Críticas: El niño 44

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¡Desenfunda, camarada!

Desde los orígenes del cine, el western es considerado uno de los géneros norteamericanos más legendarios e influyentes. Con un marco temático e icónico que se ha expandido al resto de las manifestaciones artísticas y de ocio conocidas, como la música, los tebeos, la televisión, los videojuegos, las atracciones e industria del juguete. Por supuesto también hemos conocido la renovación del género con el spaguetti western, el crepuscular, el cine de acción asiático y algún “marmitako western” –800 balas, de Álex de la Iglesia-. Para ir al grano, este género es lo que aquí hemos llamado, en tono desenfadado, “una del oeste”. La película que ocupa esta reseña tiene nieve y bosques en lugar de largos desiertos. Comandantes y comisarios de la MGB, sustituyendo a los sheriffs. Militares rusos que apresan a sospechosos políticos, sí, algo similar a los cazarrecompensas que buscan forajidos. Además de trenes, muchos trenes, que recorren los vastos paisajes de Rusia, los pueblos tristes del este, los puentes, campos y ciudades soviéticas. Salvando los caballos, que no aparecen, podemos decirlo ya: El niño 44 es “una del este” o un “matrioska eastern”.

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A un film como el actual, tal vez sea más útil acercarse desde divagaciones acerca del misterio de su producción, de las motivaciones y vicisitudes en la elaboración de la propia película. Al fin y al cabo, a pesar de los antecedentes genéricos citados en el párrafo anterior, se trata de una historia de intriga, con un asesino en serie que se nos presenta desde los hombros hasta los pies. Básicamente, porque no vemos su rostro hasta bien avanzado el largometraje. O quizás tampoco deberíamos hablar de criminales del mismo modo que como repiten numerosos personajes del film con el diálogo “en el paraíso no hay asesinatos”. Probablemente pueda ser esta frase el origen argumental de la película, ya que se trata de unas palabras irónicas atribuidas a Iosif Stalin, dictador y dirigente supremo de la URSS, por el que demuestran tan poca simpatía los protagonistas del largo como los responsables del producto.

El niño 44 está producida por Scott Free Productions, la compañía de Ridley Scott. En este terreno de las elucubraciones, se puede establecer la teoría de que un ejemplar de la novela superventas con el mismo título, llegase a las manos del realizador británico. Leyéndola, quizás pensó que habría un buen material para conseguir una película también taquillera. Con un hecho histórico importante, el del frente ruso liberando Berlín durante la Segunda Guerra Mundial, igual que films suyos desarrollados en épocas pretéritas como El reino de los cielos o Gladiator. Una intriga como en Hannibal y La sombra del testigo. Además de una ambientación opresiva que determina la actitud de los personajes, recordando a Blade Runner y Los duelistas. Pero Scott debió olvidarse de ponerse al frente de la dirección, al leer el guión de Richard Price, escritor nominado al Oscar por El color del dinero y autor del libreto en algunos films de cine negro bien considerados, sobre todos nuevas versiones o adaptaciones de novelas (El sabor de la muerte, Rescate, Clockers y Melodía de seducción)

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Para rematar esta serie de suposiciones relativas a la gestación de El niño 44 podemos aventurar que la historia parece escrita para Tom Cruise, una estrella que conoce muy bien el mundillo de espías, acción, conspiraciones, victorias y también sabe cómo quedarse con la chica. Todo esto lo digo con permiso de nuestro compañero en la web, Maldito bastardo, un auténtico especialista en los protagonistas que encarna este intérprete neoyorquino. Pero la producción que nos ocupa tendría que haber destinado casi todo su presupuesto para pagar el contrato de Cruise, así que Leo Demidov, el soldado condecorado por su heroísmo en el frente ruso y después agente secreto soviético, es acometido por Tom Hardy, un actor que siempre figura como estrella prometedora y con una película también de éxito, este año, en la gran pantalla, Mad Max: furia en la carretera. El actor inglés encabeza el reparto junto a Noomi Rapace  y un grupo de intérpretes de Francia, Gran Bretaña, Palestina, Polonia, República Checa Suecia, Suiza y -curiosamente- ni siquiera un solo figurante de origen ruso. Eso sí, todos representan a personajes nacidos en Rusia. Apasionante resulta el duelo entre Gary Oldman y Tom Hardy hablando en inglés con acento ficticio eslavo oriental.

El realizador es Daniel Espinosa, especializado en thrillers como El invitado o Easy money. En esta ocasión confía tanto en la capacidad profesional de sus protagonistas y actores secundarios que no los dirige, ya lo hacen ellos solos con resultados dramáticos desiguales. Sí, a veces el protagonista parece que está en este film o se comporta como en otro de los que hizo a las órdenes de Christopher Nolan o vaya a saber si en alguno más desconocido. Las secuencias bélicas, de luchas, persecuciones a pie y tiroteos son de una confusión tan realista que no sabemos qué personaje golpea ni cuál recibe. Si los que ametrallan a los rusos en la batalla son ellos mismos o los nazis. O aquellos planos de situación con el Kremlin al fondo que no se asoman por la pantalla en ningún momento para saber que estamos en Moscú, y que demuestran que el film está rodado casi en su totalidad en localizaciones de Praga y tierras checas.

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Algo más de dos horas de duración y un sentido del ritmo narrativo similar al de las teleseries tampoco contribuyen a impulsar este intento de franquicia con un agente secreto al servicio de la MGB (precursora de la KGB, en ese dato histórico parecen acertar) Podemos salvar un par de secuencias por distintos motivos. En la primera un hombre recoge a un niño en una estación ferroviaria, se lo lleva con intenciones aparentemente turbias y el suspense se consigue de forma muy correcta en este caso. La segunda sería la del teléfono, una secuencia en que la intriga se mezcla con cierto tono cómico involuntario, que de haberse mantenido el resto del metraje, le habría dado mucho más interés al film.

El niño 44 es un ejemplo evidente de película planteada para llamar la atención del público con elementos que han funcionado en sagas y taquillazos anteriores. Sin embargo está claro que en la ecuación del éxito se han olvidado del sentido del humor. Por eso a los intérpretes les cuesta mucho sonreír en escena, actuando siempre serios, irritados, furiosos o -peor todavía- tan cabreados como si hubieran leído el guión al completo.

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