Críticas: Sin hijos

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Maribel y la extraña familia.

Gabriel se prepara para ser padre y Vicky se dispone a viajar por el mundo sin rumbo ni objetivo vital fijo cuando se reencuentran brevemente años después de haber coincidido en el instituto. Él, enamorado platónicamente de ella desde entonces, no sale de su asombro al escuchar de su boca que la atracción entonces era mutua. Ocho años después se vuelven a encontrar en lo que parece el momento, ahora sí, adecuado para ambos. Él lleva años separado y sin pareja y ella quiere echar raíces de nuevo en Buenos Aires pero, mientras Gabriel sólo vive por y para su hija Sofía, Vicky no sólo toma la firme decisión de no tener hijos nunca sino que tiene hacia los niños una fobia enorme.

Este es el punto de partida de Sin hijos, una comedia coproducida entre España y Argentina que vuelve a poner en el punto de mira las inseguridades de los personajes masculinos ante las responsabilidades, el amor y la vida en general. Diego Peretti encarna a ese prototipo de hombre entrado en la cuarentena cuya vida se ha desarrollado siguiendo una serie de patrones establecidos por encima de sus propios deseos. Gabriel comienza una carrera que nunca termina por tener que atender el negocio que regenta junto a su hermano y por casarse para fundar una familia, sin que todo ello, salvo su hija, le haga mínimamente feliz.

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Si bien Sin hijos intenta transitar por el camino marcado por las comedias románticas norteamericanas, en las que la premisa parte de lo que pudiera ser una situación real que se va enredando en giros disparatados, la inverosimilitud que propone el guión prácticamente desde el primer momento es tal que se hace imposible empatizar con cualquiera de los personajes o de las circunstancias por las que pasan. A la exageración de las mismas: la irracionalidad de la aversión que manifiesta Vicky por los niños o la desquiciante mentira que Gabriel va engordando sobre su hija, se le une por un lado la aglomeración de tópicos del género y por otro el hecho de no entender en ningún momento qué impulsa al protagonista a esconder lo que hasta entonces había sido el único pilar de su existencia.

Nada en la relación que surge entre Vicky y Gabriel es creíble y lo que, además, en un principio podría ser visto como un intento de reivindicar la libertad de elección de las mujeres sobre la maternidad tampoco funciona en tanto en cuanto el personaje protagonista femenino es mostrado como una mezcla de madrastra malvada y de mujer liberada que de pronto se ve preparada para un compromiso sentimental. Tan  poco verosímil es todo lo que ocurre que incluso, en una de las escenas supuestamente más emotivas de la película, el personaje de Verdú con lágrimas en los ojos le confiesa a Gabriel que se enamoró de él para no tener que seguir haciendo maletas, lo cual echa también por tierra cualquier resquicio de poder creer todo lo que ocurre a raíz de dicha relación.

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Sin hijos es por tanto un cúmulo de situaciones en las que la previsibilidad y la poca consistencia de su argumento acaban por aburrir, cuando no provocar vergüenza ajena, y en el que la poca química que existe entre Peretti y Verdú no hace más que encaminarse hacia un fracaso inevitable. Es curioso que entre tanto desatino sea la niña quien no solo lleve la voz cantante en el enredo organizado por su padre, sino que la pequeña actriz que la interpreta sea la única que parece estar creyéndose su papel.

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