Críticas: Ant-Man

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Ant-Man - PORTADA

«Lo increíblemente pequeño y lo increíblemente grande se encuentran en un momento dado para cerrar un gigantesco círculo».

Da la impresión de que el cine comercial se ha convertido en un gran poder que maneja invisibles hilos directos hacia millones de antenas de ‘insectos eusociales’. Somos hormigas atrapadas en esa gran marabunta que forma el gran público que acude en masa a disfrutar de blockbusters anunciados con mastodónticos fuegos (de artificio y) artificiales. Ant-Man, film que cierra la ‘Fase 2’ del Universo cinematográfico de Marvel, ha desatado por el contrario distintas y contrarias corrientes, como si no quedara claro el rumbo a seguir de esa colmena que se estimula por trailers y guiones filtrados y todo tipo de material mediático que determina los trending topics y virales de la red generalmente con fecha de caducidad. ¿Es el principio del fin o el comienzo de una ya constatada revolución? La realidad es que la cinta de Peyton Reed quedó marcada tras el abandono del proyecto de Edgar Wright y el dardo envenenado de Joss Whedon: «Creo que el guion no sólo era el mejor que ha tenido Marvel nunca, sino también que era el guion más Marvel que he leído». El nuevo y reformado libreto de Adam McKay y el propio Paul Rudd parece que mantiene cierta fidelidad en el espíritu —incluso Reed ha declarado que las aportaciones más destacadas y originales son de Wright y Joe Cornish— pero desprende que gran parte del fondo ha sido reconvertido por ese conglomerado palomitero; por esa lucha en reivindicar cierta independencia autoral frente a un gran bloque de pirotecnia con carácter episódico e intranscendencia por bandera alrededor de Los Vengadores. Volvemos, en definitiva, en el fin (de la ‘Fase 2’) al principio (de la ‘Fase 1’).

Ant-Man - Michael Douglas, Paul Rudd (Hank Pym, Scott Lang)

No es casualidad que dentro de este divertido y entretenido broche final de la ‘Fase 2’ de Marvel se insinúe una conexión directa con Iron Man de Jon Favreau. Esos vínculos establecidos nos llevan a esa época inicial del universo cinematográfico donde tenían que presentarnos a cada uno de los superhéroes que irían integrándose en algo (mucho) mayor. Precisamente yace aquí esa dicotomía de constituirse dentro de la mecánica de un artefacto superior o, por el contrario, imponerse como un objeto independiente y propio. Se cuenta que esas fueron las principales causas de la ruptura y despedida de Wright: el estudio necesitaba una pieza perfilada a sus intereses como fragmento de una gran maquinaria y el director quería hacer su pequeña (y gran) película sin salir del ‘radio’ de su ombligo. El pulso lo ganaron los productores pero en la marcha de Wright se encontraba la diferencia y marca de distinción: de ser una nueva y sorprendente Guardianes de la Galaxia a pasar a una escueta variación del film inaugural al servicio de Tony Stark. Ant-Man opta por lo segundo obviamente, aunque no resulta una cinta desechable sino que esos méritos, impuestos originariamente por el director de Arma fatal, acaban siendo parte de su encanto y originalidad. Peyton Reed se somete consecuentemente a ese recital de entretenimiento impuesto y conexiones con esa gran maquinaria dentro de la franquicia pero, al mismo tiempo, declina sabiamente de conceptos rimbombantes y colosales tan cuestionados en Vengadores: La era de Ultrón. El tamaño siempre importa aunque no necesariamente cuánto más grande algo resulta mucho mejor. Ant-Man precisamente sorprende por introducirnos en un universo microscópico en tiempos en los que la épica ha quedado definida por conceptos inmensos y monumentales, en los que prácticamente nadie recordaba los peligros cotidianos a los que tenía que hacer frente el protagonista de El increíble hombre menguante y parte de su discurso final: «Lo increíblemente pequeño y lo increíblemente grande se encuentran en un momento dado para cerrar un gigantesco círculo». El film de Marvel, además, ofrece uno de los más minimalistas (y poderosos) clímax jamás concebidos en el reciente cine comercial, remitiéndonos al espíritu de ese juego de niños que ha olvidado el mainstream y que adolece el actual cine de superhéroes.

