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