Críticas: Pixels

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Pixels - (PORTADA)

«¿Pac-Man es de los malos?» Ergo, ¿Pixels es de las malas?

Considero que Pixels queda resumida en el cover de Tears for Fears (‘Everybody Wants To Rule The World’) que realiza el personaje que interpreta Josh Gad. Se trata de una versión con orquesta y cierto aire de sofisticación sobre el escenario. Pese a que ese supuesto friki vestido de etiqueta trata de no desafinar y dar todo frente a la audiencia, su actuación denota una impostada comicidad, víctima del histrionismo de las propias circunstancias. Rápidamente, la escasa dignidad alcanzada se esfuma al perder conscientemente la compostura: el bufón se lanza al suelo para hacer gestos y coreografías groseras —y buscar desesperadamente la risa fácil de los espectadores— y, al mismo tiempo, dar sentido a esa incoherencia (y contradicción) respecto al tono infantil en la que insisten los mecanismos que componen la cinta de Chris Columbus. Pudiéremos plantearnos distintas preguntas. ¿Se suponía que alguien soñaba con una actuación sentida y medida, adecuada a la épica del tema de Curt Smith y Roland Orzabal? ¿Se puede tomar en serio a sí mismo Josh Gad? ¿Esperaba alguien que lo hiciera el actor que recientemente ha protagonizado junto a Billy Crystal una serie de comedia en FX? Más allá de la propia referencia y homenaje hay demasiado poco que analizar a través de un ingenuo y disfuncional sketch. Pixel, en definitiva, cede a esa suma de elementos discordantes y confusos, haciéndonos pensar si se trata de una comedia cuyo único recurso son sus inapropiados chistes sexuales o un torpe intento de vestir de etiqueta al frikismo.

Pixels - Adam Sandler, Matt Lintz, Q-Bert

El film que protagoniza Adam Sandler en cierto modo nos remite a la nostalgia y al homenaje de una década tan recurrente como perdida, tan idílica como esos videojuegos y arcades que enmarcan sus conexiones. Ese viaje lo acentúan su prólogo y créditos finales junto a sus intentos de hacernos recordar a Galaga, Space Invaders, Paperboy, Tetris, Q*bert, Centipede, Frogger, Donkey Kong y un alargado etcétera que también quedaba perfectamente compendiado en el corto de Patrick Jean. Pixels tampoco es esa soñada comunión de una de las piezas de ‘Antología del interés II’ (4×03) de Futurama sumando elementos de ‘Digital Estate Planning’ (3×20) de Community y dando forma al delirio bajo la batuta de Mars Attacks! de Tim Burton. Puede que sean malos tiempos para arriesgar en el mainstream. Después de los fiascos que supusieron en la taquilla estadounidense Scott Pilgrim contra el mundo de Edgar Wright —como incluso Battleship de Peter Berg— los homenajes al reino de los videojuegos y las invasiones alienígenas más bastardas van con pies de plomo. Pixels no quiere ir mucho más lejos de lo ofrecido en su trailer, premisa y póster, trayendo a Pac-Man como una nueva variación de Kaiju que asole una metrópolis como Nueva York pero limitando tanto el escenario como la partida de ese comecocos emocional. El guión de Tim Herlihy y Timothy Dowling desea caminar sobre un terreno seguro y aunar el concepto de la más absurda y delirante invasión extraterrestre de la historia con toneladas de nostalgia ochentera. El inconveniente es que han seguido el manual habitual en sus libretos previos para Sandler tratando ahora de reconvertirlo en un ‘loser’ y ‘nerd’ traumatizado por ser un ‘segundón’ en un campeonato de videojuegos en el que participó en su infancia. Lo sentimos, esta máquina recreativa llamada cerebro humano no se traga semejante y trucada moneda.

Pixels - Michelle Monaghan, Adam Sandler, Josh Gad y Peter Dinklage

Los principales problemas de Pixels son tanto su molde como sus patrones, sus arrebatos insulsos de establecer conflictos románticos esculpidos en traumas y clichés sexuales. Lejos de rentabilizar una revisión de Los cazafantasmas de Ivan Reitman, Pixels únicamente funciona cuando utiliza el corto de Patrick Jean en el que se basa para establecer ese choque pixel-vóxel-izado de la nostalgia ochentera con el actual mundo contemporáneo. Desconozco hasta qué punto Chris Columbus es consciente de que su estrella se ha convertido en un Pac-Man que devora todo el entretenimiento para hacer suyo el escenario, para convertir la nostalgia en otro producto descafeinado de Happy Madison Productions. Existe un interesante pero breve discurso respecto a la evolución de los videojuegos, de esos patrones y matemáticas que se han transformado en un mundo de caos realista y violencia ensangrentada. Obviamente Pixels nunca tiene claro un tono propicio y dilapida todo en esas incoherencias, desaprovechando incluso a Jane Krakowski y dejando claro en esos clips manipulados de Madonna o Hall & Oates que el concepto simplemente se basa en manosear la nostalgia y la referencia. Esa discordancia aparece hasta en las parafilias del ególatra jugador de videojuegos que interpreta Peter Dinklage. Serena Williams y Martha Stewart conforman una de las más extrañas y confusas fantasías sexuales jamás concebidas. Incluso esa incoherencia del discurso aparece de nuevo en la modulación de la propia obra. En EEUU su rating ha sido de PG-13 mientras que en España su calificación ha sido no recomendarla para menores de 7 años. El problema es que ese empacho infantil, disfrutable para los más pequeños, se convierte en un traumático videojuego a tiempo real para sus padres tratando de explicar a sus vástagos qué significan palabras como «minga» y «comechichis». Pero, en realidad, la ciencia ficción de Pixels la ponen los respectivos divorcios de la pareja protagonista y cómo quedan relacionados todos los personajes en su introducción. Por no hablar de esa capacidad distópica de la cinta tanto para retratar la política norteamericana e internacional como por convertir a Kevin James en el presidente más impopular e inepto de la historia de los EEUU…

Pixels, en definitiva, es una oportunidad perdida por concebir el proyecto y dotarlo de la forma de las producciones de Adam Sandler e intentar hacernos creer que es un friki-geek capaz de salvar el mundo. Pudiéramos imaginarnos la cinta que dirige Chris Columbus al servicio de los protagonistas de Silicon Valley de HBO o soñar con Sheldon Copper, Leonard Hofstadter, Howard Wolowitz y Raj Koothrappali ejerciendo como inusuales ‘cazafantasmas de videojuegos’. Considero que era el sueño pixelizado de cualquier espectador ante semejante y delirante premisa. El problema, aparte del fondo y la forma, también es el propio escenario. Vivimos en tiempos en los que el universo Sharknado ha envuelto al espectador en un halo de absurda estupidez y de pretendida y rebuscada hipérbole —y en los que la Serie Z ha tomado el control de lo cotidiano y las producciones de The Asylum son más originales y arriesgadas que las del propio mainstream—. Y Pixels, en comparación al universo de Anthony C. Ferrante, parece el capítulo más cándido y menos inspirado de Dora la exploradora con incisos de lenguaje malsonante.

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