Ant-Man - Paul Rudd (Scott Lang)

Wright se inspiró en el capítulo 2×05 ‘To Steal an Ant-Man’ de la serie de animación Los Vengadores: ¡los héroes más poderosos del mundo!, que también presentaba a Scott Lang como el nuevo Hombre Hormiga. Ese concepto intacto en el resultado final se siente como una reformulación de una vieja cinta de un espectacular robo de guante blanco en los actuales márgenes del cine de superhéroes, con un gran camuflaje de humor (y presumible irreverencia) que impidiera tomarla en serio. Esa inconsciencia evidentemente ha sido sustituida por emoción, ciñéndose al manual básico de conflictos paterno-filiales (y de mentor/discípulo) para trazar todas las relaciones alrededor del Dr. Hank Pym (Michael Douglas). También para someter el conjunto a esa conexión emocional del superhéroe y su hija por la que haría cualquier tipo de sacrificio. De nuevo, aparece ese vínculo con ‘To Steal an Ant-Man’ y precisamente se echa en falta alguna aportación de un invisible Peyton Reed, que no añade ni siquiera un mínimo de riesgo en esos conceptos experimentales que le ofrecía un reino cuántico. Ant-Man en ese territorio e inciso argumental ni quiere ser tan impostadamente grandilocuente como Interstellar de Christopher Nolan ni tan metafísica y filosófica como el cierre del clásico film de Jack Arnold. Va a lo suyo: a las palomitas y la comedia con o sin bufones, condimentando el producto con su justo toque de sal y cero por ciento de picante. El espectáculo sigue la fórmula de presentarnos tanto la mitología —con guiños y fanservice por doquier gracias a la presencia de Peggy Carter, John Slattery interpretando a Howard Stark y otros cameos del (spoiler y) montón— como a ese nuevo superhéroe descubriendo sus poderes, necesidades, aliados y, por supuesto, un enemigo cuyas motivaciones no difieren en absoluto del manual clásico de villano-egocéntrico-dispuesto-a-convertir-el-mundo-en-un-caos-y-vendérselo-al-mejor-postor. En todo ese recorrido de (de)crecimiento la sensación final es de una pérdida de identidad que quería imprimir el director de la trilogía del Cornetto a favor de posicionar el film dentro del futuro tanto del superhéroe en Los Vengadores, como la previsible llegada de una nueva Avispa o un prólogo (en la secuencia de rigor de post-créditos) de Capitán América: Guerra civil.

Ant-Man - Chaqueta amarilla (Yellowjacket)

Considero que Ant-Man ya quedó resumida en el cameo de Paul Rudd en The Jack and Triumph Show, la nueva comedia de Adult Swim al servicio del perro cómico del insulto. Rudd ha pasado de ser ese protagonista ‘de cuarta llamada’ de comedias románticas a formar parte del universo Marvel y subir su caché: «Si quieren que haga esa película, quiero 20 millones de dólares y una biblioteca de investigación construida con mi nombre». Lamentablemente ese despreciable can es capaz de abofetear su revolucionado ego: «Oh, la verdad, la verdad… nunca pensé que te vería aquí. De hecho, nunca pensé que te vería de nuevo ahora que Chris Pratt existe». Y he ahí el principal problema y escollo de la herencia de aquel film que tenía en mente Edgar Wright: Paul Rudd nunca es ni será Chris Pratt sino otro tipo de superhéroe por accidente, más cotidiano que extraordinario siguiendo los pasos de El increíble hombre menguante. Después de ver Ant-Man sigue sin quedar claro si «lo increíblemente pequeño y lo increíblemente grande se encuentran en un momento dado para cerrar un gigantesco círculo». El círculo se ha cerrado con algo grande y algo pequeño pero en absoluto increíble. He ahí un problema que no es para nada diminuto.

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