Filmadrid 2015: Crónica 2

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Jan Soldat

Jan Soldat, protagonista en Filmadrid

Los días avanzan y el ambiente cinéfilo que se respira en las salas que acogen Filmadrid es inmejorable, si exceptuamos un recurrente problema técnico que está convirtiendo en una quimera ver alguna proyección sin interrupciones en la sede central de los Cines Paz. Se entiende de sobra que organizar un festival por primera vez y con un equipo tan reducido plantea siempre escollos a salvar, por lo que esperamos que éste pueda ser superado en las próximas jornadas y quede como un asunto anecdótico. Porque la programación, hasta el momento, está cumpliendo con creces la promesa inicial de contactar con un cine ecléctico a través de una visión amplia y rigurosa. Uno de los dos focos propuestos en esta primera edición, junto con el dedicado al filipino Lav Díaz, estrenó en la capital una selección de las obras del joven cineasta alemán Jan Soldat, al que de entrada se pueden endosar una serie de etiquetas que él mismo se encarga de eliminar con cada pieza.

Soldat fija su mirada en personas con sexualidades fuera de lo común, que viven plenamente en los márgenes de las convenciones sociales –Be Loved (2009) muestra un trío amoroso entre dos homosexuales y un perro, The Incomplete (2013) retrata a un hombre que ha encontrado en la esclavitud el modo de sentirse realizado, The Sixth Season y Prison System 4614 (2015) se acercan a la recreación voluntaria de un violento sistema de dominación carcelario–. Pero, lejos del afán provocativo que podía conllevar la muestra de estas prácticas en toda su crudeza, su intención es ofrecer a los protagonistas la comprensión y calidez que desde otras voces se les niega. El cine de Jan Soldat obra el milagro de resultar más entrañable que impactante, más melancólico que exhibicionista; siempre ejerciendo un primer contacto con los retratados a través de Internet que acaba traduciéndose poco a poco en una inusual confianza con ellos. Un abanico de relatos frontales y honestos, servidos sin aditivos, a los que únicamente cabe reprochar cierta reiteración temática en la brevedad de las piezas mostradas. Si hacer películas es un acto de dignidad, en la forma de observar el mundo del alemán reside una de las grandes virtudes del cine.

Stinking Heaven

Stinking Heaven

Decía Javier Estrada, el programador de Filmadrid, al presentar Stinking Heaven que el cine indie tal y como se concibió está prácticamente muerto en la actualidad. Más bien vendido a las grandes productoras por medio de sus filiales que simulan ser parte de ese cine que nació con vocación precisamente de alejarse de ellas. Como uno de los últimos reductos de ese cine independiente primigenio se erige el director Nathan Silver, quien sigue utilizando los parámetros de austeridad técnica y las temáticas que hasta hace un par de décadas eran la seña de identidad de las películas autorales de bajo presupuesto: la drogadicción, la homosexualidad, la decadencia de la familia como pilar básico de la sociedad, etc. Como un guiño más hacia el máximo esplendor de este cine, ambienta su última película en plena década de los 90 en la que el sentimiento de desamparo colectivo todavía no había irrumpido en la sociedad norteamericana, y la marginación individual sólo parecía poder sobrellevarse con la ayuda de otros seres en su misma situación. Silver nos introduce en una casa refugio particular en la que se intenta rehabilitar a drogadictos y alcohólicos mediante una serie de normas estrictas que cada uno debe responsabilizarse de seguir. Todo parece fluir en armonía hasta que hace su aparición un fantasma del pasado de una de sus habitantes quien, como la mala semilla, provoca con su llegada una reacción en cadena de desestabilización que acaba por desmoronar por completo todo lo conseguido en la comuna. Es curioso sin embargo que a medida que la incomodidad se ceba con los habitantes de la casa, coincidiendo también con la destrucción del amor entre ellos, la película se vuelva técnicamente más fácil de digerir. A una primera mitad en la que los primerísimos planos, los movimientos frenéticos de la cámara y las elipsis narrativas nos sumergen en el caos más absoluto, le sigue una segunda más pausada y con un desarrollo de la historia mucho más uniforme que consigue que los gritos y la enajenación de sus protagonistas pasen poco a poco de ocupar toda la atención a ser la catarsis para poder digerir mejor lo que estamos viendo.

Li Wen at East Lake

Li Wen at East Lake

De una destrucción más colectiva habla Li Wen at East Lake. De la decadencia de un régimen abierto a un capitalismo demoledor que está acabando con la sociedad y la geografía china. Dos partes bien diferenciadas componen la única película china de la Competición Oficial Internacional de Filmadrid que comienza siendo un documental sobre la corrupción urbanística de la China actual que está arrasando con la zona de los grandes lagos. En las inmediaciones de la ciudad de Wuhan, el East Lake va desapareciendo año tras año a causa de las construcciones de inmensos rascacielos y de un parque de atracciones. Los pescadores han sido comprados por las grandes constructoras y viven ociosos con una gran cantidad de dinero en el bolsillo pero sin la posibilidad de seguir pescando como lo hacían antes del boom inmobiliario. Para colmo, el desarrollo de la ciudad hace necesaria la construcción de un segundo aeropuerto para lo cual el lago tendría que desaparecer por completo. A través de entrevistas personales y de la asistencia a las reuniones de los altos ejecutivos que deciden el futuro de la ciudad, la primera parte de Li Wen at East Lake se desarrolla como un mero documental que pasa a ser ficcionado en el momento en el que se centra en la entrevista con el policía Li Wen. Éste está convencido de que el proyecto para salvar el lago no es lo importante, sino que sólo importa cazar a un pobre hombre que se dedica a contar a la población que un dragón va a emerger de él y que, según las autoridades, puede suponer un peligro para la inversión de capital en la zona. A partir de ahí, la película se torna en una búsqueda inútil y absurda mientras va desgranando a través de diálogos, a veces incómodos a veces aparentemente livianos, todas las carencias morales de la sociedad china. Desde la homofobia a la infravaloración de la mujer, pasando por la servidumbre hacia los poderes públicos y la nostalgia de tiempos tan escabrosos como la Revolución Cultural, la película de Luo Li hace una dura crítica al régimen chino actual por medio de la poesía visual de unas imágenes que parecen evocar tiempos en los que las leyendas eran más temidas que la realidad.

Por Sergio de Benito y Mª Carmen Fúnez Galán

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