Atlántida Film Fest 2015: La chambre bleue

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La chambre bleue

En la habitación

En un momento de La chambre bleue, la cuarta película de Mathieu Almaric detrás de las cámaras, dos gruesas carpetas que yacen encima de la mesa del escritorio de un juez, apiladas una encima de la otra, ocupan el centro del plano. Las carpetas contienen los expedientes de dos cuerpos que no hace mucho se enredaban entre las sábanas de una habitación azul. El poso, lo único que ha quedado de la fogosidad de aquellos días son solo jadeos que reverberan entre cuatro paredes mientras la imagen abre vacía de cuerpos, objetos que configuran una especie de inventario sobre el deseo visceral y sábanas desenredadas que desprenden olor a sudor y sexo. Lo que queda ahora son solo retazos de un pasado tan fragmentado como el aquí y ahora de un personaje que una vez lo tuvo todo y que ahora se encuentra al borde del abismo. La perdición, nuevamente, tiene nombre de mujer.

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Adaptación de la novela homónima de Georges Simenon, La chambre bleue empieza donde acaban los grandes clásicos del noir norteamericano, un poco como aquel relato en flashback del Fred MacMurray de Perdición (Double Indemnity, Billy Wilder, 1944), cuando lo único que queda es la culpa. En la película de Amalric, sin embargo, lo que ha conducido a sus personajes a un callejón sin salida se reduce a una cuestión mucho más primitiva que una (también) simple cuestión pecuniaria y que, por otra parte, vertebra uno de los pilares fundamentales del noir clásico. El deseo, irracional, es el único motor que, en la película de Amalric, conduce a los personajes a un fuera de control. Como si en realidad el quid de todo el noir clásico de Hollywood se concentrara en esa imagen recurrente de una mujer abierta de piernas. En el fondo, lo que empujaba a la cuneta al Edward G. Robinson de Perversidad (Scarlet street, Fritz Lang, 1945) o, una vez más, al Fred MacMurray de Perdición no dejaba de ser esa misma pulsión animal que dirige al esposo infiel, interpretado maravillosamente por el propio Mathieu Amalric, a ese lugar lleno de sombras. La mujer, la femme fatale de la nueva película del director de Tournée (Mathieu Amalric, 2010), es aquí una presencia casi fantasmagórica, cosificada en un cuerpo fragmentado que permanece en fuera de campo.

La carne, la piel, las curvas de una mujer en La chambre bleue tienen, desde el primer momento, algo de condenatorio. La pura superficie del deseo deja fuera cualquier atisbo de sentimiento. Cuando en un momento de la película, el juez que interroga a ese hombre que lo ha perdido todo por entregarse a la espiral autodestructiva de un deseo fuera de toda lógica, le pregunta sobre sus sentimientos acerca de las dos mujeres que han marcado su vida, Amalric materializa en pantalla la imagen mental, fragmentada y a fogonazos, de su alter ego protagonista en esa femme fatale despersonificada que, poco a poco, se abre de piernas. El inserto responde a una cierta verdad, a una motivación real que incluso contradice las palabras, como aquel plano detalle fetichista que en Perdición seguía los pies de Barbara Stanwyck mientras bajaba las escaleras de su mansión de estilo español. En La chambre bleue, el deseo, reducido a la carne, es un espacio de reclusión claustrofóbico y malsano en el que se sustituye la integridad del cuerpo por un cuerpo fragmentado, descentrado, al que se le niega la posibilidad del contraplano como vía relacional del personaje con su entorno. Lo claustrofóbico viene evocado, además, por un aspect ratio que comprime el mundo de sus personajes, condenados a (re)vivir eternamente entre las cuatro paredes azules del hostal donde tienen lugar sus encuentros furtivos.

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Aunque desordenado y caprichoso, como si la narración del relato obedeciera al punto de vista de su personaje protagonista, en realidad es el punto de vista del Amalric director el que sobrevuela las imágenes de su película. Manteniendo la distancia y la ambigüedad cuando decide recurrir al plano general, cuando decide descentrar los rostros de sus personajes, cuando se resiste a concederles presencia física dentro del plano o cuando decide transformar la habitación azul con la que abre La chambre bleue en las altas paredes azules de un juzgado, unificando así los espacios en torno a esa idea del deseo como sendero trágico hacia la condena. Al final, la culpa, la tragedia en la que ha acabado desembocando el deseo volverá a reunir a los antiguos amantes. Como antes, los objetos, inertes, han seguido manteniendo intacta su elocuente capacidad de habla: la ropa desordenada por el suelo como huella de un momento de pasión, la expresiva (y discursiva) gota de sangre coloreando las sábanas blancas, una toalla roja como señal de reclamo (y peligro) o dos carpetas apiladas una encima de la otra como expresión fílmica a lo que ha acabado reducida una relación suicida. La de un grueso doble catálogo sobre la fragilidad y la inestabilidad del ser humano cuando el yo irracional le pisa el cuello al yo racional.

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