Atlántida Film Fest 2015: The World of Kanako

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The world of Kanako

De tal padre tal hija

The world of Kanako se abre en una secuencia videoclipera donde el montaje ofrece una mirada caleidoscópica que se ayuda de la música para evidenciar lo banal de la celebración de la Navidad, la alienación más superficial para ahuyentarse de uno mismo en el contexto de una sociedad enferma. Podríamos advertir, a juzgar por estos primeros minutos del metraje, que nos hallamos ante una revisión japonesa de La gran belleza de Paolo Sorrentino, pues bien, nada más lejos de la realidad, al menos en las formas.

El cineasta japonés Tetsuya Nakashima, al que conocemos en nuestro país gracias a su doble presencia en el Festival de Sitges (en 2010 y 2014), se vale de una estética muy propia. En Kamikaze girls (2004) lucía un barroquismo escénico que buscaba el continuo contraste de caracteres de sus personajes con el del colorido de la puesta en escena. Más adelante con Conociendo a Matsuko (2006) jugaba, y con acierto, a la mutación genérica postmoderna incluyendo comedia, drama y musical, colisionando en un melodrama capaz de dejar poso en quien os escribe hoy estas líneas… y sin renunciar a los éxitos estilísticos del trabajo anteriormente mentado. Confessions (2010), por su parte, incidía en la preocupación por la aparición de una violencia salvaje y difícilmente comprobable en los institutos japoneses, sin dejar estilizar la violencia, originando escenas que embellecían un contenido de lo más embrutecido. Con The world of Kanako, asistimos a la constatación de que Nakashima es un autor que no deja de evolucionar.

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Como decíamos anteriormente, el filme se abre con su apariencia de videoclip, ofreciendo una visión panorámica de la sociedad más joven y alocada en una noche de desenfreno y descontrol. La dirección de la película seguirá los mismos derroteros. En ningún momento se le dará un respiro al espectador. Si en sus anteriores películas ya se utilizaba el montaje paralelo saltando y retrocediendo en el tiempo mediante flashbacks y flashforwards, en esta ocasión el desarrollo de la narración se vislumbra mediante un sinfín de cortes, regresiones y visiones del futuro, llegando a intercalar hasta tres unidades de tiempo diferentes protagonizadas por el mismo personaje.  El resultado de todo esto será un aparente caos, apelando más a lo sensorial y abstracto que a lo puramente narrativo, recordando, salvando las distancias y añadiendo mucha violencia marca de la casa japonesa, al periplo sensitivo que vivimos con Doc Sportello en la reciente obra de Paul Thomas Andersson Puro vicio o al detective Marlowe en la hawksiana El sueño eterno (1942). No obstante, aunque difusa, la trama de Nakashima, basada en una novela de Fukamachi, nos deja avanzar, manteniendo siempre la tensión del espectador, quien así disfruta más de las florituras visuales y su sincronización con una música setentera que evoca a los blaxplotation estadounidenses (¿asianxplotation deberíamos llamarlo?) en algunos momentos y al cine más gamberro del texano Robert Rodríguez en otros (como por ejemplo los títulos de crédito iniciales, que guardan cierta similitud con los del cortometraje convertido en filme en 2010, Machete).

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The world of Kanako, al contrario que sus predecesoras, sí podría englobarse dentro de un género, el thriller. Sin embargo, durante el desarrollo de éste, podemos apreciar cierta coreanización del mismo. ¿Qué quiere decir esto? Quizás el término esté mal utilizado, quizás lo esté por achacar a la cinematografía de un país entero los recursos que fundamentalmente usan dos de sus cineastas, aunque todo sea dicho, sean los que más internacionalizados están. Con esto lo que queremos decir es que, al igual que puede pasar en thrillers como Mother (2009) de Bong Joon-hoo u Oldboy (2003) de Park Chan-wook, el devenir de la historia sufre un continuo de innumerables mutaciones. Así pues, lo que en un principio es la búsqueda de una joven inocente desaparecida, da lugar a la presentación de un personaje principal que es el padre de la misma, quien, aprovechándose de formar parte de la policía, se vale de de sus malas praxis para conseguir aquello que desea.

Todo esto nos lleva a un torbellino donde se fusiona una panoplia de preocupaciones inherentes a la sociedad japonesa que ya vienen reflejando otros cineastas igualmente violentos y explosivos como Takashi Miike, Sion Sono o el siempre irónico y metacinematográficamente autoconsciente, Sabu. La violencia doméstica, la perversión de los menores, el poder de las jóvenes con la hipersexualización de sus cuerpos y de sus mentes, el bullying, los suicidios, las venganzas personales y, en definitiva, toda la rabia contenida, acaba por encontrar un resquicio donde no le queda otra alternativa que explosionar y terminar con un reguero de personajes infelices que deambulan por su mísera existencia. El halo de corrupción que ejercen tanto el protagonista como su propia hija evidencian el abandono hacía el que se mueven los seres más débiles de la sociedad (los adolescentes), recibiendo un sinfín de malsanas influencias que no son sino la migajas que dejan los adultos que los han acostumbrado a ello.

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Kanako se estructura como una Alicia en el país de las maravillas, obra a la que se hace continua referencia. Una Alicia que incluso acaba “apareciendo” en un espejo y que, actuando como si del conejo se tratara, absorbe a quien la rodea, encandilando mediante su sonrisa, monería y lo que, en definitiva, los japoneses podrían llamar kawai, a un conjunto de débiles víctimas que acaban cayendo en su macabro juego. Como si de la lunática Rosamund Pike en Perdida (Fincher, 2014) se tratara, no sabremos nunca a qué está jugando. Se divierte creando dilemas morales y quebraderos de cabeza a aquellos que la aman, utiliza a los que la veneran y es la causante del descenso a los infiernos de un padre que, como bien indica en el filme, no tiene nada que envidiar a su hija: violador, borracho y violento, no nos deja más que afirmar lo que un servidor se ha atrevido a aventurar como título de esta crítica “de tal padre, tal hija”… aunque lejos esté este filme de parecerse a la obra de Koreeda, donde jamás podría haber un montaje tan sincopado (con planos tan cortos que no se diferencian mucho a los de Asesinos natosNatural born killers, Oliver Stone 1995), una recreación tan estética de la violencia o una secuencia que golpea tan agresivamente al espectador como la alocada y genuinamente filmada fiesta, donde todas las ñoñerías mostradas en pantalla, intercaladas con las fotografías retocadas que se toman en ésta, acaba en la insoportable dureza que representa ver en pantalla la violación de un menor.

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