Presentación: El mundo sigue

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El mundo sigue

La España de ayer y de hoy

A punto de la lágrima, Gemma Cuervo recordaba el pasado lunes en la Academia de Cine el dolor que Fernando Fernán Gómez conseguía transmitir en El mundo sigue de una España de posguerra sumida en una miseria moral más profunda que la económica. Decía Cuervo que sentía demasiado temblor dentro de su alma tras ver por primera vez en pantalla grande, después de 52 años, cómo su trabajo la trasladaba a la realidad que ella y todo español vivió en aquellas fechas, “es muy dura la película, pero es que nuestra vida era así de dura. Las calles eran así, la tristeza era así, la miseria era así y las bajezas eran así.”

Y es que más de medio siglo después de que se realizara, por fin se hace justicia con una de mejores, y más duras, películas que ha dado nuestro cine. El mundo sigue fue relegada al cajón del olvido tras una brutal represión económica por parte de la censura, que no sólo recortó sus diálogos sino que le otorgó la peor clasificación posible dejándola al margen de cualquier subvención para poderse estrenar. De este modo, sólo pudo verse en un programa doble en el cine Buenos Aires de Bilbao el 10 de julio de 1965. Precisamente el día en el que se cumplen 50 años de este estreno casi clandestino, la película de Fernán Gómez se estrena oficialmente en varias salas españolas a través de la distribuidora A Contracorriente, y gracias al empeño de Juan Estelrich, hijo del productor de la cinta, que ha pasado años restaurándola.

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La que, según palabras de Fernando Trueba, probablemente sea la película más feroz describiendo la sociedad española que jamás se haya hecho en este país, retrata desde el melodrama la mezquindad y la hipocresía fruto de la necesidad y las convenciones a las que se obligaba casi de manera obscena a vivir en los años 50 a la población, y en especial a las mujeres, en aquella época. Considerada como la conclusión de una trilogía formada por La vida por delante y La vida alrededor, El mundo sigue se aleja del tono de comedia que tenían aquellas dos y del matrimonio formado por Antonio y Josefina, los personajes protagonistas, para mostrar la dura realidad de la España de aquellos años a través de los dramas de una familia cualquiera de Madrid. Una grandísima Lina Canalejas da vida a Eloísa, la hija mayor de un matrimonio compuesto por un estricto agente de la autoridad y una ama de casa abnegada, cuyo pasado como reina de la belleza del barrio resuena en su cabeza como el eco de una vida que pudo haber elegido y no hizo siguiendo las convenciones morales para casarse y formar una familia. Eloisa sufre las consecuencias de un matrimonio, ya sin amor, con un camarero adicto al juego que la maltrata física y psicológicamente, pero del que su honra, sus convicciones y sus hijos no le permiten salir. El odio que siente por la vida que lleva, la vida que toda mujer “decente” debe llevar, lo exterioriza hacia su hermana Luisita, a quien da vida Gemma Cuervo, por ser capaz de llevar una vida más libre y aprovecharse de sus encantos para hacer dinero a costa de los hombres que la pretenden.

Se entrecruzan en El mundo sigue la hipocresía de la superioridad moral con la que surge del mal menor en el que se convierte el que una vida “disoluta” anteriormente reprobable, conduzca a procurar el sustento de toda la familia. Una sociedad hipócrita en la que se dan cita el machismo más cruel y la mezquindad sin tapujos. El cronista de un tiempo Fernando Fernán Gómez, como le denominó José Sacristán, coloca según éste a sus personajes “en unas circunstancias en lo que observamos es lo patético, lo doloroso, lo extremo de una situación a la que se ven sometidos, y el dolor que padecen está producido por unas circunstancias que son las que se están criticando.” Al mismo tiempo, hace una crónica del Madrid de aquellos años intercalando entre su historia imágenes casi a modo de documental de sus calles, “puedes tocar el Madrid de esa época” comentaba Trueba.

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Es sorprendente cómo, a día de hoy, El mundo sigue se muestra como una película aun más moderna que cualquiera de las que se producen actualmente. Cómo es capaz de hablar del aborto, de la degradación de la mujer, de la violencia de género y de la religión (casi de una manera esperpéntica), en un tono en el que aun en la actualidad sería susceptible de causar una gran controversia. En palabras de Sacristán, “es como si Fernando se hubiese puesto a rodar esa película desde una posición moral anticipada al propio tiempo en que se hizo”. El mundo sigue como siguen los niños jugando libres en la plaza mientras una madre sube cansada los interminables escalones de su casa para preparar la comida a su familia al inicio de la película; como seguirán jugando al final de ella mientras el descanso eterno de quien no es capaz de soportar un minuto más de una vida que le ha sido impuesta, se convertirá en losa para quienes no evitaron su desgracia. Como apuntaba Trueba, “es importante que esta película se vea para que se sepa qué país era este […] y entre todos lo que tenemos que conseguir es que ocupe el sitio que se merece.”

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