Críticas: Ghadi

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Bienvenido, Mr. Ghadi.

Una elipsis temporal de varios años separa los dos actos en los que se divide Ghadi. Dos actos en los que el barrio en el que tiene lugar y sus habitantes parecen no haber sufrido el paso de ese tiempo en el que el protagonista, Leba, deja una infancia plagada de burlas debido a su defecto al hablar, para convertirse en un reputado profesor de música. Las mismas 50 personas que conviven en el diminuto barrio en el que transcurre la historia, y que el pequeño Leba presenta al comienzo de la película en una precisa y extraordinaria descripción del contexto en el que se sitúa la acción, viven años después anclados en su mundo de chismorreos, intolerancia y pequeños pecados “sin importancia” que expían poniéndole velas al santo local que les vigila desde lo alto de la iglesia. El barrio se convierte así en el verdadero protagonista de la película de Amin Dora, al que concede el papel de representar todos los males de una sociedad corrupta y basada en el patriarcado más estricto.

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Tras lo que parece ser un cuento encantador sobre la aceptación de las diferencias, que el debutante Dora dirige imprimiendo un cierto aire al humor costumbrista de cinematografías como la italiana o la española, Ghadi basa su argumento en el miedo y la intransigencia hacia lo diferente, así como la crítica a la facilidad con la que las religiones son capaces de cambiar la mentalidad de todo un pueblo. Dora lleva a la pantalla el guión del protagonista del film, Georges Khabbaz, que se mueve siempre sobre la fina línea que separa el drama más cruel de la comedia más dulce, pero que sin embargo bascula también entre la sátira y el planteamiento aleccionador, en ocasiones tremendamente reaccionario. La ironía con la que juzga los fanatismos religiosos se da de bruces con otras cuestiones morales en las que la obviedad se impone de una manera demasiado tosca, rompiendo con el tono sutil de la crítica que mantiene durante el resto del metraje.

Casi al final de la película, uno de los lugareños le espeta a Leba La mentira es más grande que tú ahora, más grande que todos nosotros. Si los personajes de Ghadi viven en una mentira que hay que corregir a base de una mentira mayor, el cineasta libanés parece querer revestir el film de igual manera. Con una técnica fílmica impecable, haciendo de cada fotograma una pequeña obra pictórica, y un evidente dominio de la narrativa audiovisual, bajo la crítica al adoctrinamiento masivo Dora enmascara mensajes sumamente conservadores terminando la película incluso con un epílogo que parece sacado del argumentario de asociaciones ultra católicas. Es por todo esto que el film no deja nunca de debatirse entre la salida airosa de una premisa argumental que en otras manos podría haber rozado el ridículo y el sermón que acaba dejando un regusto demasiado amargo entre tanta dulzura.

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Porque a pesar de la contundencia con la que a través del humor critica la fe religiosa, llegando incluso a afirmar solapadamente el hecho de que toda religión se basa en una mentira, o el (nulo) papel de la mujer en una sociedad tan cerrada, también se echa en falta en Ghadi es un poco más de mordacidad a la hora de retratar la facilidad con la que las mentes obtusas son susceptibles de adoptar una creencia. La intención moralizante evita así ese toque necesario más cercano a los textos incisivos de Azcona llevados a la pantalla por Berlanga que a otros más condescendientes como fuera por ejemplo el de Benigni en La vida es bella, con la que comparte la intencionalidad de disfrazar una realidad demasiado insoportable de aceptar, para no inclinar la balanza tanto hacia la fábula amable y que provoca que haya momentos en los que ésta acabe ocultando a la crítica que pretende hacer.

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