Críticas: B

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Bárcenas ante el peligro.

David Ilundain plantea B, su ópera prima en el largometraje, casi como si fuera un western, sustituyendo los duelos con pistolas por particulares batallas verbales. En la primera parte de este curioso filme asistimos a un cara a cara entre el juez Ruz y Luis Bárcenas. Ambos disparan sus particulares balas en forma de preguntas y respuestas  en un juzgado que funciona a manera de la calle de un pueblo del salvaje oeste donde los asistentes al proceso asumen el papel de los atónitos habitantes de la población que observan la refriega. De hecho, la película se puede considerar casi una sucesión de duelos: el ex tesorero del Partido Popular no solamente se enfrenta al magistrado de la Audiencia Nacional, sino a los representantes de las acusaciones particulares.

En definitiva, Ilundain imprime tensión plenamente cinematográfica a la trascripción literal de un interrogatorio real que sirve como base al largometraje.  Lo hace valiéndose de dos actores de excepción: Pedro Casablanc, que asume el rol de Luis Bárcenas, y Manolo Solo, en la piel del juez Ruz. Los dos ya habían interpretado a sendos personajes en Ruz-Bárcenas, la obra de teatro en la que se inspira la cinta. Casablanc encarna con naturalidad el papel de un hombre seguro de sí mismo que solamente pierde el control cuando se hace referencia a uno de los pilares del partido político en el que militó. El sevillano logra incluso imitar de manera nada forzada el lenguaje corporal del acusado, alejando así la sombra de la caricatura. Por su parte, Solo consigue expresar sin aspavientos la tensión a la que se sometía el joven  juez de la Audiencia Nacional en un proceso que tenía en vilo a toda España. Junto a estos dos grandes actores hay que destacar el trabajo de un no menos espléndido Patxi Freytez, que encarna con  humor a ese incisivo abogado de la acusación particular que puso contra las cuerdas a Bárcenas.

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No obstante, Ilundain va más allá de una buena dirección de actores. El navarro saca provecho del angosto tribunal donde tiene lugar el interrogatorio para captar perfectamente el ambiente claustrofóbico y cargado de la sala. A la vez, rehuye airear la acción, una tentación de la mayoría de las adaptaciones de obras de teatro que pocas veces da el resultado deseado.

A ello hay que unir ese tono de falso documental que el realizador otorga al conjunto. La cámara reencuadra una y otra vez a los protagonistas como si se tratara de un reportaje televisivo donde no están estudiados los movimientos de los individuos y hay que captarlos a toda costa. Evidentemente, es una estética buscada y planeada que logra que la película sea más dinámica.

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Sin embargo, estos recursos cinematográficos no despistan sino que contribuyen a hacer más interesante aquello que el realizador quería mostrar: el interrogatorio donde el antiguo responsable de las cuentas del Partido Popular reconocía la financiación ilegal de la organización política.  La propia actitud de Bárcenas, relajado en gran parte del proceso y respondiendo sin casi titubeos a las preguntas del juez, parece dejar patente que no mentía. Solamente el nerviosismo con el que contesta a las cuestiones relativas a la posible implicación del ex presidente José María Aznar pone en entredicho al ex tesorero.

De esta manera, sin subrayar en ningún momento su mensaje, el cineasta navarro ha realizado una pieza de cine político que apela a la inteligencia del espectador sin adoctrinarle en ningún momento.

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