Críticas: Amar, beber y cantar

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El legado de Resnais.

Nada se parece menos a una película de Resnais que otra película de Resnais, decía en el funeral del director francés uno de los actores que más veces trabajó con él. Uno de los máximos exponentes de la experimentación cinematográfica francesa, miembro por derecho propio de la Nouvelle Vague, Alain Resnais dejaba huérfana a la cinefilia internacional el 1 de marzo de 2014 a punto de comenzar con 91 años el rodaje de un nuevo film. Como bien decía Pierre Arditi, el autor de la citada frase, aquello de “genio y figura…” era visiblemente aplicable a la capacidad de Resnais para seguir apostando por la identidad propia hasta el final de sus días a la hora de contar historias, incluso con aires tan clásicos como la de su última película. Amar, beber y cantar es otra de las adaptaciones que Resnais llevó a la pantalla de un texto de Alan Ayckbourn, una historia típica de enredos matrimoniales ambientada en la campiña inglesa protagonizada por varios rostros de los habituales en el cine del director galo.

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Es curioso el paralelismo que, una vez conscientes de estar ante la última película del director, se puede rebuscar como si se tratara de encontrar en ella un obituario premeditado. Quizá lo trasnochado que pueda aparentar un argumento como el de Amar, beber y cantar, unido a la reunión de esa familia de actores presente en una inmensa mayoría de sus films, esta vez sin embargo sin el ya mencionado Arditi, se pueda interpretar como un último homenaje que parte desde lo más íntimo de su círculo. Un elenco formado por entre otros Sabine Azéma, André Dussollier o Michel Vuillermoz da vida a parte de esas tres parejas que se replantean sus ganas de vivir y sus ansias de libertad ante la proximidad de la muerte de un amigo común. Sin embargo, la inminente partida de Resnais no se queda en una historia manida de autodescubrimiento maduro, no sería propio de quien revolucionara la cinematografía francesa con su Hiroshima, mon amour.  Resnais va más allá de la simple filmación de una representación teatral como la que es la obra que adapta, siguiendo el juego metalingüístico que ésta ya adoptara en su texto original.

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Life of Riley, la obra en cuestión, posee la cualidad de jugar con la dicotomía entre realidad y ficción, con el teatro dentro del teatro utilizando como excusa otro de los textos que el propio Ayckbourn escribiera en 1965, Relatively speaking. El director francés adapta esa teatralidad, tanto formal como interpretativa, del texto a la película sin perder esa capacidad de romper con los esquemas de la narrativa audiovisual más convencional. Por delante de la cámara aparece una obra con cuatro decorados principales de los que los protagonistas entran y salen por entre las cortinas que separan el escenario de la tramoya; actores rompiendo la cuarta pared para confesar sus más íntimos pensamientos, e intertítulos separados por dibujos de esos mismos decorados y por, ahora sí, imágenes en movimiento de los coches que se desplazan de un escenario a otro; elipsis temporales y un argumento marcado por dos protagonistas absolutos que jamás aparecen en la obra pero que son los principales motores de las acciones de quienes sí lo hacen. Al igual que nunca se nos permite asistir a los ensayos de la obra que los personajes tienen entre manos, la figura omnipresente de George Riley planea invisible por toda la historia creando conflictos entre las tres parejas que conforman el reparto y transformando el dolor por su inminente pérdida en una ilusión por la vida inusual en sus existencias rutinarias.

Amar, beber y cantar no es redonda, su guión adolece de altibajos que caen en la repetición en su segunda mitad; no corre los riesgos que corrían películas como El año pasado en Marienbad, no es convencional pero tampoco original, no es por supuesto la obra cumbre que cierra la carrera de un autor iconoclasta como pocos. Pero sí es la devastadora constatación de que esta será la última ocasión en la que podremos disfrutar de su genio. Ya lo sentenció Thierry Frémaux tras su muerte: Ya no habrá más películas de Resnais.

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