Críticas: El secreto de Adaline

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¿Quién quiere vivir para siempre?

El melodrama es un género lleno de peligros donde resulta bastante difícil encontrar la temperatura emocional adecuada. Un desmesurado sentimentalismo da lugar, en la mayoría de los casos, a películas lacrimógenas, mientras que la contención excesiva puede provocar una cierta frialdad en el espectador. El secreto de Adaline incurre precisamente en este segundo error durante gran parte de su metraje, aunque logre alzar el vuelo en el último tercio gracias a un afortunado giro de guion que logra conmover sin recurrir al golpe bajo.

La cinta sigue los pasos de una mujer que mantiene su apariencia juvenil décadas después de sufrir un extraño accidente. Su aspecto físico, inalterable con el paso del tiempo, generará suspicacias y la convertirá en una fugitiva.

El punto de partida no es excesivamente original. En el fondo, la película aborda la típica paradoja de todo personaje inmortal: la aparente bendición de ser eternamente joven se convierte en una maldición cuando observas que aquellos a los que quieres envejecen y mueren.

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El director Lee Toland Krieger demuestra una cierta elegancia a la hora de mostrarnos este melodrama con toques fantásticos, aunque su excesiva corrección resulte en algunos momentos un tanto aburrida. No ayuda un guion irregular, obra de Salvador Paskowitz y J. Mills Goodloe, que sólo abandona la monotonía en el último tercio del filme.

Los responsables  del largometraje aprovechan que la protagonista trabaja en un archivo cinematográfico para contarnos parte de su historia, que abarca gran parte del siglo XX y los primeros años del XXI, como si fuera un documental donde una voz en off nos va aclarando algunos aspectos de la azarosa vida de Adaline. De paso, el realizador aprovecha para hacer un repaso a la estética cinematográfica predominante en cada década, especialmente evidente cuando aborda los años cincuenta, mostrados con los tonos vivos propios de los melodramas de Douglas Sirk y las producciones de Ross Hunter.

No obstante, la apuesta de la cinta por contar el pasado de Adaline como si fuera casi un noticiario resulta contraproducente al dotar al conjunto de un tono aséptico muy poco acorde con el género del filme. Lo mismo se puede decir de la manera bastante anodina con la que están plasmados los primeros momentos de la relación de la mujer con un joven del siglo XXI, al que da vida un blando Michiel Huisman.

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Sin embargo, contra todo pronóstico, El secreto de Adaline remonta en su tramo final, cuando la protagonista decide acompañar a su nuevo novio a la celebración del aniversario de bodas de los padres de éste. A partir de ese momento, el filme eleva considerablemente su nivel para lograr la ansiada emoción. Gran parte del mérito recae en la presencia del veterano Harrison Ford, perfecto en el papel de un hombre maduro que se ve sorprendido por un personaje que marcó su pasado. A la vez, este último giro permite que Blake Lively, encargada de dar vida a la bella inmortal, deja patente que es una actriz dramática más que competente y no un simple rostro bonito.

En resumen, El secreto de Adaline es un correcto e irregular melodrama con elementos fantásticos que plantea la misma pregunta que los miembros de Queen se formulaban en su balada para la película Los inmortales: ¿Quién quiere vivir para siempre?

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