Críticas: El cartero de las noches blancas

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La vida sin prisa.

Dice Andrei Konchalovsky sobre El cartero de las noches blancas que su película es un intento por estudiar la vida sin ninguna prisa, por comprender si la esencia del cine es la simple contemplación del momento en que una persona asume su unidad con el universo. El director se acerca a los habitantes de un poblado en el norte de Rusia a orillas del lago Kenozero, aislado geográficamente por el muro líquido que éste supone y también en un tiempo que parece detenido desde hace décadas, con una mirada contemplativa y casi documental con la que retrata la realidad diaria de sus gentes a través del hilo conductor de la historia ficticia del cartero local. Konchalovsky observa pasivo el paisaje inalterable del lago y sus alrededores al mismo tiempo que comprueba cómo el paso de los días en el pueblo es casi como ver pasar ante sus ojos el lento avance del deterioro de una forma de vida.

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Los días del cartero Liokha, como los del resto de los habitantes del pueblo, transcurren entre la rutina y el tedio de despertarse cada mañana para, en el mejor de los casos, pasar la mayor parte de la jornada con una ocupación que le siga manteniendo alejado del alcohol. Peor suerte corre la mayoría de sus vecinos para quienes el vodka es el refugio en el que esconderse del hastío de sus vidas desde que se levantan hasta que finalizan el día con la sintonía del programa de más éxito en la televisión. El vodka y el agua, sustento y cárcel a la vez de Kenozero y de sus gentes, no provocan sacudidas que le sirvan Konchalovsky como medio para criticar al sistema o hacer denuncia social como hiciera Andrei Zvyagintsev en Leviatán. El cartero de las noches blancas empapa la resignación de un pueblo en las aguas tranquilas del lago, que casi ni se inmutan ante el paso de la lancha del cartero.

Sólo un pequeño atisbo de irrealidad asoma por la mente de Liokha en forma de alucinaciones que le recuerdan su soledad y le llevan a creer que desea un cambio que no quiere. Es en esos momentos en los que la realidad poética que plasma Konchalovsky deja paso a otro tipo de poesía, a una ensoñación metafórica en forma de gato gris que vigila al protagonista o el sonido del himno soviético que acompaña al protagonista dentro de un edificio en ruinas sin saber de donde proviene; una música entre ruinas que, como indica la frase de La Tempestad de Shakespeare elegida como epílogo, “ya no suena más”.

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Konchalovsky utiliza para reflejar la conformidad de la vida a los propios habitantes de Kenozero, quienes se interpretan a sí mismos sin excesos, sin improvisaciones o sin imposturas que puedan provocar una falta de verosimilitud en sus actuaciones. Al contrario, todos ellos aparecen de una forma natural como parte de ese paisaje abandonado a su suerte que ni siquiera se altera con el lanzamiento de un cohete espacial. En un momento de El cartero de las noches blancas, uno de los vecinos afirma que la (mínima) pensión que el Estado les concede y el hecho de poder comer todos los días son suficientes para vivir. Ya no importa si la corrupción asola un país que a todas luces les es más que ajeno, ni si las nuevas tecnologías algún día harán desaparecer su forma de vida. Sólo queda la nostalgia de un tiempo que con la distancia aparece distinto, no mejor ni peor, y aceptar que ese tiempo no ha cambiado para Kenozero.

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